20 Agosto 2006 Seguir en 

Mario Vargas Llosa ingresa a la literatura demandando reconocimiento como escritor e intelectual. Se construye como desafiante testigo de su tiempo. No trepida en entregarse a la pasión literaria y política. En su trayectoria podemos distinguir ciclos narrativos enlazados por un período de transición. El ciclo de los 60 se caracteriza por su adhesión socialista y una visión moral que denuncia la opresión de una sociedad corrupta y se clausura entre 1971 y 1974. En el período de transición, coincidente con su alejamiento de Cuba, declara su fe flaubertiana, y reflexiona sobre las relaciones entre la literatura y la cultura masiva. Luego Vargas Llosa gira, casi brutalmente, hacia el liberalismo hasta abrazar las doctrinas de Karl Popper, Isaiah Berlin y Jacques Revel. Si en la primera etapa se compromete con las luchas populares, en la última se convierte en el defensor acérrimo de la sociedad abierta y la libertad de mercado. Su afiliación al Perú y a América Latina trueca en defensa de la globalización. Su actividad periodística lo acompaña tanto en el Perú como en Europa.
Vargas Llosa formula una teoría de la literatura que sostiene la importancia del autor. La biografía está en el centro de su modo tradicional de hacer crítica con gestos proféticos. Su rebeldía arranca con fuerte impronta sartreana para acercarse a Albert Camus. En la segunda etapa, reivindica la idea de la literatura como transgresión bajo la influencia de César Moro y Georges Bataille. En adelante su actividad creadora se espejará en los grandes novelistas franceses del siglo XIX.
Toma partido y se pronuncia, con inusitado brío, ante casi todos los acontecimientos políticos y sociales del Perú y América Latina. Pasa por la Universidad de San Marcos, donde se gradúa con una tesis sobre los cuentos de Rubén Darío, e ingresa en el grupo comunista Cahuide. En 1956 dedica un ensayo filial a Mariátegui. Mientras tanto, Sartre marca su identidad de escritor y su concepción de la literatura. Después de su anhelado viaje a Francia cumple con el sueño de vivir en Europa, desde donde descubre la revolución cubana y forma parte activa de la familia literaria que rodea a la isla. La ruptura se anuncia con incidentes, como su negación a entregar al Che el Premio "Rómulo Gallegos" y su condena de la represión a los escritores soviéticos y a la invasión rusa a Checoslovaquia. El caso Padilla y la violencia con la que son recibidas sus críticas lo alejan hasta la abjuración del proyecto socialista. El "fuego" de su literatura se vuelve contra aquello que lo inflamaba. Años después alude a "los mitos, utopías, entusiasmos, querellas, esperanzas, fanatismos y brutalidades entre los que vivía un latinoamericano en las décadas del sesenta y setenta, esa atmósfera política e intelectual que todos los escribidores contribuimos con nuestra conducta y nuestra pluma a purificar o enrarecer (me temo que sobre todo esto último)".
En los 60 dedica un breve texto a Javier Heraud, poeta, guerrillero y mártir, y reflexiona sobre el destino de los poetas andinos: "¿Qué significa ese encarnizamiento de la muerte con los jóvenes poetas del Perú de talento probado y sentimientos nobles"? Opone el escritor y el artista al pensador y filósofo encarnados respectivamente en Camus y Sartre. Diferencia la racionalidad de la filosofía de la irracionalidad de la literatura: "En Camus no sólo predomina el artista, sino que su temperamento y sus preocupaciones lo inclinan hacia la expresión formal y deshumanizada del aspecto artístico: el esteticismo"; "La verdad de un pensador es anterior a la escritura, un artista encuentra su verdad mediante la escritura". El escritor está condenado a la realidad y se confronta con ella sólo en la solitaria tarea de escritura. Como Hemingway siente que la vasta realidad le es entregada "para alimentar a la bestia interior que lo avasalla, que se nutre de todos sus actos, lo tortura sin tregua y sólo se aplaca, momentáneamente, en el acto de la creación, cuando brotan las palabras". El escritor antepone la literatura a la vida, es un poseso y un trabajador incesante.
Los prostíbulos y cuarteles se diseminan a lo largo de su narrativa, metaforiza al Perú profundo. El Ejército peruano es un cuerpo "huachafo", es decir, medio aindiado, cómico en su intento de blanquearse y asumir la tarea de civilizador. En medio del cuartel el escritor es ignorado y vilipendiado como César Moro, oscuro profesor de literatura de los perros del Colegio Leoncio Prado. En la ciudad hostil el sartrecillo valiente se enfrenta a su familia y acepta un oscuro lugar de periodista mientras aprende de Pedro Camacho, el escribidor. Su familia literaria es vasta: Sebastián Salazar Bondy es su hermano peruano. En el mundo latinoamericano los muchachos del boom, especialmente García Márquez, y en la disidencia Jorge Edwards.
Para definir al escritor apela a imágenes de las novelas de caballería. Forma parte de una guerra "misteriosa, invisible, muy cruel, refinadamente sutil". Acosado por la ignorancia, opta por el exilio exterior o interior como única respuesta al desdén del Perú por la literatura. El Inca Garcilaso en Sevilla y César Vallejo en Perú prueban la fecundidad de la distancia. Carlos Oquendo de Amat, José María Eguren y Martín Adán eligen el exilio claustral. César Moro vive en el Perú como si fuera extranjero. Una genealogía de exiliados legitima el traslado del escritor a Europa.
En "La literatura es fuego", el discurso del Premio "Rómulo Gallegos" elige a Carlos Oquendo de Amat, ignorado autor de un solo libro. Habla de la desprotección y la orfandad de ese "provinciano hambriento y soñador" con nombre de virrey, encarcelado, y asesinado en las sierras de Castilla, "enloquecido de furor" en un hospital de caridad dejando tan sólo "una camisa colorada y Cinco metros de poemas de una delicadeza visionaria singular". En contraste, un presente de reconocimiento internacional junto a García Márquez y Rómulo Gallegos. Vargas Llosa insiste en su fe socialista y sostiene "que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica... el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento".
Su ideal es "escribir un libro que abarque la totalidad de la realidad y parezca ser, como la realidad, inagotable". Compara al escritor con un "buitre que se alimenta de la carroña social". Introduce la noción de "elemento añadido" en el prólogo al Tirant Lo Blanc. Dedica un voluminoso ensayo a García Márquez. Es el momento de mayor equilibrio dentro de la familia de escritores latinoamericanos. El colombiano es el deicida rebelde e insatisfecho intenta abolir la realidad, en el mismo acto de afirmarla. Luego su concepción de la novela como representación cede a la de "mentira verdadera".
En la política peruana tiene polémicas intervenciones. Actúa como miembro de la Comisión de la Verdad que investiga las muertes de Uchuraccay a pedido de Fernando Belaúnde Terry con discutibles resultados. En los 90 se postula a presidente del Perú encabezando una alianza de sectores de centroderecha. Su estrepitoso fracaso lo lleva a escribir sus memorias y a asumir la nacionalidad española. Critica el indigenismo y el andinismo a los que considera "utopías arcaicas" y apuesta a la modernización europea, a través de la tradición hispanista. En contraste con José María Arguedas reivindica el castellano como lengua literaria frente al multilingüismo. Comparte rasgos con los Sarmiento y considera que "la modernidad es la lucha por la civilización". La identidad se construye en rechazo y atracción por la alteridad racial y cultural. Los protagonistas de sus novelas provienen de los lugares más recónditos del Perú. Su visión es pesimista.
"Salvo en un sentido administrativo y simbólico lo peruano no existe. Sólo existen los peruanos, abanico de razas, culturas, lenguas, niveles de vida, usos y costumbres más distintos que parecidos entre sí, cuyo denominador común se reduce a vivir en un mismo territorio sometidos a una misma autoridad".
Hacia comienzos del siglo XX la Real Academia Española le encarga el prólogo a la difundida edición del Quijote. Previamente recibe el premio Príncipe de Asturias, en 1986. Su exposición se titula "El Lunarejo en Asturias". Apela al letrado del siglo XVII defensor de Góngora. Se centra en Juan de Espinosa Medrano "aquel indio del Apurímac (sic) llegó a ser uno de los intelectuales más cultos y refinados de su tiempo y un escritor cuya prosa, robusta y mordaz, de amplia inspiración y atrevidas imágenes, multicolor, laberíntica, funda en América hispana esa tradición del barroco de la que serán tributarios, siglos más tarde, autores como Leopoldo Marechal, Alejo Carpentier y Lezama Lima".
Vargas Llosa formula una teoría de la literatura que sostiene la importancia del autor. La biografía está en el centro de su modo tradicional de hacer crítica con gestos proféticos. Su rebeldía arranca con fuerte impronta sartreana para acercarse a Albert Camus. En la segunda etapa, reivindica la idea de la literatura como transgresión bajo la influencia de César Moro y Georges Bataille. En adelante su actividad creadora se espejará en los grandes novelistas franceses del siglo XIX.
Toma partido y se pronuncia, con inusitado brío, ante casi todos los acontecimientos políticos y sociales del Perú y América Latina. Pasa por la Universidad de San Marcos, donde se gradúa con una tesis sobre los cuentos de Rubén Darío, e ingresa en el grupo comunista Cahuide. En 1956 dedica un ensayo filial a Mariátegui. Mientras tanto, Sartre marca su identidad de escritor y su concepción de la literatura. Después de su anhelado viaje a Francia cumple con el sueño de vivir en Europa, desde donde descubre la revolución cubana y forma parte activa de la familia literaria que rodea a la isla. La ruptura se anuncia con incidentes, como su negación a entregar al Che el Premio "Rómulo Gallegos" y su condena de la represión a los escritores soviéticos y a la invasión rusa a Checoslovaquia. El caso Padilla y la violencia con la que son recibidas sus críticas lo alejan hasta la abjuración del proyecto socialista. El "fuego" de su literatura se vuelve contra aquello que lo inflamaba. Años después alude a "los mitos, utopías, entusiasmos, querellas, esperanzas, fanatismos y brutalidades entre los que vivía un latinoamericano en las décadas del sesenta y setenta, esa atmósfera política e intelectual que todos los escribidores contribuimos con nuestra conducta y nuestra pluma a purificar o enrarecer (me temo que sobre todo esto último)".
En los 60 dedica un breve texto a Javier Heraud, poeta, guerrillero y mártir, y reflexiona sobre el destino de los poetas andinos: "¿Qué significa ese encarnizamiento de la muerte con los jóvenes poetas del Perú de talento probado y sentimientos nobles"? Opone el escritor y el artista al pensador y filósofo encarnados respectivamente en Camus y Sartre. Diferencia la racionalidad de la filosofía de la irracionalidad de la literatura: "En Camus no sólo predomina el artista, sino que su temperamento y sus preocupaciones lo inclinan hacia la expresión formal y deshumanizada del aspecto artístico: el esteticismo"; "La verdad de un pensador es anterior a la escritura, un artista encuentra su verdad mediante la escritura". El escritor está condenado a la realidad y se confronta con ella sólo en la solitaria tarea de escritura. Como Hemingway siente que la vasta realidad le es entregada "para alimentar a la bestia interior que lo avasalla, que se nutre de todos sus actos, lo tortura sin tregua y sólo se aplaca, momentáneamente, en el acto de la creación, cuando brotan las palabras". El escritor antepone la literatura a la vida, es un poseso y un trabajador incesante.
Los prostíbulos y cuarteles se diseminan a lo largo de su narrativa, metaforiza al Perú profundo. El Ejército peruano es un cuerpo "huachafo", es decir, medio aindiado, cómico en su intento de blanquearse y asumir la tarea de civilizador. En medio del cuartel el escritor es ignorado y vilipendiado como César Moro, oscuro profesor de literatura de los perros del Colegio Leoncio Prado. En la ciudad hostil el sartrecillo valiente se enfrenta a su familia y acepta un oscuro lugar de periodista mientras aprende de Pedro Camacho, el escribidor. Su familia literaria es vasta: Sebastián Salazar Bondy es su hermano peruano. En el mundo latinoamericano los muchachos del boom, especialmente García Márquez, y en la disidencia Jorge Edwards.
Para definir al escritor apela a imágenes de las novelas de caballería. Forma parte de una guerra "misteriosa, invisible, muy cruel, refinadamente sutil". Acosado por la ignorancia, opta por el exilio exterior o interior como única respuesta al desdén del Perú por la literatura. El Inca Garcilaso en Sevilla y César Vallejo en Perú prueban la fecundidad de la distancia. Carlos Oquendo de Amat, José María Eguren y Martín Adán eligen el exilio claustral. César Moro vive en el Perú como si fuera extranjero. Una genealogía de exiliados legitima el traslado del escritor a Europa.
En "La literatura es fuego", el discurso del Premio "Rómulo Gallegos" elige a Carlos Oquendo de Amat, ignorado autor de un solo libro. Habla de la desprotección y la orfandad de ese "provinciano hambriento y soñador" con nombre de virrey, encarcelado, y asesinado en las sierras de Castilla, "enloquecido de furor" en un hospital de caridad dejando tan sólo "una camisa colorada y Cinco metros de poemas de una delicadeza visionaria singular". En contraste, un presente de reconocimiento internacional junto a García Márquez y Rómulo Gallegos. Vargas Llosa insiste en su fe socialista y sostiene "que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón del ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica... el escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento".
Su ideal es "escribir un libro que abarque la totalidad de la realidad y parezca ser, como la realidad, inagotable". Compara al escritor con un "buitre que se alimenta de la carroña social". Introduce la noción de "elemento añadido" en el prólogo al Tirant Lo Blanc. Dedica un voluminoso ensayo a García Márquez. Es el momento de mayor equilibrio dentro de la familia de escritores latinoamericanos. El colombiano es el deicida rebelde e insatisfecho intenta abolir la realidad, en el mismo acto de afirmarla. Luego su concepción de la novela como representación cede a la de "mentira verdadera".
En la política peruana tiene polémicas intervenciones. Actúa como miembro de la Comisión de la Verdad que investiga las muertes de Uchuraccay a pedido de Fernando Belaúnde Terry con discutibles resultados. En los 90 se postula a presidente del Perú encabezando una alianza de sectores de centroderecha. Su estrepitoso fracaso lo lleva a escribir sus memorias y a asumir la nacionalidad española. Critica el indigenismo y el andinismo a los que considera "utopías arcaicas" y apuesta a la modernización europea, a través de la tradición hispanista. En contraste con José María Arguedas reivindica el castellano como lengua literaria frente al multilingüismo. Comparte rasgos con los Sarmiento y considera que "la modernidad es la lucha por la civilización". La identidad se construye en rechazo y atracción por la alteridad racial y cultural. Los protagonistas de sus novelas provienen de los lugares más recónditos del Perú. Su visión es pesimista.
"Salvo en un sentido administrativo y simbólico lo peruano no existe. Sólo existen los peruanos, abanico de razas, culturas, lenguas, niveles de vida, usos y costumbres más distintos que parecidos entre sí, cuyo denominador común se reduce a vivir en un mismo territorio sometidos a una misma autoridad".
Hacia comienzos del siglo XX la Real Academia Española le encarga el prólogo a la difundida edición del Quijote. Previamente recibe el premio Príncipe de Asturias, en 1986. Su exposición se titula "El Lunarejo en Asturias". Apela al letrado del siglo XVII defensor de Góngora. Se centra en Juan de Espinosa Medrano "aquel indio del Apurímac (sic) llegó a ser uno de los intelectuales más cultos y refinados de su tiempo y un escritor cuya prosa, robusta y mordaz, de amplia inspiración y atrevidas imágenes, multicolor, laberíntica, funda en América hispana esa tradición del barroco de la que serán tributarios, siglos más tarde, autores como Leopoldo Marechal, Alejo Carpentier y Lezama Lima".
Bibliografía
Kristal, Efraín, The temptation of the word, The novels of Mario Vargas Llosa, Vanderbildt Univ. Press, 1998.
Vargas Llosa, Mario, Contra viento y marea (1962-1982), Barcelona, Seix Barral, 1984.
-Gabriel García Márquez. Historia de un deicidio, Barcelona: Barral, 1971.
-La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo en el Perú, México: FCE: 1996.







