La Academia Imperial

Por Rodolfo Modern, para LA GACETA - Buenos Aires.

20 Agosto 2006
Al cabo de tres siglos redondos, la Academia Imperial estaba aureolada (es una metáfora) con un prestigio indiscutido. Con relación a cuestiones candentes que hacían a la naturaleza, función y misión de la alta cultura, la opinión de sus miembros, cuarenta en total, resultaba contundente. Que luego los distintos gobiernos hicieran lo que se les antojara, es harina de otro costal. De todos modos, los gobernantes pasaban uno tras otro, y la Academia permanecía incólume y gallarda.
El edificio que albergaba su acrisolada sabiduría estaba situado a las orillas de un lago complaciente, rodeado por jardines y cuidado con esmero. Era una construcción neoclásica, con ligeros toques de un barroco tardío, y había sido destinada desde el principio a su función de custodio de la sabiduría más firme, como a los ideales de la verdad, el bien y la belleza. Reyes, duques, y presidentes enriquecerían periódicamente sus salas con objetos de valor incalculable. Por esas razones, sus miembros, seleccionados tras arduas discusiones, congregaban lo más granado de las ciencias, las artes, la ideas políticas, económicas y sociales, etcétera. Por esa circunstancia los marginales, los outsiders, los rebeldes sistemáticos a todos los sistemas, menos el propio, las vanguardias, para decirlo de un modo sintético, la odiaban a muerte, pero constituían una minoría insignificante, sin poder. Cabe decir también que algunos de los académicos habían pertenecido en sus orígenes a una cualquiera de tales vanguardias, pero más tarde, como suele ocurrir con la adquisición de la madurez, habían abjurado de sus propósitos iniciales, tan subversivos, y formaban parte, una vez admitidos, y sin la menor incomodidad, de las cohortes académicas.
En esos tres siglos largos, a pesar de borrascas de rápida solución, las tareas de la Academia Imperial venían desarrollándose con la armonía propia de tales instituciones, y su prestigio internacional era indiscutible. La pertenencia a la Academia incluía, a su fallecimiento, un retrato encomendado a un pintor de fama. Una vez concluido se lo colgaba en un recinto espacioso, llamado "el panteón". Los visitantes, que no eran pocos, permanecían sobrecogidos ante la exhibición de tanta grandeza intelectual, artística o científica. Y volvían a sus respectivas casas transformados y enriquecidos.
Pero hace poco la manzana de la discordia fue arrojada, y en estos momentos una seria crisis atraviesa las paredes memorables del palacio. Ocurre que los académicos, prácticamente todos, han adquirido la pésima costumbre de morirse, no obstante la alta proporción de longevos existentes, lo cual no deja de constituir un fenómeno inevitable aunque escandaloso. Esto estaría dentro del curso de la humana naturaleza, pero lo malo del asunto es que en el panteón, con tanta muerte sucesiva, a lo largo de veinte generaciones no queda ya ningún espacio disponible. Y, por otra parte, muy pocos se acostumbran a ser colgados en otra pared, por más que una de las soluciones de compromiso consistiría en trasladar el grueso de los académicos difuntos a la llamada "sala de académicos", mucho más espaciosa. Allí, aparte de la discusión de las noticias del día, los segundos y cuartos miércoles de cada mes se reúne el plenario para tomar el té (inglés) con leche, ingerir los sándwiches, las masitas, y, en circunstancias excepcionales, un trozo de torta. En esas ocasiones los académicos, aun los vetustos, muestran un apetito envidiable. Algunos han resuelto que, a falta de un lugar mejor, no les importaría aparecer colgados en dicha sala. Otra facción, dominante por su número, considera que un acto tal constituiría un agravio intolerable para la dignidad académica, pues, a causa de los muchos muebles puestos anteriormente en el amplio salón, estarían colocados en lugares muy elevados, las facciones de los difuntos se desdibujarían a los ojos de los observadores, y ni siquiera se alcanzarían a ver sus nombres con la suficiente nitidez. Y se ha formado un tercer partido que, minoritario en los hechos, ha realizado una declaración por escrito consignando que, después de muertos, les resulta absolutamente indiferente el sitio donde se encontrarán colgados de un clavo. E inclusive, tomando un atajo, que lleva casi a la herejía, creen que los retratos en cuestión no significan nada frente a los problemas presentes y futuros que la Academia Imperial está en la obligación de afrontar.
De modo que en estos momentos la cosa está que arde, y una escisión en tres facciones, cada una de las cuales alega poseer el espíritu auténtico de la institución, amenaza enturbiar el horizonte hasta ese instante relativamente plácido de la Corporación. Y nadie puede afirmar cuándo ni cómo concluirá este doloroso cisma que afecta los cimientos de la alta cultura del mundo.
(De las "Crónicas académicas" de Lucio Gutiérrez de Pompas, académico correspondiente por Tahiti). Transcripción al castellano de Rodolfo Modern. (c) LA GACETA

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