20 Agosto 2006 Seguir en 

En el interesante y extenso libro del escritor norteamericano, la vida y la obra de Borges constituyen un perfecto paralelo. A cada acontecimiento vivido, a cada estado emocional o descubrimiento espiritual corresponde un poema, un ensayo o un cuento. De manera tal que esta biografía literaria va más allá de la simple narración de una vida y se convierte en un valioso aporte para los estudiosos de la obra borgeana.El autor estructura su narración alrededor de algunos temas que considera de especial importancia: la espada del honor y el puñal; el amor de una mujer para la realización de una obra redentora; la política y la comparación entre Argentina y Suiza; la busca de un absoluto. Los antepasados de Borges se remontan a los conquistadores que llegaron a América: los Irala, los Garay, los Cabrera, que fundaron ciudades y países, pero a él no le interesan y confiesa: "soy muy ignorante acerca de sus vidas-. Además, eran personas muy poco inteligentes, militares españoles y de la España de entonces". En cambio, sí le interesan los libertadores: Laprida, que fue presidente del Congreso que declaró la Independencia de las Provincias Unidas del Sud; el general Soler, que combatía bajo las órdenes de San Martín; Isidoro Suárez, su bisabuelo, que ganó la batalla de Junín y volvió a distinguirse en Ayacucho. Todos ellos significaban "la espada del honor".
Durante el gobierno de Rosas todos los antepasados de Borges eran unitarios, así que les fueron confiscadas sus tierras; sólo se salvaron los Haedo, cuyas estancias estaban en el Uruguay. De esa manera la familia se empobreció, y cuando sus padres, Leonor Acevedo y Jorge Borges, se casaron, fueron a vivir a Palermo, que por entonces se consideraba un arrabal de Buenos Aires. Los hijos, Jorge Luis y Nora, se educaron en su casa con maestros particulares. Sin embargo, Borges tuvo una corta temporada de escuela pública y cuando contó una pelea con algunos compañeros, su padre le regaló un puñal que él nunca utilizó. El puñal era el arma de los orilleros, los compadritos. Sin embargo, la presencia del puñal despertó su interés por quienes lo usaban y hasta se hizo amigo de algunos de ellos. Todo lo cual tuvo una gran influencia en su obra literaria.
Pero, más tarde, su creencia en la espada del honor lo traicionó: creyó en Videla y aceptó una invitación de Pinochet para ir a Chile. Pero esta creencia duró poco. Pasó de la esperanza al horror. Y hasta lo llevó a una revisión de la tumultuosa revisión de la historia de su país, tan distinta a la de la pacífica Suiza.
La vida amorosa de Borges también estuvo llena de altibajos, de desencuentros y circunstancias dolorosas hasta llegar a un final feliz. El autor cita una serie de nombres femeninos, desde Emilie, una joven ginebrina a la que no volvió a ver desde que su familia volvió a la Argentina, hasta María Kodama, que lo acompañó hasta su muerte. En esa lista figuran Concepción Guerrero, Norah Lange, Elsa Astete, Haydée Lange, Estela Canto, Margot Guevara, Cecilia Ingenieros y María Esther Vázquez. Además, tenía una gran cantidad de amistades femeninas. Desde que leyó la Divina Comedia estaba convencido de que sólo una mujer podía inspirar al artista una gran obra.
Su primer gran amor fue Norah Lange, una mujer bellísima que además era una excelente poeta. Nora estaba emparentada con la familia de su padre y Borges era un visitante asiduo de su casa. Todo estuvo bien hasta que Oliverio Girondo, que vivía en París, resolvió volver a Buenos Aires y se acercó a Norah. En el momento de elegir ella se decidió por Girondo. Williamson descubrió en la obra posterior de Borges, sobre todo en sus poemas, las alusiones crípticas a la presencia de Norah, a la que siguió amando durante mucho tiempo. También encontró en una novela de Norah Lange referencias al momento en que ella debía decidir entre dos hombres.
Mucho tiempo después Borges conoció a María Kodama, que fue su alumna en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y que lo siguió en sus estudios de las antiguas literaturas germánicas. A pesar de la diferencia de edad, los unió una estrecha amistad que luego se convirtió en un amor compartido. La situación de la pareja era difícil en Buenos Aires. Borges había tenido un breve matrimonio con Elsa Astete, de quien se había separado, pero en ese momento en la Argentina no existía el divorcio, así que Borges presentaba a María como su amiga o su secretaria literaria y no como su mujer. Esta situación duró quince años hasta que resolvieron volver a Ginebra, donde se casaron y vivieron juntos hasta la muerte de Borges.
En su juventud europea, Borges admiraba la revolución rusa y políticamente se consideraba de extrema izquierda, pero la política de Stalin lo desilusionó. Nunca pudo admirar un régimen que no permitiera la libertad de pensamiento y de expresión, donde cualquier disidencia fuera considerada un crimen. A su vuelta a la Argentina, en cambio, admiró la política de Yrigoyen y se hizo radical. Luego fue antiperonista, como toda su familia. Finalmente rechazó los nacionalismos e imaginó como ideal una sociedad donde hombres de distintos orígenes y diferentes credos pudieran convivir pacíficamente. De allí su admiración por Suiza.
En sus últimos años se acentuó su busca de un absoluto, de algo que diera sentido a la vida y a la muerte, que abarcara todo lo existente.
Símbolos anteriores de esa búsqueda fueron "El pájaro que era todos los pájaros" y "El aleph", el punto que contenía todas las cosas. Recordaba su experiencia de la eternidad y ansiaba vivir esos estados de conciencia que describían los místicos. María Kodama le decía que esas experiencias se daban dentro de un contexto religioso y lo puso en contacto con monjes shintoístas, cuyo panteísmo estaba más cercano a las creencias de Borges.
Antes de morir se preguntaba serenamente si habría algo después de la muerte. Le pidió a María que llamara a un sacerdote católico, en memoria de su madre, y a un pastor protestante ,en recuerdo de su abuela inglesa.
María "estuvo junto a él cuando por fin él se fue, con su mano en la de ella hacia el amanecer del sábado 14 de junio" hace veinte años. En sus funerales se leyó el comienzo del Evangelio de San Juan: "en el comienzo era el Verbo..." (c) LA GACETA
Durante el gobierno de Rosas todos los antepasados de Borges eran unitarios, así que les fueron confiscadas sus tierras; sólo se salvaron los Haedo, cuyas estancias estaban en el Uruguay. De esa manera la familia se empobreció, y cuando sus padres, Leonor Acevedo y Jorge Borges, se casaron, fueron a vivir a Palermo, que por entonces se consideraba un arrabal de Buenos Aires. Los hijos, Jorge Luis y Nora, se educaron en su casa con maestros particulares. Sin embargo, Borges tuvo una corta temporada de escuela pública y cuando contó una pelea con algunos compañeros, su padre le regaló un puñal que él nunca utilizó. El puñal era el arma de los orilleros, los compadritos. Sin embargo, la presencia del puñal despertó su interés por quienes lo usaban y hasta se hizo amigo de algunos de ellos. Todo lo cual tuvo una gran influencia en su obra literaria.
Pero, más tarde, su creencia en la espada del honor lo traicionó: creyó en Videla y aceptó una invitación de Pinochet para ir a Chile. Pero esta creencia duró poco. Pasó de la esperanza al horror. Y hasta lo llevó a una revisión de la tumultuosa revisión de la historia de su país, tan distinta a la de la pacífica Suiza.
La vida amorosa de Borges también estuvo llena de altibajos, de desencuentros y circunstancias dolorosas hasta llegar a un final feliz. El autor cita una serie de nombres femeninos, desde Emilie, una joven ginebrina a la que no volvió a ver desde que su familia volvió a la Argentina, hasta María Kodama, que lo acompañó hasta su muerte. En esa lista figuran Concepción Guerrero, Norah Lange, Elsa Astete, Haydée Lange, Estela Canto, Margot Guevara, Cecilia Ingenieros y María Esther Vázquez. Además, tenía una gran cantidad de amistades femeninas. Desde que leyó la Divina Comedia estaba convencido de que sólo una mujer podía inspirar al artista una gran obra.
Su primer gran amor fue Norah Lange, una mujer bellísima que además era una excelente poeta. Nora estaba emparentada con la familia de su padre y Borges era un visitante asiduo de su casa. Todo estuvo bien hasta que Oliverio Girondo, que vivía en París, resolvió volver a Buenos Aires y se acercó a Norah. En el momento de elegir ella se decidió por Girondo. Williamson descubrió en la obra posterior de Borges, sobre todo en sus poemas, las alusiones crípticas a la presencia de Norah, a la que siguió amando durante mucho tiempo. También encontró en una novela de Norah Lange referencias al momento en que ella debía decidir entre dos hombres.
Mucho tiempo después Borges conoció a María Kodama, que fue su alumna en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y que lo siguió en sus estudios de las antiguas literaturas germánicas. A pesar de la diferencia de edad, los unió una estrecha amistad que luego se convirtió en un amor compartido. La situación de la pareja era difícil en Buenos Aires. Borges había tenido un breve matrimonio con Elsa Astete, de quien se había separado, pero en ese momento en la Argentina no existía el divorcio, así que Borges presentaba a María como su amiga o su secretaria literaria y no como su mujer. Esta situación duró quince años hasta que resolvieron volver a Ginebra, donde se casaron y vivieron juntos hasta la muerte de Borges.
En su juventud europea, Borges admiraba la revolución rusa y políticamente se consideraba de extrema izquierda, pero la política de Stalin lo desilusionó. Nunca pudo admirar un régimen que no permitiera la libertad de pensamiento y de expresión, donde cualquier disidencia fuera considerada un crimen. A su vuelta a la Argentina, en cambio, admiró la política de Yrigoyen y se hizo radical. Luego fue antiperonista, como toda su familia. Finalmente rechazó los nacionalismos e imaginó como ideal una sociedad donde hombres de distintos orígenes y diferentes credos pudieran convivir pacíficamente. De allí su admiración por Suiza.
En sus últimos años se acentuó su busca de un absoluto, de algo que diera sentido a la vida y a la muerte, que abarcara todo lo existente.
Símbolos anteriores de esa búsqueda fueron "El pájaro que era todos los pájaros" y "El aleph", el punto que contenía todas las cosas. Recordaba su experiencia de la eternidad y ansiaba vivir esos estados de conciencia que describían los místicos. María Kodama le decía que esas experiencias se daban dentro de un contexto religioso y lo puso en contacto con monjes shintoístas, cuyo panteísmo estaba más cercano a las creencias de Borges.
Antes de morir se preguntaba serenamente si habría algo después de la muerte. Le pidió a María que llamara a un sacerdote católico, en memoria de su madre, y a un pastor protestante ,en recuerdo de su abuela inglesa.
María "estuvo junto a él cuando por fin él se fue, con su mano en la de ella hacia el amanecer del sábado 14 de junio" hace veinte años. En sus funerales se leyó el comienzo del Evangelio de San Juan: "en el comienzo era el Verbo..." (c) LA GACETA







