Aquel famoso Marqués de Yavi

Por Federico Peltzer. HISTORIA.

20 Agosto 2006
El autor, médico tucumano de distinguida trayectoria, se propone honrar a su antepasado, el coronel de las fuerzas del rey, Juan Feliciano Martínez Campero, Marqués del Valle de Tojo, o de Yavi, quien, en 1813, abrazó la causa patriota y combatió por ella hasta caer prisionero y sufrir un largo martirio -torturas y vejámenes incluidos- que terminó en Kingston, Jamaica, su última prisión. Allí descansan sus restos, cuya repatriación se impone, como homenaje a los servicios que prestó a la causa de la Independencia.
El doctor Campero traza la historia de una antigua familia hispana, algunos de cuyos miembros combatieron contra los moros en la Reconquista. Refiere la llegada de sus sucesores al nuevo continente y su asentamiento en lo que es hoy el sur de Bolivia y parte de las provincias de Salta y Jujuy. Por sucesivos enlaces, el otorgamiento de nuevas encomiendas y la conquista de tierras, el feudo llegó a sumar tres millones de hectáreas, más que varios países europeos. En 1708 Juan José Fernández Campero, antepasado del héroe, recibió el título de marqués, para sí y sus herederos. A fines del siglo XVII se construyó la residencia de Yavi, y poco después la iglesia de San Francisco, adornada con valiosas tallas de santos de la escuela cuzqueña. Fue, desde entonces, paso obligado para los viajeros que atravesaban la región hacia y desde el Perú.
El héroe de esta historia nació en la residencia familiar, en 1777. Como queda dicho, fue coronel de las tropas reales hasta que, en 1813, abrazó la causa de los patriotas. Sin duda influyeron en ellos su lejano parentesco y amistad con Güemes y la estrecha comunicación con Belgrano. Desde entonces y, hasta su captura por los realistas, sirvió a la causa de Mayo con su persona, las fuerzas que reunió en sus dominios y los bienes de su cuantiosa herencia. Defendió el flanco nordesde de las guerrillas en numerosos combates, destinados a contener a las bien pertrechadas fuerzas del rey. La magnitud de esa hazaña, que los historiadores han descripto con puntualidad y Lugones ha inmortalizado en La guerra gaucha, salvó la causa revolucionaria. Para medirlo basta mencionar que la llamada Invasión Grande, bajo la superintendencia de La Serna, estaba constituida por cuerpos de más de 7.000 hombres, perfectamente equipados y abastecidos, un número mayor que los ejércitos contra los cuales combatió San Martín en Chile. Sin el sacrificio de las partidas gauchas, el Gran Capitán no habría podido llevar a cabo su empresa.
Sorprendido en la iglesia de Yavi por una partida española, Fernández Campero fue apresado y conducido a Tupiza, después a Potosí (de donde escapó aunque fue recapturado), embarcado a Panamá y luego a Jamaica, donde falleció el 22 de octubre de 1820. Vanos fueron los esfuerzos de Güemes, Pueyrredón y otros para obtener el canje del ilustre prisionero. Un proyecto de ley presentado al Congreso Nacional propicia la repatriación de los restos de quien fue no sólo un valiente soldado, sino diputado en el Congreso de Tucumán. Tal iniciativa no puede estar más justificada, para cuya concreción contribuirá sin duda este prolijo estudio. (c) LA GACETA

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