13 Agosto 2006 Seguir en 

Ninguna preceptiva ha logrado dar cuenta del arte de narrar; la literatura en lengua castellana -sin ir más lejos- registra muchos relatos felices que infringen algunas de las normas recomendadas por los decálogos del oficio.
Sin embargo, es difícil hallar una obra narrativa que ignore todo lo que confiere vida a un relato, todo lo que provoca la aceptación del lector (su "momentánea suspensión de la incredulidad"), todo lo que induce en este la necesidad de continuar con la lectura y le impide apartar de sí unas páginas que, redactadas de otro modo, serían acaso más propicias al tedio que al interés.
Ahora bien, el libro que comentamos tiene el mérito de encarnar ese improbable ejemplo. Los relatos que lo componen respiran una languidez soporífera, que no es sacudida siquiera por su modo pueril de invocar, como los cuentos de hadas, la dimensión de lo sobrenatural.
Es cierto que también los cuentos de hadas pueden ser buenos, pero lo son cuando la voz que narra no es impostada ni procura amaneradamente una delicadeza de libélula. No suena, como la de estos Encuentros mágicos, así:
"Veinte minutos más tarde, su voz en el teléfono me fascinó. -¿Es urgente, Marcos?-. Esa sola pregunta me hizo sentir contenido, considerado, adulto".
Ni así:
"Sabía muy bien por qué quería iniciar una psicoterapia lo antes posible, pero me daba cuenta de que no era tan fácil expresarlo en palabras".
Ni así:
"Sumido en mis pensamientos, no reparaba en la vista espléndida del mar, en las curiosidades de la calle, en las lindas chicas y en los lindos chicos que corrían, caminaban, iban en bicicleta o en patines, hacían gimnasia".
En la portada se lee una frase laudatoria de un señor llamado Jorge Bucay. (c) LA GACETA.
Sin embargo, es difícil hallar una obra narrativa que ignore todo lo que confiere vida a un relato, todo lo que provoca la aceptación del lector (su "momentánea suspensión de la incredulidad"), todo lo que induce en este la necesidad de continuar con la lectura y le impide apartar de sí unas páginas que, redactadas de otro modo, serían acaso más propicias al tedio que al interés.
Ahora bien, el libro que comentamos tiene el mérito de encarnar ese improbable ejemplo. Los relatos que lo componen respiran una languidez soporífera, que no es sacudida siquiera por su modo pueril de invocar, como los cuentos de hadas, la dimensión de lo sobrenatural.
Es cierto que también los cuentos de hadas pueden ser buenos, pero lo son cuando la voz que narra no es impostada ni procura amaneradamente una delicadeza de libélula. No suena, como la de estos Encuentros mágicos, así:
"Veinte minutos más tarde, su voz en el teléfono me fascinó. -¿Es urgente, Marcos?-. Esa sola pregunta me hizo sentir contenido, considerado, adulto".
Ni así:
"Sabía muy bien por qué quería iniciar una psicoterapia lo antes posible, pero me daba cuenta de que no era tan fácil expresarlo en palabras".
Ni así:
"Sumido en mis pensamientos, no reparaba en la vista espléndida del mar, en las curiosidades de la calle, en las lindas chicas y en los lindos chicos que corrían, caminaban, iban en bicicleta o en patines, hacían gimnasia".
En la portada se lee una frase laudatoria de un señor llamado Jorge Bucay. (c) LA GACETA.







