13 Agosto 2006 Seguir en 

El autor ataca la administración de las teocracias inherentes al islamismo, judaísmo y cristianismo (no a sus creyentes) y procura fundar un ateísmo sólido, cuyo centro será una moral poscristiana.En ella se superaría el elemento común a esas tres religiones: "odio a la inteligencia -los monoteístas prefieren la obediencia y la sumisión; odio a la vida, reforzado por una indefectible pasión tanatofílica; odio a este mundo desvalorizado sin cesar con respecto a un más allá, único depositario de sentido, verdad, certidumbre y bienaventuranza posibles; odio al cuerpo corruptible, despreciado hasta en sus mínimos detalles, mientras que al alma eterna, inmortal y divina se le adjudican todas las cualidades y virtudes; por último, odio a las mujeres, al sexo libre y liberado en nombre del Angel, ese anticuerpo arquetípico común a las tres religiones" (p 83).
Se trata de un ataque frontal (histórico, filosófico, psicológico, hermenéutico) a los intérpretes "autorizados" de la palabra sagrada. Para defender una actitud "donde el cuerpo deje de ser un castigo, y la tierra, un valle de lágrimas; la vida, una catástrofe; el placer, un pecado; las mujeres, una maldición; la inteligencia, una presunción, y la voluptuosidad, una condena".Particularmente significativa es la tesis del autor según la cual ha sido San Pablo, y no Jesús, el codificador de ese odio a la vida: "el elogio del celibato, de la castidad y de la abstinencia" habrían nacido de la personalidad masoquista de Pablo: "Jesús nada tiene que ver con esto; se trata más bien de la venganza de un aborto, como (Pablo) se nombra a sí mismo en la Primera Epístola a los Corintios (15:8). ¿Incapaz de acercarse a las mujeres? Las detesta...
¿Impotente? Las desprecia. Excelente oportunidad para reciclar la misoginia del monoteísmo judío, heredado por el cristianismo y el islam" (p 160).Se trata de un libro recomendable a creyentes, ateos e indecisos. Por la formulación precisa de los elementos centrales de esta antigua disputa; por la amplia información manejada; y, finalmente, porque está muy bien escrito. (c) LA GACETA
Se trata de un ataque frontal (histórico, filosófico, psicológico, hermenéutico) a los intérpretes "autorizados" de la palabra sagrada. Para defender una actitud "donde el cuerpo deje de ser un castigo, y la tierra, un valle de lágrimas; la vida, una catástrofe; el placer, un pecado; las mujeres, una maldición; la inteligencia, una presunción, y la voluptuosidad, una condena".Particularmente significativa es la tesis del autor según la cual ha sido San Pablo, y no Jesús, el codificador de ese odio a la vida: "el elogio del celibato, de la castidad y de la abstinencia" habrían nacido de la personalidad masoquista de Pablo: "Jesús nada tiene que ver con esto; se trata más bien de la venganza de un aborto, como (Pablo) se nombra a sí mismo en la Primera Epístola a los Corintios (15:8). ¿Incapaz de acercarse a las mujeres? Las detesta...
¿Impotente? Las desprecia. Excelente oportunidad para reciclar la misoginia del monoteísmo judío, heredado por el cristianismo y el islam" (p 160).Se trata de un libro recomendable a creyentes, ateos e indecisos. Por la formulación precisa de los elementos centrales de esta antigua disputa; por la amplia información manejada; y, finalmente, porque está muy bien escrito. (c) LA GACETA







