El evangelio de Judas

Por Fr. Domingo Cosenza O.P. para LA GACETA - Tucumán. Una introducción al complejo pensamiento gnóstico escrita en un lenguaje comprensible.

JUDAS. Detalle de una “Santa Cena”, en Monte Oliveto. JUDAS. Detalle de una “Santa Cena”, en Monte Oliveto.
06 Agosto 2006
El libro llama la atención sobre un hecho aceptado por la mayoría de los estudiosos de los orígenes cristianos: la falta de uniformidad doctrinal. No existía entonces una ortodoxia plenamente consolidada, expresada mediante formulaciones dogmáticas que tuvieran validez universal. Tampoco había un centro eclesiástico que irradiase una única visión.

"El Evangelio de Judas" fue editado por Rodolphe Kasser (Profesor emérito de la Universidad de Ginebra, especialista en copto), Marvin Meyer (Profesor de Estudios Bíblicos y cristianismo de la Universidad Chapman de California, EE.UU.) y Gregor Wurst (especialista en copto antiguo y profesor de Historia Eclesiástica de la Universidad de Augsburg, Alemania) y su traducción al castellano acaba de aparecer en la Argentina. La publicación forma parte de un amplio proyecto patrocinado por la Nacional Geographic Society. Presenta el estudio de un manuscrito descubierto en Egipto en torno de 1978, que contiene un Evangelio atribuido a Judas Iscariote, uno de los Doce Apóstoles de Jesús. La investigación realizada a partir de 2006 incluyó la certificación de su antigüedad, la traducción del texto desde la lengua copta, y un comentario que ubica el escrito dentro del ámbito del pensamiento gnóstico. La importancia del hallazgo consiste en que se estaría accediendo a un texto perdido, conocido hasta el momento únicamente por una referencia de un autor del siglo II. Esta primera publicación presenta la historia del descubrimiento, el texto traducido al castellano y una introducción a la teología gnóstica de una manera muy clara y objetiva. De este modo se ofrece al público un material que generalmente resulta muy poco accesible al lector no especializado en estos temas.
En su conjunto el libro llama la atención sobre un hecho aceptado por la mayoría de los estudiosos de los orígenes cristianos: que en la época de configuración del cristianismo aún no existía la uniformidad doctrinal. No existía por entonces una ortodoxia plenamente consolidada, expresada mediante formulaciones dogmáticas que tuvieran una validez universal. Tampoco existía un centro eclesiástico que irradiase una única visión del cristianismo y que condenara a las demás. Hasta el siglo II, lo que hoy llamamos herejía, no era necesariamente un cristianismo corrompido. En algunos casos constituía la prolongación de antiguas tradiciones sobre Jesús y compartía una raíz histórica común con la tradición ortodoxa. Al respecto, es importante destacar que aun entre ciertos pensadores ortodoxos (como Clemente de Alejandría) era común la idea de que Jesús había anunciado al pueblo sólo una parte de su doctrina, y que antes y después de su resurrección había comunicado a sus discípulos ideas desconocidas al común de los creyentes. Ciertos grupos se congregaban en torno de esas revelaciones especiales o gnosis, en las que Jesús aparecía garantizando un modo peculiar de ver el cristianismo y rechazando el pensamiento de otros cristianos.
En el siglo II había en Roma varios de estos grupos. Marción difundía con éxito su nueva concepción del cristianismo, en la que distinguía entre el Dios verdadero (desconocido para la mayoría) y el Creador (al que judíos y cristianos consideraban erróneamente el Dios único). En Frigia y en el norte de Africa el cristianismo montanista atraía a multitud de creyentes, entre otros al afamado Tertuliano. En la Galia, Ireneo de Lyon compone un enorme tratado contra las ideas gnósticas, mediante el que se puede conocer los numerosos grupos que entendían el cristianismo de modo diverso a la Gran Iglesia. Este panorama evidencia la multiplicidad ideológica en la que hay que encuadrar la formación de los evangelios, tanto canónicos como apócrifos, y la abundancia de su producción. La aparición de cánones, listas que especificaban qué escritos eran "santos" y cuáles no, fue delimitando con claridad la frontera entre ortodoxia y herejía.
Aquí es donde hay que señalar un punto deficiente de la presentación que hace el libro. Si bien la Iglesia Católica es, sociológicamente, el resultado de su proceso complejo y conflictivo, en el que una determinada línea cristiana fue prevaleciendo y acabó constituyéndose en ortodoxia, es una simplificación excesiva presentar dicho proceso como un mero juego de fuerzas. Ante todo hay que examinar la coherencia de las opciones que prevalecieron.
El gnosticismo planteaba un dualismo al afirmar la existencia de dos principios eternos y opuestos, creadores del mundo espiritual y material respectivamente. Frente a esta visión fragmentada, el naciente pensamiento ortodoxo buscó lo genuinamente cristiano en una superación de las disyuntivas. Mediante la doctrina paulina de la recapitulación Ireneo de Lyon plantea la unidad de creación y redención (cf. Rm 5, 18). El mal y el dolor presentes en el mundo no proceden de un dios malvado, sino de la desobediencia del hombre que introdujo en la creación una semilla de muerte. Pero la obediencia de Cristo, el Hombre nuevo, llevó a la reconciliación del hombre con el Creador: "Recobramos en Cristo lo que perdimos en Adán, esto es, el ser imagen y semejanza de Dios" (Contra las herejías III, 18, 1).
Ireneo completará la idea de la recapitulación con la del intercambio, superando la fractura gnóstica entre el Jesús humano y el Cristo divino: "El Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios Hijo del Hombre, para que el hombre uniéndose con el Verbo y recibiendo la filiación adoptiva, se hiciese hijo de Dios" (III, 19, 1). Por lo tanto, la humanidad de Cristo no es aparente sino real: "Están locos los seguidores de Valentín, que excluyen la salvación de la carne y rechazan la criatura de Dios" (V, 1, 2).
Una cuestión importante en torno del cristianismo alternativo sería determinar hasta qué punto la opción gnóstica respondía sólo a motivaciones doctrinales. Aunque se tiende a ver hoy a los gnósticos como perseguidos por la ortodoxia, no hay que olvidar que la perseguidora en aquel tiempo era la autoridad imperial romana. Ireneo no era un poderoso príncipe eclesiástico, sino el dirigente local de un movimiento proscrito por el Estado romano. Hay que señalar también que en la medida en que se practicaran formas de vida cristianas más privatizadas, menos institucionales y visibles (como era el gnosticismo), habría menos peligro de martirio. Y eso atraía a muchos cristianos.
Contra el pensamiento gnóstico, el primitivo catolicismo conservó el Antiguo Testamento y sostuvo firmemente que la historia de Jesús no tenía que comprenderse en términos puramente simbólicos. Sin embargo, al querer condenar el dualismo, corría el riesgo de eliminar también la gnosis auténticamente cristiana. Algunos pensadores eclesiásticos se esforzaron por continuarla, pues juzgaban que también ella tenía una procedencia apostólica. Según Clemente de Alejandría, sus maestros conservaron "la verdadera tradición de las bienaventuradas doctrinas, directamente enlazadas con los santos apóstoles Pedro, Santiago, Juan y Pablo, transmitidas de padre a hijo y que llegaron a nosotros gracias a Dios" (Stromata I,1, 2, 3). Se trata de enseñanzas reservadas a un cierto número de creyentes y que no duda en llamar tradición gnóstica (I, 1, 15, 2). Según Clemente a "Santiago el Justo, a Juan y a Pedro confió el Señor después de su resurrección la gnosis; éstos la comunicaron a los setenta, uno de los cuales era Bernabé" (cf. Eusebio, Historia Eclesiástica II, 1, 3-4). Y Orígenes presenta una gnosis totalmente alejada del dualismo, afirmando que el Antiguo Testamento guarda "los misterios secretos y completos de la gnosis que sólo aquel que posee las llaves de la gnosis entiende" (De los Principios IV, 2, 3).
La naciente ortodoxia buscó atenuar los radicalismos, para que la fe cristiana fuera un modo de vida extensamente practicable. Frente al peligro de fragmentarse en multitud de sectas, o disolverse en un espiritualismo privado para individuos privilegiados, el movimiento cristiano primitivo buscó un cauce más institucional para llegar a ser universal. Porque los radicalismos, además de ser excesivos, suelen tener un arraigo minoritario. Si hubiera prevalecido el gnosticismo, el cristianismo no habría sido una religión de pueblos, sino de elites. Conviene, sin embargo, tener en cuenta que el cristianismo posterior no suprimió del todo las corrientes más radicales. Estas han reaparecido en la historia a través de movimientos ascéticos y místicos, como los mendicantes del siglo XIII o los reformadores protestantes y católicos del siglo XVI, haciendo resonar una y otra vez un apremiante llamado a la conversión. (c) LA GACETA

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