En historia argentina, no todo es lo que parece

Por Federico Abel. La autora quiere desmontar la idea de que, desde tiempos inmemoriales, un presunto sentimiento antibritánico atraviesa nuestro país.

06 Agosto 2006
Ema Cibotti sigue empeñada en demostrar que, en historia, no todo es lo que parece. En 2004, en "Sin espejismos. Versiones, rumores y controversias de la historia argentina", había explicado cómo y por qué comenzaron a circular ciertas leyendas que, con el tiempo, asumieron la portentosa dimensión de verdades inconmovibles. En esta ocasión, aunque con mayor profundidad y rigor, se ha propuesto -y lo ha conseguido- desmontar la idea de que, desde tiempos inmemoriales, un presunto sentimiento antibritánico atraviesa a la sociedad argentina. El corolario de este derrotero, por cierto, habría sido la Guerra de las Malvinas en 1982, hecho del que la venganza, por supuesto que sólo iconográfica y deportiva, habría sido el recordado gol -con la mano- que Diego Maradona convirtió a los ingleses en el Mundial de Fútbol de 1986. En efecto, en numerosas ocasiones, el jugador justificó que la conversión haya sido cometida en infracción en la convicción de que "el que le roba a un ladrón tiene 100 años de perdón".
En un impecable trabajo, Cibotti demuestra que la anglofobia tiene una tradición que no se remonta más allá de 1934, cuando los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, pioneros de lo que después sería el revisionismo histórico, publican "La Argentina y el imperialismo británico, los eslabones de una cadena, 1806-1933". Era la primera vez que a nuestro país se lo presentaba como víctima de una explotación inglesa. Hasta entonces, aunque con matices, los sucesivos gobiernos habían mantenido más que elocuentes relaciones, fundamentalmente económicas, con Gran Bretaña, hasta el punto de que la autora afirma que hasta aquel libro podía hablarse de una anglofilia en la sociedad argentina.
Al lector se le recomienda que, si emprende el desafío de leer este texto, inmediatamente vaya a la página 94, donde Cibotti analiza qué sucedió durante la época -dictadura más bien- de Juan Manuel de Rosas, cuya conducta "no fue excepcionalmente anglófila", porque "el sentimiento probritánico estaba ya muy arraigado en la época". En un párrafo imperdible, la historiadora sintetiza el espíritu de las relaciones anglo-argentinas hasta entonces: "De la mano de Moreno y de San Martín el vínculo había sido claramente doctrinario; bajo la influencia de Rivadavia, adquirió ya los visos de una relación de negocios comercial y financiera. Con Rosas tuvo otro matiz: se gestó la sociedad de intereses entre, por un lado, los estancieros, productores de ganado, a menudo criollos, y, por el otro lado, los comercializadores, exportadores de cuero crudo, casi todos ingleses".
Quizás sin habérselo propuesto, Cibotti terminó ensayando un pequeño y útil manual de historia argentina pero centrado en cómo marcharon las cosas, en cada período, con la omnipresente Inglaterra, siempre coherente en la defensa de sus intereses, más allá de los mil y un avatares que experimentaba la naciente Argentina en su caótica organización. ¿Por qué aquel libro de los Irazusta es tan importante en el quiebre de esta tradición? La propia autora se apura por aclarar, por ejemplo, que sólo 20 años antes, cuando se preparaban los festejos por el centenario de la conjura de las invasiones inglesas al Río de la Plata, el director del Museo Histórico Nacional, Adolfo P. Carranza, se había opuesto terminantemente y había argumentado: "las invasiones se produjeron más bien para alentar a los precursores de nuestra independencia, para robustecer sus medios de acción, para demostrar cuánto valían y cuánto podían los colonos si deseaban emanciparse (de España)". La obra de los Irazusta tiene como telón de fondo la crisis de 1929, que había derribado los precios de los productos de los países exportadores, como el nuestro. A lo que hay que sumar que durante 1932, durante la Conferencia Imperial de Ottawa, el gobierno de Londres decidió favorecer sus relaciones comerciales con aquellas ex colonias directas (Canadá, Australia, Nueva Zelanda), lo que perjudicó el tráfico que se mantenía ininterrumpido de manera formal con la Argentina desde el acuerdo de 1825. Eso sin contar el escándalo que rodeó al acuerdo Roca-Runciman, de 1933, por medio del cual se afianzó el poder de los frigoríficos británicos y estadounidenses a partir de una suerte de monopolio en el negocio de la exportación de las carnes.
Cibotti también se esfuerza por probar que la causa por la recuperación de las Malvinas, que durante la guerra de 1982 fue presentada como un ideario centenario, en realidad, tenía una partida de nacimiento no muy añeja y que se profundizó a partir de los años 50. Por ejemplo, recuerda que el propio Rosas, en 1841 y 1842, intentó ceder el dominio sobre las islas a cambio de que Gran Bretaña cancelara la deuda acumulada por el empréstito Baring, que era arrastrado desde la época de Rivadavia. Y subraya que Londres rechazó la propuesta porque consideraba reconocer la soberanía argentina sobre el archipiélago. También señala que, durante el Mundial de Fútbol de 1966, celebrado en Inglaterra, ocasión en la que los locales vencieron a la Argentina, la rivalidad futbolística y la causa por las Malvinas comienzan a confundirse, en particular porque el año anterior la Organización de las Naciones Unidas, siguiendo una línea de descolonización iniciada en 1960, había instado a ambos países a que iniciaran negociaciones directas. La autora concluye que ya estaba sembrado el camino que desembocó en la temeraria aventura de Leopoldo Galtieri en 1982 y que, partiendo el empréstito contratado por Rivadavia, veía a este, a Domingo Faustino Sarmiento, a Nicolás Avellaneda y a Julio Argentino Roca como agentes o garantes del imperialismo británico, que se había reafirmado con el Pacto Roca-Runciman. Se pasaba por alto la amabilidad que, aun después de las invasiones ingleses, la sociedad del Río de la Plata había mostrado por los británicos. (c) LA GACETA

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