Pepe Fernández: In memoriam

Por Ernesto Schoo, para LA GACETA - Buenos Aires. Es difícil imaginar que tanta vitalidad, tanta gracia, tanto talento, se hayan desvanecido para siempre. Al despedir al amigo querido, me estoy despidiendo también de mi propia juventud.

06 Agosto 2006
Desde ahora, me va a resultar muy difícil, si no imposible, pensar en París sin Pepe Fernández, el más parisiense de los argentinos, el más argentino de los parisienses. A tal punto se identificaron él y su ciudad amada, donde vivió más de cuarenta años. Su menuda figura no volverá a trajinar por el barrio, Saint-Germain-des-Près (28, rue du Four), que lo reconocía como habitante dilecto, casi como si hubiera nacido allí. Sin perder nada del gracejo y la mirada escéptica de porteño, de vuelta de muchas cosas y siempre burlándose un poco -con ternura, sin rencor- de los franceses, su empaque y su racionalidad obstinada. Cuántas generaciones de argentinos recién llegados, a menudo sin equipaje y con poca plata, albergó en su "chambre de bonne" de un quinto piso sin ascensor: con infatigable generosidad, procuraba allanarles las dificultades de los primeros días, encontrarles trabajo, si era posible; orientarlos, aconsejarlos. Siempre alegre, ocurrente, chispeante: un duende, que parecía estar en muchas partes al mismo tiempo, un embajador paralelo, atento a las necesidades de los compatriotas en apuros, y de cualquiera, de la nacionalidad que fuere, necesitado de una mano.
De profesión, fotógrafo. De los mejores. Su imagen más famosa, la de Borges, de pie en el centro de la estrella dibujada por los mármoles del pavimento del hotel llamado "L ´Hôtel", donde se alojaba en París, apoyado en su bastón y alzando hacia la cúpula la mirada ausente. Una fotografía que recorrió el mundo y de la que Pepe, eternamente ajeno a cualquier idea de lucro, nunca registró la propiedad intelectual. Pero que le sirvió, cuando gestionó su jubilación francesa, para que el monto fuese aumentado.
También la municipalidad de París lo asistió cuando, al morir la propietaria del departamento de la rue du Four (que él había transformado en un lugar lleno de encanto), sus herederos intentaron desalojarlo. No se hizo lugar al pedido y se le concedió un subsidio para abonar el alquiler.
La relativa holgura de los últimos años, contrastaba con los rigores sufridos en los primeros. Nunca se quejó, aceptaba con buen humor, paciencia y tenacidad lo que el destino le deparase. Allá por 1955, fue encargado del guardarropa de un mínimo cabaret, "L ´Escale", donde su gran amiga María Elena Walsh cantaba a dúo con Leda Valladares; entre otros empleos (siempre precarios), trabajó en la comisión francesa de la energía atómica, de la que fue despedido por participar en los acontecimientos de Mayo del 68. También por razones laborales le hizo pleito a un empleador, se empeñó en defenderse a sí mismo en el juicio (¡frente a un tribunal francés, en el país de los "maîtres" expertos en escritos literariamente perfectos!) y lo perdió. Como la cigarra de la canción, Pepe sobrevivía a todos los desastres, financieros, sentimentales, o de cualquier índole, y seguía cantando, sin aflojar.
Con el tiempo, fue contratado por la editorial Abril, de Buenos Aires, para proveer de material gráfico a sus numerosas revistas, y así logró sobrevivir decorosamente. Con gracia incomparable, contaba las andanzas que lo llevaban de un estadio de fútbol a un estudio cinematográfico, del festival de cine en Cannes a una playa nudista. Distraído sin remedio, era capaz de tomar el tren equivocado (casi fue a parar a Polonia, una vez, en lugar de España), de incurrir en las confusiones más disparatadas. Tal era su encanto personal, que se las arreglaba para salir bien parado y, de paso, hacerse amigo (y era un amigo de fierro, firme en todas las vicisitudes) de los personajes más variados: Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Germán Sopeña, astros y estrellas del espectáculo (Jean Sorel y su mujer, la actriz italiana Anna Maria Ferrero), mozos de café, bomberos, mujeres de la noche, escritores famosos, músicos de toda laya, los mendigos del barrio.
Sin dejar, en ningún momento, de enfocar sus cámaras. Porque la música lo guiaba desde chico. En la adolescencia fue maestro de piano, allá en la casita de Ramos Mejía, en la calle Ramón Lista, donde los domingos nos reuníamos los amigos, los locales y los visitantes que íbamos del centro a pasar tardes inolvidables, con María Elena Walsh -que mucho después le dedicaría su bellísima "Zamba para Pepe" ("un amigo nuevo no es lo mismo, Pepe; se quiere por la mitad")-, con Johnny Wilcock, Alberto Greco, Sergio Luvabsky, hijo de un conocido pintor, Grete Stern, la fotógrafa admirable, y su hija, Silvia Coppola, un preadolescente Horacio Verbitsky. A veces, Alfredo Alcón. Aquellos tés de los domingos, con la mermelada más rica que he probado jamás, hecha por la madre de Pepe con una naranja, un limón y una manzana; las anécdotas, los chismes, los comentarios de lo último visto en cine o en teatro, lo último leído, lo último disfrutado en el Colón (Victoria de los Angeles en "Manón" de Massenet, semejante a un pájaro fabuloso).
Mientras la luz declinaba en el pequeño jardín, las gallinas alborotaban antes de irse a dormir y llegaba el perfume de las rosas amarillas que trepaban alrededor las ventanas.
Hacía muy poco que nos habíamos comunicado por última vez, por e-mail (¿cómo saber que sería la última?). Pepe estaba tan orgulloso de manejar la computadora, se pavoneaba frente a sus amigos: "Avisale a Fulano que aprendí a manejar esta máquina de m...". Nos mandábamos mensajes cada semana. Yo estaba preocupado por el verano en París, tan pesado como el de Buenos Aires, o más, y por su frágil corazón.
Aquel mensaje final, del 9 de julio, respondía a uno mío, del día 7, donde le encarecía cuidarse. "Cuidate vos, pibe Ernesto", fue su respuesta. Hoy, 20 de julio, a la mañana, leí en el diario que dos ancianos habían fallecido allí, con 36 grados de calor, y de inmediato pensé en él. A la tarde, una amiga común, creyendo que yo lo sabía, me comentó su muerte. Fue el 14. Sus restos, me informa una amiga residente en París, fueron cremados en el Père Lachaise, y su sobrina es la heredera del riquísimo archivo de negativos, donde están casi todas las figuras más importantes del arte y los espectáculos del mundo desde mediados del siglo anterior.
No puedo -no quiero- imaginar siquiera que tanta vitalidad, tanta gracia, tanto talento, se hayan desvanecido para siempre. Desde aquí, amigo querido de más de medio siglo, al despedirme de vos me estoy despidiendo también de mi propia juventud. Te dedico esta preciosa línea, que amo, de un poema de Apollinaire: "Jeunesse, adieu, jasmin du temps". (c) LA GACETA

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