¿Se revitaliza el nacionalismo?

Por Rosendo Fraga para LA GACETA - Buenos Aires. Diez años después nos encontramos ante un fenómeno de posible resurrección.

EVO MORALES. Este fenómeno, como el de Humala, en Perú, muestra detrás del reclamo indigenista, un fuerte sentimiento de nacionalismo.(ARCHIVO LA GACETA) EVO MORALES. Este fenómeno, como el de Humala, en Perú, muestra detrás del reclamo indigenista, un fuerte sentimiento de nacionalismo.(ARCHIVO LA GACETA)
06 Agosto 2006
Al promediar la década pasada, la globalización era asumida como el fenómeno central en las relaciones internacionales, que influía además dentro de los países, limitando e incluso en algunos casos anulando la soberanía nacional.
Pero diez años más tarde, quizás pueda plantearse que nos encontramos frente al fenómeno inverso, la posible revitalización de los nacionalismos.
Comenzando por los EE.UU., la primera potencia del mundo, es hoy más nacionalista que en los años noventa. Ya antes de los atentados del 11 de setiembre de 2001, la administración Bush mostraba una visión mucho más nacional de las relaciones con el mundo que sus predecesores. El unilateralismo en el que entró la política exterior de los EE.UU., con su resistencia a aceptar acuerdos internacionales, como el protocolo de Kyoto y la Corte Penal Internacional, y la acción unilateral en Irak, son expresiones de una suerte de revitalización del nacionalismo norteamericano. El rechazo a que China compre una petrolera de EE.UU. o que capitales de Emiratos Arabes Unidos controlen puertos, son manifestaciones de este fenómeno en el campo económico.
En el caso de China, también se percibe una política más nacionalista. Ha recuperado Hong Kong, intensifica la presión para reunificar Taiwan y explicita su propósito de ser la potencia militar del Asia y eventualmente en el largo plazo disputar el liderazgo mundial a EE.UU. En Rusia también se evidencia una visión más nacional con Putin que con Yeltsin. Este país hoy busca reforzar su rol de potencia mundial, aumenta la inversión en armamentos y explicita su proyecto de "seguridad energética" en función de sus grandes reservas en este campo y su efecto en las relaciones internacionales.
El Japón del segundo mandato de Koizumi también se muestra más nacionalista que una década atrás. Se avanza en la reforma de la constitución para permitir al país jugar un rol más libre en el campo estratégico militar, eliminando las restricciones derivadas de la Segunda Guerra Mundial, crecen las protestas de China y Corea del Sur por la revisión de la historia y Japón parece decidido a no quedar atrás frente a la intención de China de ser la potencia asiática.
En el caso de India y Pakistán, una década atrás todavía no habían llegado al arma nuclear, objetivo que alcanzan a fines de los noventa, a partir de su firme vocación nacional que pone en crisis los sistemas mundiales para impedir la no proliferación. La reciente visita de Bush a ambos países puso en evidencia que ambos tienen firmes objetivos nacionales.
En el caso de Europa, en menos de un año, se ha visto un inesperado auge de los nacionalismos. El fracaso del proyecto de constitución europea en los referéndums de Francia y Holanda, la reacción francesa frente a los disturbios de los jóvenes de origen musulmán en los suburbios de París, el endurecimiento de las normas sobre inmigración y la reciente política para impedir la "desnacionalización" de empresas energéticas a manos de inversiones de la propia UE, son señales muy claras de que la región que más avanzó en la "supranacionalidad" hoy está, en el mejor de los casos, estancada. En un país como España, la cuestión nacional ha pasado a ser central, tanto por la autonomía catalana como por el conflicto vasco.
Los problemas de Medio Oriente también están mostrando un componente nacional creciente, en el marco de un conflicto más amplio y complejo. La cuestión palestino-israelí, cada vez más, es un problema de fronteras, que sin negar los otros factores que inciden, muestra que la variable nacional es decisiva.
Los problemas de las etnias también terminan teniendo un fuerte contenido nacional. Tomando por ejemplo los kurdos, su aspiración es ser una nación, unificando a regiones de Irak y Turquía. A su vez para estos países, el reclamo kurdo se transforma así en una cuestión que amenaza la nación en sus actuales fronteras.
Lógicamente, hay problemas, como el creciente enfrentamiento entre los musulmanes chiítas y sunnitas, que pueden derivar en una suerte de guerra civil religiosa -que podría parecerse en las guerras de religión entre católicos y protestantes en la Europa del siglo XVI- en su génesis no es un problema nacional, pero sus consecuencias sí lo son. Es que, si se acentúa este conflicto, las frágiles nacionalidades del mundo árabe -vistas en perspectiva histórica- se verán afectadas, por las minorías, ya sean sunnitas o chiítas, que existen dentro de las fronteras de países como Irán, Irak, Arabia Saudita y otros.
En América Latina, el giro hacia el populismo o el centro-izquierda que se evidencia en la región al promediar la primera década del siglo, puede ser también un capítulo regional de la revitalización de los nacionalismos a nivel mundial.
El subcontinente parece muy homogéneo en lo político-ideológico, pero, sin embargo, los intereses nacionales pesan cada vez más y quizás por ello, los grupos de integración regional en América del Sur (Unión Sudamericana, Corporación Andina de Naciones y el Mercosur) se encuentran en dificultades.
Fenómenos como el de Morales en Bolivia o Humala en Perú, muestran detrás del reclamo indigenista, un fuerte sentimiento nacionalista, como lo puso en evidencia el reclamo de Bolivia a Chile por haberle regalado un "charango" al líder de U2. A su vez, el conflicto por las papeleras entre Argentina y Uruguay mostró un impensado rebrote de nacionalismo, que se percibe también en los reclamos de dicho país y Paraguay contra los dos socios más grandes del Mercosur (Argentina y Brasil).
Este último país en el gobierno de Lula ha explicitado su vocación de ser el único actor global de América Latina, en una visión nacional de largo plazo que busca un lugar en el nivel de China, India y Rusia.
El mismo fenómeno de Chávez no deja de tener un componente de nacionalismo venezolano, en el marco de su proyección regional.
A ello se agrega que tanto los organismos internacionales de entidad política como la UN como los económicos con el FMI, están hoy mucho más en discusión que una década atrás.
Advertir que el nacionalismo no ha muerto y que, por el contrario, se está revitalizando, resulta fundamental para comprender los fenómenos mundiales y regionales y para el desarrollo de la política exterior argentina. (c) LA GACETA

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