Las grandes migraciones

Por James Neilson. Para LA GACETA - Pinamar (Bs. As.)

Inmigrantes detenidos en Sevilla.(ARCHIVO LA GACETA) Inmigrantes detenidos en Sevilla.(ARCHIVO LA GACETA)
23 Julio 2006
En los siglos que siguieron al descubrimiento, por los españoles, del hecho sorprendente de que, si viajaran hacia el oeste, antes de llegar a China tendrían que cruzar un gran continente que podrían conquistar, los europeos se diseminaron por el mundo entero. Aunque hoy en día el colonialismo está mal visto, de no haber sido por las proezas, a menudo sanguinarias, de aquellos antecesores no habría argentinos, chilenos, brasileños o norteamericanos sino una plétora de otros pueblos muy distintos. Suplicar perdón por los crímenes perpetrados es una forma de parricidio, una que nos ayuda a entender mejor lo que está sucediendo en la actualidad.
Hace aproximadamente cincuenta años, cuando la expansión europea se frenó, se puso en marcha un movimiento poblacional en el sentido contrario, al trasladarse a las viejas metrópolis imperiales y a países vecinos de desarrollo económico equiparable millones de personas del Tercer Mundo. Muchos europeos, sobre todo los de clase obrera, reaccionaron con hostilidad ante el arribo de los recién venidos. En cambio, les darían una bienvenida calurosa las elites intelectuales afligidas por una sensación de culpa poscolonial y empresarios que querían contar con más mano de obra barata. De este modo, se dio comienzo a un inmenso experimento sociopolítico, cuyos resultados amenazan con ser catastróficos.
Lo que empezó como un fenómeno marginal no tardó en adquirir dimensiones comparables con la migración de millones de europeos de Europa a Estados Unidos, Canadá, la Argentina y Australia, en el siglo XIX y la primera mitad del XX. Pero habría una diferencia radical. Mientras que los movimientos poblacionales de aquel entonces estaban manejados por los países receptores que, con cierto cuidado, eligieron a quiénes dejarían entrar y a quiénes a su juicio les convendría excluir, en la actualidad todos los servicios de inmigración se saben desbordados. Incluso el estadounidense, el mejor pertrechado y financiado de todos, es incapaz de impedir que entren en su país medio millón de ilegales por año. De estos, la mayoría es mexicana o centroamericana, pero también abundan los oriundos de Asia y Africa.
La situación inmigratoria europea es aún más confusa. Si en Estados Unidos hay por lo menos 8 millones que viven al margen de la legalidad, más otros 30 millones de origen extranjero que tienen sus papeles en regla, el que el grueso sea â??hispanoâ? significa que los problemas culturales y religiosos provocados por su irrupción sean mínimos. En cambio, en Europa predominan los musulmanes oriundos del norte de Africa, los países árabes del Medio Oriente, la India y Pakistán, donde el islamismo militante está en auge. Aunque los europeos quisieran asimilarlos con la esperanza de transformarlos a ellos o a sus descendientes en ciudadanos franceses, británicos, holandeses, daneses y españoles corrientes, no les sería nada fácil lograrlo. Por estar tantos países europeos pasando por una fase de autocrítica sistemática, escasean los dirigentes que se crean con derecho a pedir a sus compatriotas en potencia adaptarse a las costumbres mayoritarias. Puede que tanta humildad sea loable, pero en la práctica sólo ha servido para que, en vez del viejo crisol decimonónico, se haya conformado un mosaico precario de teselas autónomas sin interés alguno en integrarse.
Hay otros factores en juego. Gracias a la â??globalizaciónâ?, el mundo se ha empequeñecido no sólo para los hombres de negocios, que cuando viajan duermen en lo que es en efecto el mismo hotel aunque un día está ubicado en Tokio y el siguiente en Londres o en Buenos Aires, sino también para los inmigrantes de países pobres, que esperan encontrar una vida mejor en una localidad que ya vislumbraron a través de la pantalla de cristal de su televisor. Una vez llegados, descubren para su gratificación que no es necesario adaptarse a las usanzas del país anfitrión. Pueden vivir entre gente como uno, hablar sólo el propio idioma y permanecer fieles a las costumbres ancestrales. De haberse producido la inmigración italiana en la edad de las comunicaciones instantáneas, de la televisión satelital con centenares de canales, la Internet y el respeto casi sin límites por las diferencias, la Argentina sería con toda seguridad muy distinta del país que conocemos.
Por ser tan intensa la sensación de proximidad que da la tecnología moderna, no es del todo sorprendente que sean cada vez más los africanos, asiáticos y latinoamericanos que sueñan con afincarse en Europa Occidental, Oceanía o América del Norte. Les parecen mucho más cercanas, más familiares que en el pasado. Aunque conseguir entrar suele plantearles problemas, si superan las barreras precarias erigidas por las burocracias, lo demás les es bastante sencillo.
Lo que estamos viendo es sólo el comienzo de un cambio cuyas consecuencias geopolíticas serán por lo menos tan profundas como las ocasionadas por las migraciones decimonónicas. Pero mientras que aquellas fueron pacíficas, porque los europeos o sus descendientes monopolizaban el poder, las por venir podrían ser violentas. El año pasado, Melilla, un enclave español enquistado en Marruecos, fue sitiado por miles de africanos subsaharianos que estaban dispuestos a arriesgar su vida para ingresar en la Unión Europea. Cerrada aquella puerta de entrada, miles más viajarían en embarcaciones precarias a otra puerta de entrada, las islas Canarias, donde los sobrevivientes sabían que luego de una semana o dos en un campo de refugiados serían enviados al continente.
A los preocupados por lo que está sucediendo, las grandes migraciones que están en marcha hacen recordar menos a lo que sucedió entre las guerras napoleónicas y el fin del colonialismo europeo, después de la Segunda Guerra Mundial, que a lo ocurrido en el siglo V, cuando los bárbaros del norte y del este de Europa, hostigados por los pueblos de Asia Central, irrumpieron en el imperio romano que a menudo los admitía, ya porque no estaba en condiciones de evitarlo, ya porque sus ejércitos necesitaban más mercenarios. Al alcanzar una masa crítica el alud inmigratorio así supuesto, el imperio se hundió y se inició lo que para la mayoría sería un milenio de caos y miseria. Muchos temen que a los países de Europa les aguarde un destino similar, debido, opinan, a que demasiados inmigrantes traen consigo las costumbres sociales y los cultos religiosos de sus países de origen que les impidieron desarrollarse y que, en algunos casos, hicieron imposible la convivencia civilizada.
Dicha tesis indigna tanto a los empresarios, que señalan que los inmigrantes cumplen tareas económicas esenciales, como a los progresistas convencidos de las bondades del multiculturalismo, que califican de racistas las quejas amargas de los nativos que protestan contra las molestias que les produce vivir rodeados de comunidades enteras de cultura muy distinta de la suya. Por su parte, los resignados a la negativa de los europeos a reproducirse dicen que sin inmigrantes más prolíficos los países de Europa quedarán despoblados. Aunque las clases dirigentes siguen convencidas de que no hay alternativa a la inmigración masiva, en Europa y en Estados Unidos la mayoría de los demás quisiera que se erigiesen barreras insuperables cuanto antes.
Las grandes migraciones que están modificando el mapa demográfico del mundo plantean dilemas que los más preferirían soslayar. ¿Cuántos inmigrantes procedentes del Tercer Mundo puede absorber un país sin perder las características que lo hicieron tan deseable a quienes viven en zonas paupérrimas y conflictivas? Habrá un límite, pero bien antes de que un país se acercara a él le será casi imposible impedir que entren más. ¿Es concebible una comunidad bien ordenada y solidaria si los grupos que la conforman no comparten los mismos valores básicos? Es de suponer que no.
¿Será factible frenar las migraciones exportando a los países pobres el desarrollo económico y las artes de la paz? Muchos quisieran creer que esta sería la respuesta, pero a juzgar por los resultados de más de medio siglo de experimentos en tal sentido se trata de una ilusión.
Hace más de treinta años, el novelista francés Jean Raspail escribió un libro profético, â??Le camp des saintsâ?. Relata que a causa de una hambruna, un millón de indios se apoderaron de una flota de embarcaciones raquíticas, las más heredadas de los tiempos coloniales, para entonces poner proa a Francia, donde serían acogidos tiernamente por las autoridades y los bien pensantes, mientras que los â??français de soucheâ?, espantados, huyeron a sabiendas de que su civilización se desplomaba. En el prefacio que escribió para una edición posterior de su libro, Raspail confesó haber elegido a indios procedentes del Ganges en lugar de los norafricanos como los conquistadores de una Europa que por razones éticas sería incapaz de defenderse, porque no quería participar del debate en torno del racismo y del antirracismo.
Tal actitud puede comprenderse. Si bien los prejuicios raciales persisten en muchas partes, los conflictos que con toda seguridad provocarán las grandes migraciones que siguen cobrando fuerza tendrán mucho más que ver con la cultura, en el sentido antropológico de la palabra, que con el color de la piel u otros rasgos étnicos. Por un lado están los acostumbrados a vivir en sociedades productivas y pluralistas; por el otro los habituados a las modalidades premodernas. A juzgar por la historia de nuestra especie, no hay motivos para suponer que en el fondo tales diferencias carecen de importancia y que, por lo tanto, podemos pasarlas por alto con impunidad. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios