23 Julio 2006 Seguir en 

Si tomáramos prestado el tÃtulo de Eric Bentley â??El dramaturgo como pensadorâ? para un libro que se llamara â??El novelista como pensadorâ?, tendrÃa que estar dedicado sin lugar a dudas a Juan Filloy (1894-2000). No tanto por su gravitación en la literatura argentina del último siglo, sino fundamentalmente porque su obra ha servido de sustento intelectual y estilÃstico a otros grandes escritores argentinos. Tal es el caso de Julio Cortázar, que menciona a Filloy en dos de sus libros más emblemáticos: â??Rayuelaâ? y â??La vuelta al dÃa en 80 mundosâ?.
Filloy nació en Córdoba el 1 de agosto de 1894, según lo consigna el sitio Literatura.org. Aunque nunca jugó al fútbol, en 1913 estuvo entre los fundadores del club Talleres de Córdoba, y en 1918 tuvo participación activa en la Reforma Universitaria. En 1920, recién graduado de abogado en la Universidad Nacional de Córdoba, se trasladó a RÃo Cuarto, ciudad en la que residió por 64 años. Durante seis décadas fue colaborador del diario â??El Puebloâ?, de RÃo Cuarto, en el que escribÃa una columna diaria con comentarios de actualidad, crÃtica literaria o teatral. Después de publicados sus primeros siete libros en ediciones de autor, permaneció más de 28 años (entre 1939 y 1967) sin realizar nuevas publicaciones. Durante ese tiempo se desempeñó como juez de paz, aunque siguió escribiendo profusamente. En 1984 se trasladó a Córdoba, donde la muerte lo encontró mientras dormÃa la siesta, el 15 de julio de 2000. TenÃa 105 años.
El caso de Filloy es bastante emblemático en las letras criollas. Sobre todo, porque su obra ha sido muy maltratada por la crÃtica y suele ser poco leÃda por los estudiantes. Sin embargo, eso no ha impedido que se forme una verdadera leyenda en torno de su personalidad. Una leyenda que ha sido alimentada por múltiples factores: la asombrosa personalidad de este autor; sus más de 50 tÃtulos publicados y las caracterÃsticas de su obra, que aluden más a un juego que a un ejercicio literario.
Pero, además, Filloy tenÃa otras curiosas costumbres. Según cuenta el escritor Mempo Giardinelli en el prólogo a la antologÃa â??Don Juanâ?, Filloy siempre utilizaba siete letras para los tÃtulos de sus libros; y, al menos uno de ellos, se corresponde con cada letra del abecedario, de la A a la Z. También era aficionado a los palÃndromos, es decir, aquellas palabras o frases que pueden leerse igual tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. Finalmente, como otros escritores de su generación, tenÃa una pertinaz fobia antiporteña. Esto último contribuyó a que su obra fuera prácticamente olvidada por la crÃtica, pero idolotrada por algunos intelectuales como el mismo Cortázar, quien manifestó en reiteradas oportunidades su asombro por las misteriosas costumbres del escritor.
â??Catervaâ?, que apareció por primera vez en 1937 y ahora fue reeditada por la Editorial El Cuenco de Plata, es la sexta obra que Filloy publicó en la década del treinta y su tercera novela.
Fundamental y definitiva en el universo literario del autor, fue precedida por â??¡Estafen!â? (1932) y â??Op Oloopâ? (1934) y constituye la expresión más acabada de su producción hasta ese momento.
Pero... ¿qué tiene â??Catervaâ? que tanto fascinó a Cortázar? Muchas cosas. Ante todo, es una novela social. No sólo en el sentido ideológico, sino fundamentalmente en el sentido práctico. Sus protagonistas son seres que buscan ayudar a los otros. Ahogan su individualidad para transformarse en un colectivo que permite conseguir cosas que en solitario permanecen vedadas. La novela ofrece el viaje de un grupo de linyeras en ferrocarriles de carga, por los paisajes de Córdoba, descritos como si fuera la paleta de un pintor impresionista, aunque con la audacia de la vanguardia. Longines y Aparicio se convierten en los jefes del grupo, pero por la novela desfilan 106 personajes. Aunque tal vez lo que más interesa del libro es el uso del lenguaje, la utilización de argentinismos y formas coloquiales que conviven con un riquÃsimo español. Los personajes también esconden historias y pasados que se desvelan a medida que avanza la novela.
Al mismo tiempo, â??Catervaâ? es, de un modo sutil y generoso, â??una novela de aparienciasâ?, a decir del crÃtico Hugo Aguilar. â??Sus héroes se muestran ante la sociedad como mendigos deseosos de ayuda para sà mismos, cuando en realidad son ellos los ejecutores de la ayuda que otros recibiránâ?, agrega. Con un lenguaje casi lúdico, muy parecido al de Cortázar, Filloy tiene una conciencia casi irónica del tiempo perdido y de una realidad trascendental que se ha esfumado. â??La felicidad es un concepto incoercible. Huye a toda concreciónâ?, se lee en las primeras páginas del libro. Y es que, para los personajes de Filloy, la buena voluntad existe, pero siempre se ve obligada a transigir.
A estas alturas ya no resulta tan aventurado afirmar que Filloy llevó tanta literatura a su vida como vida a su literatura. Conoce -como pocos escritores argentinos- el virtuosismo de la palabra, y lo ejerce con el convencimiento de que, a través de ella, puede redimirse cualquier pecado. Incluso el de caer en el riesgo del verbalismo exacerbado. Asà como Marcel Proust utiliza la palabra para crear una sucesión de imágenes en su inmortal â??En busca del tiempo perdidoâ?, Filloy utiliza la metáfora para crear estados de ánimo, temperamentos y circunstancias. â??Pronto, los soplos de la siesta le trajeron aromas familiares. Yerba-mota. Pichanas. Hinojos. Oyó el mujir de las vacas. El cencerro de la yegua madrina. Y se le fueron cerrando los ojos...â?, se lee en la página 99. De hecho el estilo, que existe en Filloy como algo subterráneo e inmaterial, se refugia precisamente en la metáfora.
Tampoco falta en â??Catervaâ? el uso de las historias inéditas y el empleo de titulares y de fragmentos de periódicos de la época. Todo ello basado en el grupo que no cesa de viajar o descansar, como si fueran turistas de una realidad argentina, por zonas casi vÃrgenes.
Por eso, no es para nada descabellado alabar la reedición de este clásico, fundamental en nuestra literatura, que nos permite no sólo gozar de una estética muy particular, sino también revivir antiguas costumbres ya perdidas en la historia y en el tiempo. (c) LA GACETA
Filloy nació en Córdoba el 1 de agosto de 1894, según lo consigna el sitio Literatura.org. Aunque nunca jugó al fútbol, en 1913 estuvo entre los fundadores del club Talleres de Córdoba, y en 1918 tuvo participación activa en la Reforma Universitaria. En 1920, recién graduado de abogado en la Universidad Nacional de Córdoba, se trasladó a RÃo Cuarto, ciudad en la que residió por 64 años. Durante seis décadas fue colaborador del diario â??El Puebloâ?, de RÃo Cuarto, en el que escribÃa una columna diaria con comentarios de actualidad, crÃtica literaria o teatral. Después de publicados sus primeros siete libros en ediciones de autor, permaneció más de 28 años (entre 1939 y 1967) sin realizar nuevas publicaciones. Durante ese tiempo se desempeñó como juez de paz, aunque siguió escribiendo profusamente. En 1984 se trasladó a Córdoba, donde la muerte lo encontró mientras dormÃa la siesta, el 15 de julio de 2000. TenÃa 105 años.
El caso de Filloy es bastante emblemático en las letras criollas. Sobre todo, porque su obra ha sido muy maltratada por la crÃtica y suele ser poco leÃda por los estudiantes. Sin embargo, eso no ha impedido que se forme una verdadera leyenda en torno de su personalidad. Una leyenda que ha sido alimentada por múltiples factores: la asombrosa personalidad de este autor; sus más de 50 tÃtulos publicados y las caracterÃsticas de su obra, que aluden más a un juego que a un ejercicio literario.
Pero, además, Filloy tenÃa otras curiosas costumbres. Según cuenta el escritor Mempo Giardinelli en el prólogo a la antologÃa â??Don Juanâ?, Filloy siempre utilizaba siete letras para los tÃtulos de sus libros; y, al menos uno de ellos, se corresponde con cada letra del abecedario, de la A a la Z. También era aficionado a los palÃndromos, es decir, aquellas palabras o frases que pueden leerse igual tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. Finalmente, como otros escritores de su generación, tenÃa una pertinaz fobia antiporteña. Esto último contribuyó a que su obra fuera prácticamente olvidada por la crÃtica, pero idolotrada por algunos intelectuales como el mismo Cortázar, quien manifestó en reiteradas oportunidades su asombro por las misteriosas costumbres del escritor.
â??Catervaâ?, que apareció por primera vez en 1937 y ahora fue reeditada por la Editorial El Cuenco de Plata, es la sexta obra que Filloy publicó en la década del treinta y su tercera novela.
Fundamental y definitiva en el universo literario del autor, fue precedida por â??¡Estafen!â? (1932) y â??Op Oloopâ? (1934) y constituye la expresión más acabada de su producción hasta ese momento.
Pero... ¿qué tiene â??Catervaâ? que tanto fascinó a Cortázar? Muchas cosas. Ante todo, es una novela social. No sólo en el sentido ideológico, sino fundamentalmente en el sentido práctico. Sus protagonistas son seres que buscan ayudar a los otros. Ahogan su individualidad para transformarse en un colectivo que permite conseguir cosas que en solitario permanecen vedadas. La novela ofrece el viaje de un grupo de linyeras en ferrocarriles de carga, por los paisajes de Córdoba, descritos como si fuera la paleta de un pintor impresionista, aunque con la audacia de la vanguardia. Longines y Aparicio se convierten en los jefes del grupo, pero por la novela desfilan 106 personajes. Aunque tal vez lo que más interesa del libro es el uso del lenguaje, la utilización de argentinismos y formas coloquiales que conviven con un riquÃsimo español. Los personajes también esconden historias y pasados que se desvelan a medida que avanza la novela.
Al mismo tiempo, â??Catervaâ? es, de un modo sutil y generoso, â??una novela de aparienciasâ?, a decir del crÃtico Hugo Aguilar. â??Sus héroes se muestran ante la sociedad como mendigos deseosos de ayuda para sà mismos, cuando en realidad son ellos los ejecutores de la ayuda que otros recibiránâ?, agrega. Con un lenguaje casi lúdico, muy parecido al de Cortázar, Filloy tiene una conciencia casi irónica del tiempo perdido y de una realidad trascendental que se ha esfumado. â??La felicidad es un concepto incoercible. Huye a toda concreciónâ?, se lee en las primeras páginas del libro. Y es que, para los personajes de Filloy, la buena voluntad existe, pero siempre se ve obligada a transigir.
A estas alturas ya no resulta tan aventurado afirmar que Filloy llevó tanta literatura a su vida como vida a su literatura. Conoce -como pocos escritores argentinos- el virtuosismo de la palabra, y lo ejerce con el convencimiento de que, a través de ella, puede redimirse cualquier pecado. Incluso el de caer en el riesgo del verbalismo exacerbado. Asà como Marcel Proust utiliza la palabra para crear una sucesión de imágenes en su inmortal â??En busca del tiempo perdidoâ?, Filloy utiliza la metáfora para crear estados de ánimo, temperamentos y circunstancias. â??Pronto, los soplos de la siesta le trajeron aromas familiares. Yerba-mota. Pichanas. Hinojos. Oyó el mujir de las vacas. El cencerro de la yegua madrina. Y se le fueron cerrando los ojos...â?, se lee en la página 99. De hecho el estilo, que existe en Filloy como algo subterráneo e inmaterial, se refugia precisamente en la metáfora.
Tampoco falta en â??Catervaâ? el uso de las historias inéditas y el empleo de titulares y de fragmentos de periódicos de la época. Todo ello basado en el grupo que no cesa de viajar o descansar, como si fueran turistas de una realidad argentina, por zonas casi vÃrgenes.
Por eso, no es para nada descabellado alabar la reedición de este clásico, fundamental en nuestra literatura, que nos permite no sólo gozar de una estética muy particular, sino también revivir antiguas costumbres ya perdidas en la historia y en el tiempo. (c) LA GACETA
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