23 Julio 2006 Seguir en 

Este libro habla de los escritores. Su curioso tÃtulo es una frase de Marcel Proust: â??Pertenecemos a la raza de los nerviosos, que da por igual delincuentes o artistasâ?. Puede sonar como una generalización extrema, pero Vlady Kociancich se encarga en el prólogo de hacer más preciso el concepto proustiano, remitiéndolo a la sospecha que puede deparar la imaginación creativa de albergar ciertas formas de desequilibrio intelectual semejantes a las que pueden conducir al delito.
En la primera parte hace una reflexión sobre los dos componentes fundamentales de todo escritor, es decir, su escritura y sus caracterÃsticas personales. Por cierto, cualquier oficio y profesión se sustenta en un par equivalente, pero en el escritor -sobre todo, el que ha alcanzado esos sitiales mayores, que subvaloraban Beckett o nuestro Macedonio Fernández-, aquel suele tornar evidente la poca correlación que con más frecuencia de lo que se cree existe entre lo que se hace y lo que se es, con potencial para decepcionar o confundir a aquellos lectores que idealizan a un novelista o a un poeta, atribuyéndole virtudes sin fracturas que -supone- deben â??forzosamenteâ? estar en consonancia con su talento.
Para exponer sobre este particular tema, la autora enfocó una certera lupa sobre aspectos de las â??doblesâ? vidas de Poe, Conrad, Dostoievsky, Lewis Carroll y Chéjov. Deslumbran los hallazgos del lado Ãntimo de cada uno, generando sentimientos muy diversos: nos conmueve un episodio miserable protagonizado por Poe, posiblemente un tour de force que determina no pocos ecos dramáticos que lo atravesarán posteriormente; espanta el â??excesoâ? afectivo de Carroll por una niña (su Alicia), que roza la perversión, y fascina el tono delicadÃsimo con el que se habla de un Chéjov admirable y querible de quien la escritora recuerda que compartirlo, en nuestra juventud, era casi el inicio de una relación afectiva o, directamente, de un romance.
Otros â??nerviososâ? que aparecen en el libro -la lista es muy extensa- son Svevo, Lampedusa, Torrente Ballester, Cortázar, Bioy Casares, Stevenson, P.D. James, Sciascia o Samuel Johnson, entre otros.
Un capÃtulo muy especial es el que refleja la amistad de Kociancich con Borges -tras haber sido su discÃpula- con una estupenda evocación de aristas ignoradas de aquel, incluidos hechos propios del ámbito familiar, y una maravillosa â??diferenciaâ? de gusto entre ambos, respecto de las bondades literarias de aquellos inolvidables personajes de Mark Twain: Tom Sawyer y Huckleberry Finn.
Pero â??La raza de los nerviososâ? es también un libro de viajes. Recorremos con él Egipto -El Cairo y AlejandrÃa, en su vigorosa historia, y la que nos reprodujo Lawrence Durell en su célebre â??Cuarteto-â?, España e Italia.
Todo el ensayo, cuando se ha ceñido a los escritores o cuando nos entrega el propio mundo de su autora -al fin y al cabo, alguien que también se ha dedicado a la escritura y a quien, en consecuencia, le cabe aquello de la pertenencia a una â??razaâ?- es un magnÃfico ejemplo de inteligencia, precisión y cuidado en la selección de lo que se debe contar y de qué manera contarlo. Como toda gran obra, esta también nos hizo desear que su punto final hubiese sido puesto mucho más allá de la última página. (c) LA GACETA
En la primera parte hace una reflexión sobre los dos componentes fundamentales de todo escritor, es decir, su escritura y sus caracterÃsticas personales. Por cierto, cualquier oficio y profesión se sustenta en un par equivalente, pero en el escritor -sobre todo, el que ha alcanzado esos sitiales mayores, que subvaloraban Beckett o nuestro Macedonio Fernández-, aquel suele tornar evidente la poca correlación que con más frecuencia de lo que se cree existe entre lo que se hace y lo que se es, con potencial para decepcionar o confundir a aquellos lectores que idealizan a un novelista o a un poeta, atribuyéndole virtudes sin fracturas que -supone- deben â??forzosamenteâ? estar en consonancia con su talento.
Para exponer sobre este particular tema, la autora enfocó una certera lupa sobre aspectos de las â??doblesâ? vidas de Poe, Conrad, Dostoievsky, Lewis Carroll y Chéjov. Deslumbran los hallazgos del lado Ãntimo de cada uno, generando sentimientos muy diversos: nos conmueve un episodio miserable protagonizado por Poe, posiblemente un tour de force que determina no pocos ecos dramáticos que lo atravesarán posteriormente; espanta el â??excesoâ? afectivo de Carroll por una niña (su Alicia), que roza la perversión, y fascina el tono delicadÃsimo con el que se habla de un Chéjov admirable y querible de quien la escritora recuerda que compartirlo, en nuestra juventud, era casi el inicio de una relación afectiva o, directamente, de un romance.
Otros â??nerviososâ? que aparecen en el libro -la lista es muy extensa- son Svevo, Lampedusa, Torrente Ballester, Cortázar, Bioy Casares, Stevenson, P.D. James, Sciascia o Samuel Johnson, entre otros.
Un capÃtulo muy especial es el que refleja la amistad de Kociancich con Borges -tras haber sido su discÃpula- con una estupenda evocación de aristas ignoradas de aquel, incluidos hechos propios del ámbito familiar, y una maravillosa â??diferenciaâ? de gusto entre ambos, respecto de las bondades literarias de aquellos inolvidables personajes de Mark Twain: Tom Sawyer y Huckleberry Finn.
Pero â??La raza de los nerviososâ? es también un libro de viajes. Recorremos con él Egipto -El Cairo y AlejandrÃa, en su vigorosa historia, y la que nos reprodujo Lawrence Durell en su célebre â??Cuarteto-â?, España e Italia.
Todo el ensayo, cuando se ha ceñido a los escritores o cuando nos entrega el propio mundo de su autora -al fin y al cabo, alguien que también se ha dedicado a la escritura y a quien, en consecuencia, le cabe aquello de la pertenencia a una â??razaâ?- es un magnÃfico ejemplo de inteligencia, precisión y cuidado en la selección de lo que se debe contar y de qué manera contarlo. Como toda gran obra, esta también nos hizo desear que su punto final hubiese sido puesto mucho más allá de la última página. (c) LA GACETA
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