23 Julio 2006 Seguir en 

Dan Brown ha sido absuelto en Londres de una denuncia de plagio, y esto impulsó más las ventas. En la Feria Internacional del Libro de la ex â??Reina del Plataâ?, el stand respectivo respiraba satisfacción. Se estrenó el filme El Código Da Vinci, que es malo, y tuvo récord de asistentes, llevados por la publicidad influyente en la gente superficial.
Todo esto ha sucedido cuando abro La fortaleza digital. Desde una solapa el autor nos mira con plácida sonrisa. Ante el anuncio en 2005 de la inminente traducción, el comentario de un periódico español fue: ¿Qué le hemos hecho a Dan Brown para que nos trate tan mal? Era por Sevilla, ciudad que el autor presenta con hospitales oliendo a orina, policÃas corruptos y teléfonos que no funcionan. Brown dice que eligió Sevilla pues es una ciudad que ama.
La novela arranca con una muerte, como en El Código. Y como en El Código, hay una pareja envuelta en un enigma abismal.
El es David Becker, un apuesto varón de ojos verdes, que a los treinta y cinco años es una celebridad en lingüÃstica; ella, Susan Fletcher, una matemática excepcional, con un diploma de la Universidad Johns Hopkins y otro del Instituto Tecnológico de Massachusett; y además, con cara atractiva, senos firmes y piernas magnÃficas.En rigor la acción se desarrolla simultáneamente en Sevilla y en Estados Unidos. Pero interesa más el clima de la acción: el mundo de la criptografÃa, consistente en el arte de escribir en claves secretas o de modo enigmático (cripto en griego es oculto).
Susan dirige el departamento de CriptografÃa de la Agencia de Seguridad Nacional, organismo del gobierno estadounidense instalado en un edificio pleno de dispositivos ocultos y deslumbrantes oficinas; sólo hay por encima de ella el segundo jefe, Trevor Strathmore, y por encima de ambos el director general de la Agencia, Leland Fontaine, a quien nadie habÃa visto ni oÃdo y a quien ni el mismÃsimo presidente se atreve a desafiar.
La tarea consiste en descifrar códigos. Para ello, tras cinco años de trabajo, se creó Transltr, una computadora que tiene dos millones de procesadores y no trabaja con datos binarios sino con estados de mecánica cuántica (el texto no dice computadora sino ordenador, vocablo acaso más pertinente). ¿Y qué hace entonces Transltr? Hace lo aparentemente imposible: es el primer ordenador de desciframiento universal de códigos.
Pero un dÃa, Stranthmore revela a Susan una situación impensable: Transltr -que nunca empleó más de tres horas para descifrar un mensaje- está funcionando desde hace quince horas ante un código y aún no ha podido descifrarlo. Entonces, señala ella, la clave de acceso debe ser un algoritmo de diez mil millones de dÃgitos, pero queda absorta cuando su jefe le informa que es un algoritmo comercial de sesenta y cuatro bits.
Con tan sencillo algoritmo se ha formulado un código indescifrable, que equivale a una especie de refutación de Transltr, cuya esencia consiste en que todo código es descifrable. El autor es Ensel Tankado, un ex empleado del departamento de CriptografÃa, y llama a su fórmula Fortaleza Digital.
Además, Tankado encriptó el código fuente de Fortaleza Digital... utilizando la fórmula de Fortaleza Digital, y Susan evoca la Caja de Biggleman, un ejercicio de criptografÃa que consiste en el constructor de una caja fuerte inaccesible, que para mantener el secreto pone el único ejemplar de los planos dentro de la caja fuerte.
En esas horas, Tankado, que paseaba por la plaza España, en Sevilla, se lleva las manos al pecho, presa de un dolor insoportable, y cae fulminado en tanto grita a quienes se acercan: ¡Miren mi mano! Previendo acaso su fin, Tankado habÃa difundido mensajes y todo indica que también habÃa dado la fórmula a alguien.
Strathmore, que solo confÃa en Susan, envÃa a David a Sevilla. A partir de entonces, Brown despliega su thriller con los recursos más remanidos del género: cada vez que la fórmula está al alcance de la mano, quien la tiene (y la tiene por azar) cae asesinado; personajes sospechosos terminan siendo confiables y otros confiables se tornan sospechosos. Brown avanza morosamente en el relato. Con gran esfuerzo llegué hasta el final.
El autor no carece de ingenio para el diseño de la trama. Y como fondo polÃtico, la crÃtica a la globalización. Si la ASN custodia las comunicaciones del mundo, entonces resuena la voz del poeta latino Juvenal: ¿quién custodia a los custodios? Ingenio y crÃtica, sin embargo, no equivalen a calidad literaria. Pienso que Brown leyó a Philip Dick (1928-1982), el autor de Blade Runner, pero no le llega a los tobillos.
Un vasto sector de nuestra sociedad acaso guste de esta obra, sector integrado por quienes se alimentan sólo con la televisión y ciertos best-sellers. Muchos, pues, tendrán empatÃa con la antropologÃa de Brown, según la cual, el ser humano es el ser que se produce a sà mismo por medio del Secreto; y confirmarán para sus adentros la metafÃsica de Brown, desde cuyo vértice la diosa Enigma y el dios Conspiración extienden su sombra implacable.
La edición inglesa es de 1998. Eduardo Murillo la tradujo al español de Barcelona. (c) LA GACETA
Todo esto ha sucedido cuando abro La fortaleza digital. Desde una solapa el autor nos mira con plácida sonrisa. Ante el anuncio en 2005 de la inminente traducción, el comentario de un periódico español fue: ¿Qué le hemos hecho a Dan Brown para que nos trate tan mal? Era por Sevilla, ciudad que el autor presenta con hospitales oliendo a orina, policÃas corruptos y teléfonos que no funcionan. Brown dice que eligió Sevilla pues es una ciudad que ama.
La novela arranca con una muerte, como en El Código. Y como en El Código, hay una pareja envuelta en un enigma abismal.
El es David Becker, un apuesto varón de ojos verdes, que a los treinta y cinco años es una celebridad en lingüÃstica; ella, Susan Fletcher, una matemática excepcional, con un diploma de la Universidad Johns Hopkins y otro del Instituto Tecnológico de Massachusett; y además, con cara atractiva, senos firmes y piernas magnÃficas.En rigor la acción se desarrolla simultáneamente en Sevilla y en Estados Unidos. Pero interesa más el clima de la acción: el mundo de la criptografÃa, consistente en el arte de escribir en claves secretas o de modo enigmático (cripto en griego es oculto).
Susan dirige el departamento de CriptografÃa de la Agencia de Seguridad Nacional, organismo del gobierno estadounidense instalado en un edificio pleno de dispositivos ocultos y deslumbrantes oficinas; sólo hay por encima de ella el segundo jefe, Trevor Strathmore, y por encima de ambos el director general de la Agencia, Leland Fontaine, a quien nadie habÃa visto ni oÃdo y a quien ni el mismÃsimo presidente se atreve a desafiar.
La tarea consiste en descifrar códigos. Para ello, tras cinco años de trabajo, se creó Transltr, una computadora que tiene dos millones de procesadores y no trabaja con datos binarios sino con estados de mecánica cuántica (el texto no dice computadora sino ordenador, vocablo acaso más pertinente). ¿Y qué hace entonces Transltr? Hace lo aparentemente imposible: es el primer ordenador de desciframiento universal de códigos.
Pero un dÃa, Stranthmore revela a Susan una situación impensable: Transltr -que nunca empleó más de tres horas para descifrar un mensaje- está funcionando desde hace quince horas ante un código y aún no ha podido descifrarlo. Entonces, señala ella, la clave de acceso debe ser un algoritmo de diez mil millones de dÃgitos, pero queda absorta cuando su jefe le informa que es un algoritmo comercial de sesenta y cuatro bits.
Con tan sencillo algoritmo se ha formulado un código indescifrable, que equivale a una especie de refutación de Transltr, cuya esencia consiste en que todo código es descifrable. El autor es Ensel Tankado, un ex empleado del departamento de CriptografÃa, y llama a su fórmula Fortaleza Digital.
Además, Tankado encriptó el código fuente de Fortaleza Digital... utilizando la fórmula de Fortaleza Digital, y Susan evoca la Caja de Biggleman, un ejercicio de criptografÃa que consiste en el constructor de una caja fuerte inaccesible, que para mantener el secreto pone el único ejemplar de los planos dentro de la caja fuerte.
En esas horas, Tankado, que paseaba por la plaza España, en Sevilla, se lleva las manos al pecho, presa de un dolor insoportable, y cae fulminado en tanto grita a quienes se acercan: ¡Miren mi mano! Previendo acaso su fin, Tankado habÃa difundido mensajes y todo indica que también habÃa dado la fórmula a alguien.
Strathmore, que solo confÃa en Susan, envÃa a David a Sevilla. A partir de entonces, Brown despliega su thriller con los recursos más remanidos del género: cada vez que la fórmula está al alcance de la mano, quien la tiene (y la tiene por azar) cae asesinado; personajes sospechosos terminan siendo confiables y otros confiables se tornan sospechosos. Brown avanza morosamente en el relato. Con gran esfuerzo llegué hasta el final.
El autor no carece de ingenio para el diseño de la trama. Y como fondo polÃtico, la crÃtica a la globalización. Si la ASN custodia las comunicaciones del mundo, entonces resuena la voz del poeta latino Juvenal: ¿quién custodia a los custodios? Ingenio y crÃtica, sin embargo, no equivalen a calidad literaria. Pienso que Brown leyó a Philip Dick (1928-1982), el autor de Blade Runner, pero no le llega a los tobillos.
Un vasto sector de nuestra sociedad acaso guste de esta obra, sector integrado por quienes se alimentan sólo con la televisión y ciertos best-sellers. Muchos, pues, tendrán empatÃa con la antropologÃa de Brown, según la cual, el ser humano es el ser que se produce a sà mismo por medio del Secreto; y confirmarán para sus adentros la metafÃsica de Brown, desde cuyo vértice la diosa Enigma y el dios Conspiración extienden su sombra implacable.
La edición inglesa es de 1998. Eduardo Murillo la tradujo al español de Barcelona. (c) LA GACETA
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