EL COLEGIO NACIONAL “BARTOLOME MITREâ€. AllÃ, como en la escuela primaria y en las calles de Tucumán, “aprendà esa lección única y poco frecuente, hoy añorada en cualquier parte del mundo: la integraciónâ€.

En mi hogar árabe crecà entre dos lenguas, que risueñamente frotaban entre sÃ, saltando una sobre otra según lo requerÃa la prisa del momento o la lentitud de la emoción. Pero era fatal: el imperio de la voz de los hijos se fue imponiendo y la música verbal de los padres quedó cada vez más atrás, como una estación abandonada que el paso del tiempo volvÃa distante y, por lo tanto, más viva en la nostalgia. Ocasionalmente, esa voz vencida alcanzó a resucitar, a través de los hijos, en los arabescos de una metáfora, un pensamiento, una empresa o un acorde musical. (Una vez Jaime Dávalo me dijo que el rasgo original de Eduardo Falú, gran figura del folklore argentino, venÃa del hecho de que tocaba no la guitarra sino el laud de sus ancestros).
En ese hogar tucumano aprendà que una cultura se enriquece en contacto con otras, y se vuelven fuertes las raÃces de sus identidades o bien engendran una nueva. En ambos casos la clave del crecimiento es la apertura. Esa intuición temprana me vacunó contra la tentación nacionalista, sea indigenista, hispanófila, caudillesca o clasista.
2. Esta experiencia se prolongó en la escuela primaria, en el Colegio Nacional Bartolomé Mitre, en las calles de Tucumán. Allà aprendà esa lección única y poco frecuente hoy añorada en cualquier parte del mundo: la integración. El melting pot inmigratorio estaba entonces en plena cocción. El guardapolvo blanco igualaba a chicos diferentes en la piel, el apellido, la religión, la fortuna, la nacionalidad paterna. No recuerdo casos agudos de discriminación que pudieran abrir la herida del resentimiento. En las aulas secundarias continuó esa forma sutil de mestizaje. La convivencia con lo distinto -inicio de una pedagogÃa democrática y republicana- iba creando una pluralidad tolerante que se reforzaba a través de bromas, peleas, travesuras, discusiones y complicidades: un sencillo y prodigioso reconocimiento del otro en su inmediatez genuina, el contacto del que deriva casi siempre el nacimiento de una identidad.
Para mà Tucumán fue el espectáculo de ese nacimiento, la prefiguración de un Nuevo Mundo. Me refiero, en este caso preciso, a esa utopÃa que nació en los dÃas del Descubrimiento y soñó en América con un lugar de reconciliación fraterna del género humano. Muchos clérigos erasmistas llegaron a Indias con la esperanza de un Reino de Dios en la Tierra.
3. Cuando ingresé en la Facultad de FilosofÃa y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán reforcé ese utopismo provinciano. En sus aulas el conocimiento no se me daba en compartimentos estancos. Esa Facultad permitÃa, por su pequeñez, que profesores y alumnos convivieran como en una academia cosmopolita. Uno circulaba por materias de distintas carreras, según la curiosidad vocacional y el carisma de algunos profesores. En esa Facultad, creada pocos años antes de que me incorporara a ella, la especialización excluyente y cerrada todavÃa no habÃa empezado a hacer estragos. El fluido juego de las elecciones permitÃa la anticipada embriaguez de aquella utopÃa renacentista del Nuevo Mundo. Muchos de nosotros, estudiantes, poetas y escritores de entonces, nos asumÃamos americanos. Estábamos convencidos de haber puesto, allà en Tucumán, el pie en lo universal. Aunque localistas, considerábamos que nuestra misión era ecuménica. Sostenido por este acto de fe, publiqué más tarde, en 1955, mi libro â??América como inteligencia y pasiónâ?. (Fondo de C. Económica, México, 1955).
4. Un rasgo no menos precursor de ese universalismo es el que en su momento dio, en la Facultad de FilosofÃa y Letras, la presencia de la mujer. Siendo mayoritaria en la composición del alumnado, sale del gineceo y se adentra con soltura en el campo abierto del conocimiento y el desprejuicio. Se fortalece en la amistad igualitaria con el otro sexo, desciende a las calles de la polÃtica y da pruebas de coraje y sensatez, cualidades celebradas en asambleas estudiantiles.
La mujer da un paso rotundo en el sentido de la afirmación de la sagrada diferencia complementaria. Me cuento entre quienes, formados en medios varoniles, fue en la Facultad que descubrimos ese tesoro suplementario: el de la camaraderÃa con la mujer en el estudio, la investigación, la lectura y los paseos; las diferencias nos hacÃan iguales cualesquiera fuesen el destino o la carrera elegida.
Entre 1943 y 1949, perÃodo en que estudié en la Facultad, fui testigo de ese formidable pluralismo tucumano, donde la mujer tuvo un rol protagónico y avanzó en humanidades con paso firme y autónomo. Lo hizo en letras, filologÃa, historia, filosofÃa. En este último campo -que me es próximo-, figuras como LucÃa Piossek y MarÃa Eugenia Valentié hoy son cabeza de una pléyade femenina de destacados nombres de la filosofÃa argentina.
5. Pocos desconocen hoy la rotunda presencia de la mujer en la filosofÃa. Contribuyó a aliar el pensamiento abstracto con la realidad concreta y sus infinitos matices. Su aporte fue clave en el intento de abrir el pensamiento a las áreas más diversas del arte, la ciencia y la educación. En la Argentina LucÃa Piossek se abrió al drama de la existencia, MarÃa Eugenia Valentié al mito, Cristina Bulacio a la plástica y a la poesÃa, Josefina Regnasco a la sociedad posindustrial, Mónica Virasoro a la imaginación y sus misterios, Gabriela Rébok a la tragedia, Blanca Parfait a los temples de Occidente, Marie-France Begué a la hermenéutica, Julia Iribarne a la fenomenologÃa y la literatura. Menciono casos destacados y seguramente no son los únicos.
Con el aporte femenino la filosofÃa ganó la calle y el cuidado de lo público. Pero más que ser una elucubración omnicomprensiva de la totalidad, prefiere penetrar en la cocina de lo real, en sus frustraciones y posibilidades. Ante esa inmediatez de lo concreto, elige combinar ideas, intuiciones, imágenes con maternal cuidado por todo lo que hace. Con el aporte femenino la filosofÃa vuelve a ser alimento de la vida porque allÃ, cerca del fuego hogareño, también moran los Dioses (como dijera Heráclito). (c) LA GACETA







