Tucumán apuntes autobiográficos, huellas de una utopia

Por Víctor Massuh. para LA GACETA - Buenos Aires.

EL COLEGIO NACIONAL “BARTOLOME MITRE”. Allí, como en la escuela primaria y en las calles de Tucumán, “aprendí esa lección única y poco frecuente, hoy añorada en cualquier parte del mundo: la integración”. EL COLEGIO NACIONAL “BARTOLOME MITRE”. Allí, como en la escuela primaria y en las calles de Tucumán, “aprendí esa lección única y poco frecuente, hoy añorada en cualquier parte del mundo: la integración”.
23 Julio 2006
Miguel de Unamuno solía decir que pertenecemos a la patria de la infancia. Esta afirmación me define. Buena parte de lo que hice en mi vida tiene dos vertientes remotas: mi condición de hijo de inmigrantes árabes y mi nacimiento en Tucumán, donde viví hasta los veintisiete años de edad. Lo primero marcó mi modo de ser argentino; lo segundo, mi modo de sentirme americano. Ambos no fueron destinos contradictorios; se alimentaban mutuamente para culminar en una visión que animó toda mi existencia como un leit-motiv y está presente en mis libros. Me refiero a la universalidad de lo humano, la idea de una patria común subyaciendo al conjunto de las patrias.
En mi hogar árabe crecí entre dos lenguas, que risueñamente frotaban entre sí, saltando una sobre otra según lo requería la prisa del momento o la lentitud de la emoción. Pero era fatal: el imperio de la voz de los hijos se fue imponiendo y la música verbal de los padres quedó cada vez más atrás, como una estación abandonada que el paso del tiempo volvía distante y, por lo tanto, más viva en la nostalgia. Ocasionalmente, esa voz vencida alcanzó a resucitar, a través de los hijos, en los arabescos de una metáfora, un pensamiento, una empresa o un acorde musical. (Una vez Jaime Dávalo me dijo que el rasgo original de Eduardo Falú, gran figura del folklore argentino, venía del hecho de que tocaba no la guitarra sino el laud de sus ancestros).
En ese hogar tucumano aprendí que una cultura se enriquece en contacto con otras, y se vuelven fuertes las raíces de sus identidades o bien engendran una nueva. En ambos casos la clave del crecimiento es la apertura. Esa intuición temprana me vacunó contra la tentación nacionalista, sea indigenista, hispanófila, caudillesca o clasista.

2. Esta experiencia se prolongó en la escuela primaria, en el Colegio Nacional Bartolomé Mitre, en las calles de Tucumán. Allí aprendí esa lección única y poco frecuente hoy añorada en cualquier parte del mundo: la integración. El melting pot inmigratorio estaba entonces en plena cocción. El guardapolvo blanco igualaba a chicos diferentes en la piel, el apellido, la religión, la fortuna, la nacionalidad paterna. No recuerdo casos agudos de discriminación que pudieran abrir la herida del resentimiento. En las aulas secundarias continuó esa forma sutil de mestizaje. La convivencia con lo distinto -inicio de una pedagogía democrática y republicana- iba creando una pluralidad tolerante que se reforzaba a través de bromas, peleas, travesuras, discusiones y complicidades: un sencillo y prodigioso reconocimiento del otro en su inmediatez genuina, el contacto del que deriva casi siempre el nacimiento de una identidad.
Para mí Tucumán fue el espectáculo de ese nacimiento, la prefiguración de un Nuevo Mundo. Me refiero, en este caso preciso, a esa utopía que nació en los días del Descubrimiento y soñó en América con un lugar de reconciliación fraterna del género humano. Muchos clérigos erasmistas llegaron a Indias con la esperanza de un Reino de Dios en la Tierra.

3. Cuando ingresé en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán reforcé ese utopismo provinciano. En sus aulas el conocimiento no se me daba en compartimentos estancos. Esa Facultad permitía, por su pequeñez, que profesores y alumnos convivieran como en una academia cosmopolita. Uno circulaba por materias de distintas carreras, según la curiosidad vocacional y el carisma de algunos profesores. En esa Facultad, creada pocos años antes de que me incorporara a ella, la especialización excluyente y cerrada todavía no había empezado a hacer estragos. El fluido juego de las elecciones permitía la anticipada embriaguez de aquella utopía renacentista del Nuevo Mundo. Muchos de nosotros, estudiantes, poetas y escritores de entonces, nos asumíamos americanos. Estábamos convencidos de haber puesto, allí en Tucumán, el pie en lo universal. Aunque localistas, considerábamos que nuestra misión era ecuménica. Sostenido por este acto de fe, publiqué más tarde, en 1955, mi libro â??América como inteligencia y pasiónâ?. (Fondo de C. Económica, México, 1955).

4. Un rasgo no menos precursor de ese universalismo es el que en su momento dio, en la Facultad de Filosofía y Letras, la presencia de la mujer. Siendo mayoritaria en la composición del alumnado, sale del gineceo y se adentra con soltura en el campo abierto del conocimiento y el desprejuicio. Se fortalece en la amistad igualitaria con el otro sexo, desciende a las calles de la política y da pruebas de coraje y sensatez, cualidades celebradas en asambleas estudiantiles.
La mujer da un paso rotundo en el sentido de la afirmación de la sagrada diferencia complementaria. Me cuento entre quienes, formados en medios varoniles, fue en la Facultad que descubrimos ese tesoro suplementario: el de la camaradería con la mujer en el estudio, la investigación, la lectura y los paseos; las diferencias nos hacían iguales cualesquiera fuesen el destino o la carrera elegida.
Entre 1943 y 1949, período en que estudié en la Facultad, fui testigo de ese formidable pluralismo tucumano, donde la mujer tuvo un rol protagónico y avanzó en humanidades con paso firme y autónomo. Lo hizo en letras, filología, historia, filosofía. En este último campo -que me es próximo-, figuras como Lucía Piossek y María Eugenia Valentié hoy son cabeza de una pléyade femenina de destacados nombres de la filosofía argentina.

5. Pocos desconocen hoy la rotunda presencia de la mujer en la filosofía. Contribuyó a aliar el pensamiento abstracto con la realidad concreta y sus infinitos matices. Su aporte fue clave en el intento de abrir el pensamiento a las áreas más diversas del arte, la ciencia y la educación. En la Argentina Lucía Piossek se abrió al drama de la existencia, María Eugenia Valentié al mito, Cristina Bulacio a la plástica y a la poesía, Josefina Regnasco a la sociedad posindustrial, Mónica Virasoro a la imaginación y sus misterios, Gabriela Rébok a la tragedia, Blanca Parfait a los temples de Occidente, Marie-France Begué a la hermenéutica, Julia Iribarne a la fenomenología y la literatura. Menciono casos destacados y seguramente no son los únicos.
Con el aporte femenino la filosofía ganó la calle y el cuidado de lo público. Pero más que ser una elucubración omnicomprensiva de la totalidad, prefiere penetrar en la cocina de lo real, en sus frustraciones y posibilidades. Ante esa inmediatez de lo concreto, elige combinar ideas, intuiciones, imágenes con maternal cuidado por todo lo que hace. Con el aporte femenino la filosofía vuelve a ser alimento de la vida porque allí, cerca del fuego hogareño, también moran los Dioses (como dijera Heráclito). (c) LA GACETA

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