
Corriendo los primeros a�os del siglo XVII, se publican en Londres los famosos sonetos de William Shakespeare sobre los �xtasis y tormentos de la pasi�n amorosa, con una enigm�tica dedicatoria de su editor que, desde entonces, ha sido el ocioso rompecabezas de muchos cr�ticos. Un par de esos poemas (el XLIV y el XLV) haciendo d�ptico son los que nos interesan aqu�.
Para el poeta, el ser humano tambi�n est� hecho de cuatro elementos primordiales (agua, aire, tierra y fuego), esos principios constitutivos de todos los cuerpos de los que hablaban los antiguos griegos en aquellos balbuceos cosmol�gicos del naciente filosofar. Claro que s� dice po�tica y dram�ticamente Shakespeare: el hombre, hecho de tierra y agua, o sea de carne y l�grimas, tiene por aire su pensamiento, y por fuego, su deseo apasionado.
Resulta que el ser amado del poeta est� ausente y distante. (Y as� como Di�genes Laercio cuenta que Arist�teles defin�a la amistad llam�ndola un alma en dos cuerpos, bien sabemos que el amor requiere la presencia f�sica de quien se ama, pues amar es buscar, sin ning�n juego de palabras, el volverse un solo cuerpo en dos almas, con los rumores b�blicos del genes�aco hacerse �una sola carne�). El enamorado (�Shakespeare?) gime entonces por esta separaci�n de su amor y lamenta con l�grimas esa �pesada substancia de mi carne�. Y lo mata �el pensamiento de no ser pensamiento� solamente pues si as� fuera, leve y �gil como el aire atravesar�a vastas extensiones para ir al encuentro de la persona amada cuando esta se aleja, sin tener que padecer �la lentitud del tiempo� en la espera ansiosa del reencuentro. Dividido, sufre que su pensamiento y pasi�n, aire y fuego, viajen alados hasta el ser ausente mientras �l, solo, ha de cargar con la tierra de su carne y el agua de sus l�grimas.
Al Tr�pico Sur
Resulta curioso comprobar el rumbo de estos t�picos de la poes�a amatoria insinu�ndose qui�n sabe c�mo, desde la lejana y brumosa Inglaterra hasta estos n�tidos soles del Tr�pico Sur.
Entre el mar de coplas populares y tradicionales de la regi�n tucumanense, por este rinc�n sudamericano, bien podemos encontrar una que conoce las siete esferas celestiales y tambi�n los cuatro elementos, esa cosmolog�a que se pierde en la noche de los tiempos presocr�ticos. Y dice as�: Debajo de siete cielos, / nacen los cuatro elementos: / primero, el sol y la tierra, / segundo, el agua y el viento.
Pero es otra copla la que llama nuestra atenci�n, como si les hiciera eco a los sonetos: �Amalhaya qui�n tuviera / un caballito de viento / para dar un galopito / ande est� mi pensamiento! La idea po�tica es melliza pero no gemela a la de Shakespeare: ya no hay en la copla esa densidad apasionada que cargan los sonetos. El criollo sabe tambi�n que no est� hecho s�lo de et�reos pensamientos y en vez de rebelarse contra su condici�n corp�rea, fantasea so�adora y po�ticamente con un �caballito de viento� capaz de llevar el resto de su ser hacia la persona amada. Un par de diminutivos convierten la angustiosa pasi�n de amor en gracia y requiebro: �caballito�, �galopito�.
La dichosa �identidad�
Pero no es nuestra intenci�n aqu� quedarnos en entretenimientos menores y curiosos, recogiendo similitudes entre el patrimonio de la poes�a popular que una vez fue y el de la poes�a cultivada. Ocurre que el encontrar en la poes�a amatoria de nuestra cultura fundacional t�picos �for�neos� como en este caso, nos da pie para hacer precisiones sobre la misma y nuestras tradiciones populares, que muchas veces se quieren desatender.
Hay que recordar y volver a afirmar que, contra toda convenci�n y desfiguraci�n posterior, dicha poes�a en sus expresiones m�s veraces jam�s busc� de intento rusticidades pintorescas que siempre concibi� como ataduras o limitaciones y nunca como gracias buc�licas. Tampoco incurri� adrede en criollismos argentinistas de diferenciaci�n, pues, al contrario, quiso abrirse libremente a un franco universalismo vivido desde este �ngulo austral. Las peculiaridades regionalistas no estaban entre sus prop�sitos, ni tampoco eran lo medular de tales composiciones los cuadros nativistas o las particularidades dialectales con su dudoso gracejo.
Las pretendidas l�neas de continuidad con esta tradici�n se despistaron gruesamente en su gran mayor�a poniendo el acento donde precisamente no deb�an hacerlo, y marcaron esas peri�dicas reanimaciones de telurismo patri�tico confeccionadas mercantilmente para la afici�n de los p�blicos tradicionalistas. (Y el tradicionalismo es a la tradici�n lo que un cad�ver embalsamado a un cuerpo vivo y palpitante: la tradici�n genuina no es evocaci�n de lo que una vez ya fue sino vivencia continuada y espont�nea de lo que no se fue).
As� como el pueblo no creaba la poes�a de su patrimonio oral, pues este era obviamente obra de autores singulares luego anonimados, la misma bien pod�a provenir tambi�n del patrimonio de otros pueblos. La cultura popular manifestaba su personalidad colectiva (la dichosa �identidad�) en este proceso de apropiaci�n, al adoptar y tal vez adaptar, al elegir y a veces corregir determinadas composiciones, variantes y t�picos sobre otros posibles que desechaba.
Concluyendo
De tal manera, venimos a concluir que toda identidad cultural genuina por la que indaguemos en nuestra patria no es ni puede ser otra cosa que la de una particular perspectiva socio-hist�rica del patrimonio com�n universal, de lo deparado a nuestra padecida y a la vez dichosa condici�n humana. Esto, al menos, movi�ndonos dentro del �mbito del viejo Occidente.
Tal vez este camino sea el mejor orientado para encontrarle sentido a la tan manoseada y declamada identidad nacional, que nadie acierta todav�a a precisar convincentemente. Cuando las interrogaciones y pretensiones al respecto dejen de buscar lo que nos diferencia de �los otros� y afine la captaci�n de matices precisamente en nuestras coincidencias, estaremos en el rumbo por fin adecuado. Es en la dimensi�n del nosotros com�n con los dem�s donde habremos de encontrar los rasgos propios de nuestra particular personalidad, rasgos cuyo sentido no es distinguirnos sino hacer un aporte enriquecedor para todos los otros.
Quedar�a por fin, como un enigma menor, pensar el modo en que este tema de los Sonetos lleg� cruzando el oc�ano y los siglos hasta quedarse como rescoldo en una perdida copla sudamericana. Tal vez, se nos ocurre pensar, tambi�n nos vino en un �caballito de viento�.







