El repliegue táctico de la vieja intolerancia

Por Pedro J. Frías. Apasionante libro que demuestra la libertad de espíritu del autor.

16 Julio 2006

No es necesario coincidir en todo para admirar como autor a Jorge Emilio Gallardo, conocido también por su Gaceta de Cultura llamada "Idea viva". Proviniendo de él, no me sorprende la libertad de espíritu que domina este libro, en el cual testimonia, como en una biografía de su familia, las motivaciones culturales que entornaron la vida del autor.
Como el autor es porteño y yo de Córdoba, los recuerdos pueden ser diferentes. Así ocurre con un tema central de este libro, que es el nacionalismo. "Vibrante y exaltado, papista, reivindicatorio y militarista... funcionó a modo de brazo político de la Iglesia...". En Córdoba no fue así: nunca el nacionalismo fue acogido por la Iglesia o por la Acción Católica con preferencia. Existió en nuestra ciudad un nacionalismo católico, pero era "cerrado, elitista", y sin contacto con la Iglesia.
Reconoce el autor que su testimonio es autobiográfico y fragmentario. Pero es atrapante para mí, porque he conocido varios de los citados.Gallardo se diferencia de los ambientes en los que lo instaló su familia. Y dice: "El mundo se me ha manifestado como muy diverso de cuanto me fue enseñado". Pero también aprecia jóvenes de otras ideas, compañeros de colegio, y nombra a Matías Sánchez Sorondo (n) y al futuro monje y obispo, Martín de Elizalde.
Conocí como él la revista Sol y Luna y el semanario político Azul y Blanco, de enorme difusión. Personalmente, nunca fui tentado por el nacionalismo, porque mi padre y mi familia eran políticos de raigambre conservadora, pero democráticos. Como católicos, la influencia principal fue de Maritain, a quien conocí en Córdoba, por acompañar a mi hermano mayor.
En sucesivos capítulos, Gallardo sigue contando sobre los Cursos de Cultura Católica, que conocí por referencias de los intelectuales, como Héctor Llambías, quien, en una cita muy consistente, señala que reaccionaban contra el laicismo liberal y contra el socialismo. Pero fue una reacción sin futuro.
En el capítulo "El despertar intelectual de 1955", recuerda su trabajo desde los 16 años, en el archivo de "La Nación", donde se ubica como "precoz inquisidor", por su curiosidad por la vida cultural posterior a la caída de Perón. Es de un interés enorme para quienes hemos vivido aquellos tiempos, en que "lo religioso colmaba la vida, pero también la rebasaba". A veces la lectura nos lleva a la incertidumbre de cómo descubrir las convicciones actuales de Gallardo. No creo que se haya propuesto desprestigiar a la Iglesia Católica, pero admito el desconcierto. Creo que sí sale mal parada la Democracia Cristiana, a pesar de que no dudo de que el autor sentía aprecio por Manuel V. Ordóñez, una de sus figuras emblemáticas.
La tentación mía es citar el libro, pero se haría muy extenso mi recorrido. De Lonardi pasamos a Aramburu y su ministro de Educación Dell?Oro Maini, quien resucitó las Academias nacionales. La libertad resucita la prensa, y el aire que respiraba la sociedad. Cita a Isidoro Ruiz Moreno cuando escribió que la Revolución desmantelaba las estructuras y formas totalitarias y desintegraba el Estado policial.
Concluyendo su versión sobre el nacionalismo ya arrinconado, insinúa que volvió con el Opus Dei, pero no comparto lo que no conozco.
En suma, el libro es apasionante, aunque no es la misma la visión de un porteño que la de un hombre del interior, que no ha sido inquisidor... Nos regocijamos de esta versión por su libertad de espíritu y su intención de subrayar el actual repliegue táctico de la vieja intolerancia. Porque de eso se trata. (c) LA GACETA

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