
En La tía Julia y el escribidor, Varguitas, aspirante a escritor, trabaja en una radio mientras espera la fama. Se enamora de su tía al mismo tiempo que conoce a Pedro Camacho, un notable y prolífico escritor de radionovelas. La novela sorprendió a muchos de los lectores de Vargas Llosa por su giro biográfico y sentimental (además de desatar polvaredas de tinta como la respuesta de la tía Julia). Su aparición dentro de la obra del autor peruano responde a una nueva posición del escritor frente a los medios de comunicación. A través de Camacho y sus historias, el escritor se pregunta acerca del lugar de la literatura en estos nuevos tiempos. Una literatura en busca de un evasivo lector al que hay que atrapar. Ya no son válidos los cuentos de Varguitas sino los melodramas de Pedro Camacho.
Travesuras de la niña mala podría titularse "travesuras de un niño malo". Vargas Llosa nos introduce en la historia de amor. Una escritura que se parece mucho a los parodiados folletines de Pedro Camacho, donde los desastres se suceden y las pasiones se desatan. Sin medios tonos, el relato trabaja con contrastes. La historia de amor es también historia de viajes y aventuras. El personaje, gris y bueno, es un traductor -la mayoría de los protagonistas de la literatura de Vargas Llosa trabajan con palabras-.
Los lugares son París, Lima, Londres y Madrid. Ricardo está enamorado para toda la vida de una mujer enigmática y trágica a la vez. La "niña mala", bajo distintos nombres, lo manipula fríamente. Se hace pasar por joven rica, guerrillera, mafiosa, dama de sociedad, una aventurera que busca compensar con la ambición la mala cuna; el personaje masculino permanece fiel a sí mismo. El amante fiel la recibe de vuelta de todas sus andanzas y le perdona todas sus traiciones.
El libro comienza en Lima, en el verano de 1950. Dos muchachas chilenas devastan la imaginación de los jóvenes del barrio de Miraflores. El adolescente Ricardo pierde la cabeza por la seductora Lucy. Las máscaras caen cuando una de las madres desenmascara la patraña. En París el peruano vuelve a encontrarla como Arlette, aspirante a guerrillera con la suficiente cabeza fría como para usar esos ideales para salir del país. Desaparece para transformarse en esposa de diplomático y mujer de criador de caballos inglés. Hacia la mitad del libro, su aventura más oscura y enigmática la vive como Kuriko en Tokio, amante de un mafioso japonés, y desempeñará peligrosas misiones en Africa. Mientras el protagonista sigue siendo fiel a sí mismo, la mujer fatal obedece su destino. Cada uno de los capítulos tiene una historia con un protagonista distinto: siempre un amigo entrañable. El tema de la amistad es muy fuerte dentro del texto.
Esta novela, enigmáticamente dedicada a X, no es uno de esos grandes textos totalizadores, al estilo de Conversación en la catedral o La casa verde. Pertenece al género menor, esos libros que procuran la complicidad del lector sin poner ninguna valla a su placer. La historia de Ricardo y su niña mala cuenta con la maestría del escritor que nos mantiene en vilo a lo largo de casi 50 años de tropelías y perdones. Ciertas pistas nos remiten tanto a la autobiografía -"Nunca he escrito una historia que no he vivido" proclama Mario Vargas Llosa-. También se desliza, como telón de fondo en esta vida entre mundos, la historia del Perú después de 1950. También aparecen el París de los 60 y el Londres de los 70.
En Travesuras de la niña mala el autor utiliza seductoramente la pluma del escribidor, por los juegos de Pedro Camacho, en una prosa complaciente y, en algunos momentos, casi paródica. Pero que siempre, indudablemente, nos deleita del comienzo al final. (c) LA GACETA







