
En la vasta obra literaria de Adolfo Colombres, ocupan un lugar especial las novelas que se refieren al antiguo Tucumán. En ellas se muestra un mundo creativo pleno de vitalidad espiritual, una naturaleza pródiga en fruto y flores, en hombres que amaban el conocimiento y estaban dispuestos a dedicarles su vida. En esta novela, la suave melancolía que puede suscitar ese mundo, cuyas huellas están aún presentes, contrastan trágicamente con los tiempos oscuros que vinieron después: los del último proceso militar que ensangrentaron nuestra provincia.
Un lenguaje austero y poético a la vez, logra hacer presente un pasado mediante palabras casi olvidadas que recuerdan abuelos, ingenios e infancias. Por ejemplo, ya no hay jardines con pasionarias y diamelas, ni nadie escucha a la oración el lamento del crispín. Ya nadie vive en el boulevard ni busca su bufanda de vicuña para viajar en tren. También se distingue el pelador de caña del cañero. La expresión "changuito cañero" hubiera sido imposible en esa época.
Los protagonistas de la novela son Crisóstomo Quijano, un recopilador de los antiguos cantares del norte argentino; Amadeo, una especie de asceta naturalista que estudia la flora y la fauna; don Eudoro, protector de ambos. Es fácil reconocer detrás de estos personajes las figuras ilustres de Alfonso Carrizo, Miguel Lillo y Alberto Rougés. Quizás también a don Apolinar Barber, en la figura de Rosales o de algún otro anciano criollo dueño de infinitos cantares. En cambio es mucho más difícil la identificación de las figuras femeninas: ellas no pasaron a la historia. Están Delfina, la pintora que trabajaba junto a Amadeo ilustrando las especies vegetales y acompañándolo en sus búsquedas; la encantadora Petronila, y Carmen, la mujer que abandonó a Crisóstomo.
Delfina finalmente se fue a Buenos Aires, donde se casó y tuvo un hijo llamado Demetrio, al que narraba siempre su vida en el norte del país.
Había nacido en Belén, al igual que su hermano Crisóstomo, el recolector de los cantares tradicionales. Demetrio era dirigente estudiantil, militante de izquierda, aunque ya desilusionado de las ideologías. Consideraba que con un gobierno militar no tenía ningún porvenir en su patria y su única solución sería el exilio. Pero antes quería conocer esas tierras de donde provenía su familia y saber más sobre ese tío desconocido y extravagante. En Tucumán, conoce a una joven que lo acompañará en todo su recorrido por selvas y montañas, por desiertos y poblados, donde siempre encuentra viejos criollos que le cuentan anécdotas de Crisóstomo Quijano. Lo describen como hombre grandote -llegó a pesar 140 kilos-, amable y humilde, pronto para la risa y el llanto, enamoradizo y desdichado en sus amores.
Crisóstomo y Amadeo aparecen con rasgos muy distintos: Crisóstomo tenía una vitalidad desbordante; Amadeo era un asceta, que renuncia al amor, a la familia, a las mujeres y a los halagos, para dedicarse a la ciencia, pero ambos tienen mucho en común. Crisóstomo, que amaba tanto los cantares que recogía, siempre aseguró que no tenía el don de la poesía ni el de la música; Amadeo rechazó premios y honores para concentrarse solamente en su trabajo. Y el tercer amigo, Eudoro, el que los protegía a ambos, hizo muchas cosas, entre ellas, escribir un libro de Metafísica tan importante y original como Las jerarquías del ser y la eternidad. Y también podríamos agregar que es el abuelo del autor de la novela que estamos comentando.
Estos hombres dejaron a Tucumán un legado enorme, que nadie puede negar: la Fundación Miguel Lillo, el Instituto Lillo, el Centro Cultural Alberto Rougés, los Cancioneros de Carrizo, los tomos de Genera Plantarum Argentinorum, etc.
Considero que Las montañas azules es la mejor novela de Adolfo Colombres, afirmación que quizás podría ser refutada con la aparición de la que ahora Adolfo debe estar escribiendo. (c) LA GACETA







