Los náufragos

Por Ernesto Schoo, para LA GACETA - BUENOS AIRES. "Del fondo del mar interior, surgió una imagen sepultada allí desde mis veintitantos años, que debían ser también los de él en ese tiempo".

09 Julio 2006
¿Cuántos años hacía que no nos veíamos? Cincuenta, o cincuenta y cinco. Ya un segundo antes de entrar en el restaurante que frecuento, a través de los vidrios esmerilados de la puerta vi que mi mesa estaba ocupada. Uso el posesivo -mi mesa- porque a ella me siento desde hace al menos diez años, una o dos veces por semana: rara vez la encuentro usurpada, por su proximidad con la puerta, ubicación que en invierno la mayoría de los clientes soslaya. De modo que entré y vi que a mi mesa estaba sentado un hombre más o menos de mi edad, de apariencia común, modestamente vestido.Distaba de parecer próspero; estaba comiendo chorizo alemán con chucrut (el restaurante es de esos que años atrás se llamaban, genéricamente, "Munich", y aunque ahora los propietarios son españoles, algo de la cocina alemana clásica, popular, perdura en el menú), una combinación que no me atrae. Frente a él, una copa de cerveza a medio consumir.
No reparé mucho en el usurpador, apenas una mirada somera que abarcó los detalles anotados más arriba. Mientras me quitaba los abrigos (era un destemplado, desapacible mediodía de lunes: el lunes 19 de junio último, para más datos, convertido en el feriado que conmemora la creación de la bandera idolatrada, adelantado veinticuatro horas, como está de moda), el hombre se dio vuelta y me dijo: "Disculpe por haber tomado su mesa". "No es nada", le contesté, sin mencionar que le estaba agradecido por evitarme el chiflón que se cuela cada vez que entra un cliente. Pero él me miró con insistencia y me preguntó: "¿usted es Norberto Schoo?". "Ernesto", lo corregí.
"¿Néstor?", vaciló él. "Ernesto", repetí, disponiéndome a sentarme a la mesa detrás de la de él. "Soy Fulano de Tal", me dijo entonces, tendiéndome una mano que estreché.
No me atrevo a imprimir aquí ni siquiera sus iniciales. Mucho tiempo antes, el mozo que solía atenderme siempre (ausente en estos días, por enfermedad) me había informado que uno de sus clientes me conocía, que también era escritor pero que ya no escribía más: "El (le había dicho refiriéndose a mí) siguió, pero yo no". Pregunté cómo se llamaba; el mozo me lo dijo: Fulano de Tal. Del fondo del mar interior surgió entonces una imagen sepultada allí desde mis veintitantos años que debían ser también los de él en ese tiempo. Una hermosa imagen, debo decirlo: un apuesto muchacho de pelambre rubia y alborotada, una cabeza griega, una figura esbelta, parecido a Jean Marais, el galán francés de moda. El y yo, y tantos otros, circulábamos por Florida y Viamonte y sus alrededores, el centro de la movida cultural porteña en aquellos años.
Recordé haberlo visto, creo que por última vez, en el Instituto de Arte Moderno, espectadores de quién sabe qué representación, o recital, o conferencia. El acababa de publicar, con buena crítica, su primer libro de poesía. Se lo consideraba una especie de Rimbaud, con su aureola de transgresión, de arrogancia. Hasta podían atribuírsele los versos del prodigio adolescente: "Soy de la raza que canta en el suplicio".
No volví a saber nada de él hasta estos últimos tiempos, cuando me reconoció en el restaurante, sin dejarse ver. Hasta ese lunes feriado. Cortés, me invitó a sentarme a su -a mi- mesa. No sin temor, pensé: "¿De qué vamos a hablar?". La perspectiva de no encontrar sino temas triviales, y la opuesta -la de esmerarnos en una competencia intelectual, vana, forzada-, me parecieron deprimentes. Había llevado conmigo, para leer mientras llegaba la comida (casi siempre como lo mismo, no es un rubro que me interese), "Los papeles de Aspern", de mi admirado Henry James. No me canso de releerlo, como tampoco me cansaré nunca de "Otra vuelta de tuerca". De modo que encontré una excusa perfecta: "Tengo que leer algo", le dije a Fulano, quien hizo un vago gesto de comprensión y volvió a su chorizo con chucrut.Al rato, alcé la cabeza del libro. Fulano -gordo, calvo, desaliñado- esperaba el postre.
Me recordó un cuento de Somerset Maughan, "Eric el Rojo": la historia del hombre -gordo, calvo, desaliñado- que evoca la hermosura legendaria de un muchacho, un marinero vagabundo por los mares del sur: al final, el lector se entera de que ese hombre ha sido el semidiós evocado. Fulano recostaba la cabeza en su mano izquierda, alzada a la altura del mentón, y con la derecha tocaba el piano en el borde de la mesa.
No es una metáfora: estaba, de veras, tocando el piano. Yo veía sus dedos moverse con exactitud de pianista avezado, y podía ver, casi, cómo las teclas imaginarias cedían a la presión. Iban y venían los dedos regordetes, sin hacer ruido, pero sí sonidos que él, sin duda, escuchaba: tal fuerza tenía la imagen que llegué a preguntarme qué estaría tocando, y pensé que, si me esforzaba un poco, sabría de qué partitura se trataba. Vino el mozo con su café, y la cuenta.
De pronto me atravesó una profunda congoja: sentí la inmensa soledad de ese hombre. Un eco de mi propia soledad. Me sentí culpable de egoísmo: por no alterar mi rutina, por no arriesgar una situación acaso incómoda, yo había desdeñado la oportunidad de quebrar esa soledad, de comunicarnos algo que tal vez necesitábamos los dos. Recordé un remoto encuentro con mi padre, poco antes de que él muriera, en una confitería céntrica: nos encontramos por casualidad, entré y lo vi sentado a una mesa. Me senté a su lado -¿qué otra opción me quedaba?-, y un gran silencio se instaló entre nosotros.
No teníamos tema, no sabíamos de qué hablar. A través de los años me ha perseguido ese silencio, ese vacío, esa ausencia. ¿Cómo fue posible?, me pregunto hasta hoy: un padre y un hijo que no saben qué decirse.
Algo de eso volvió en el momento en que Fulano de Tal se levantó, agitó una mano para saludarme y me dijo: "Leí su nota sobre Ibsen en La Nación. Me gustó. Y pienso, como Ibsen, que el sufragio universal es una calamidad universal". Por la ventana, lo vi alejarse, arropado en su soledad. Pensé: "Qué equivocado está, si piensa que yo he sido fiel a una vocación y él no. Yo tampoco he dado todo lo que podía esperarse de mí, yo tampoco he escrito la novela, ni el cuento, ni el poema; he escrito tan sólo unas crónicas dispersas, que las fauces del tiempo se tragarán". Hoy me arrepiento de no haber aceptado su invitación a compartir su mesa, mi mesa, nuestra mesa: tuve miedo, precisamente, de esas fauces, de esa grieta insondable. Yo también, como él, soy un náufrago, un sobreviviente de un mundo que ya no existe. Tal vez nos encontremos de nuevo; tal vez tengamos otra oportunidad. No sé si lo deseo de veras: tan sólo sé que tuve necesidad de escribirlo. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios