
En casi doscientas páginas, Roberto Rojo nos ofrece veinticuatro artículos, por lo general breves, sobre diversos temas que en alguna ocasión despertaron su interés. Hay algunos que son reflexiones sobre los problemas recurrentes en su vida filosófica: la utopía, el lenguaje, la ciencia, el arte.
Con muy buen criterio ha reunido, en una primera parte llamada "Reflexiones dispersas" trabajos que no exigen al lector ninguna preparación filosófica previa; en cambio, en una segunda parte titulada "Relaciones de la filosofía", aparecen ocho artículos cuya lectura exige algún conocimiento de la literatura filosófica.
Es imposible que me ocupe de cada una de estas "hojas sueltas de filosofía"; inclusive no haré consideración alguna sobre los artículos que no sólo me ilustraron sino que también me causaron placer.
Prefiero hablar de la actitud filosófica de Rojo, presente en estas páginas y en varios de sus otros libros. ¿En qué consiste esta "actitud"? En primer lugar, en la inteligente decisión de buscar profundidades metafísicas allí donde los que no tienen perspicacia se quedan enredados en las apariencias, en la superficie; no es raro, entonces, que Rojo encuentre corrientes subterráneas de indudable valor filosófico, por ejemplo, en el tango, en la poesía de Rubén Darío, en la diversidad de los colores, en los viajes literarios a través de los espejos, etcétera.
En segundo lugar, estos itinerarios aparentemente extrafilosóficos, han llevado a Rojo a descubrir rasgos esenciales en la naturaleza humana que pasaron casi inadvertidos para los que cultivaron la antropología durante el siglo XX.
En efecto, al lado de las características que no pueden faltar en una comprensión adecuada de lo humano, Rojo ha insistido, una y otra vez, en que el hombre es un ser gobernado esencialmente por el talante utópico y cuyo acto más profundo, el amor, es una oscilación permanente entre los polos del sufrimiento y de la fruición, tal como lo proclaman los poetas del tango.
En tercer lugar, el autor muestra con razón que es nefasto confundir la filosofía con su historia. Esta última es un capítulo importante de la historiografía general y, por tanto, una "ciencia del espíritu" como diría Dilthey, o un "saber penúltimo" como opina Ortega y Gasset. La filosofía es otra cosa.
Por lo común, los filósofos inician su menester valiéndose de la lectura de los clásicos: Platón, Aristóteles, San Agustín, etcétera. Estos textos son pues causas ocasionales para pensar lo formalmente filosófico: el ente y la verdad. Pero hay también otras causas ocasionales: un libro de ciencia, un texto literario, un comportamiento social, la música, etcétera.
Posiblemente esto explica, al mismo tiempo, el rigor con que Rojo lee y enseña los clásicos de la filosofía y sus asiduas exploraciones en el campo de la literatura y de la ciencia.
En cuarto lugar, finalmente, hay que decir algo sobre el estilo de Rojo. Alguna vez un crítico lo comparó con el del ya desaparecido Ferrater Mora. La comparación es acertada en un doble sentido. Ambos escriben con notable precisión, exactitud, claridad y elegancia, porque han cultivado con solvencia la lógica matemática y se han movido cómodamente en los dominios difíciles de la ciencia actual.
En síntesis, estas cuatro virtudes de Rojo señaladas aquí: encontrar por debajo de cualquier actividad humana una dimensión filosófica; mostrar "existenciarios" que los manuales de antropología dejan en el olvido; dar un paso más allá del historicismo y su límpido estilo literario constituyen su "actitud filosófica" que es, para mí, el modo más atractivo y completo de hacer filosofía y transmitirla. (c) LA GACETA







