02 Julio 2006 Seguir en 

En estos últimos años, la realidad internacional se ha complicado vertiginosamente. En efecto, desde los primeros años del siglo XXI, el resurgimiento de la violencia y el desencadenamiento de graves conflictos en diversas regiones del planeta han incrementado la potencialidad de los riesgos y han puesto de manifiesto que las grandes esperanzas que se gestaron al finalizar la Guerra Fría no fueron más que anhelos y esperanzas que se esfumaron con el correr de los años. Nuevos peligros, temores y desconfianzas han desestabilizado la convivencia planetaria, echando por tierra las ilusiones de construir un régimen internacional más equilibrado y más benéfico; un régimen más inclinado a la cooperación, el entendimiento y la paz. Estas constataciones han generado una profunda inquietud entre muchos teóricos e internacionalistas quienes sostienen que -en la actualidad- nos encontramos en el inicio de una nueva etapa histórica; una etapa de transición en la que los enfrentamientos y la guerra ocuparán, una vez más, el centro de la escena.
La idea que ha orientado la elaboración de este artículo es que, en esta coyuntura, la posición de Occidente es profundamente incierta. Incertidumbre que se origina -al menos- en la existencia de dos desafíos específicos; dos desafíos sumamente distintos pero indiscutiblemente relevantes. El primero es el reto del terrorismo fundamentalista, el cual se ha planteado en clave de enemistad. El segundo es la amenaza de la potencia China que -por el momento- se ha establecido en términos de rivalidad.
En la actualidad, el terrorismo recorre Occidente como un nuevo fantasma; un fantasma que no sólo ha jaqueado las expectativas de la hegemonía norteamericana y las ilusiones del progreso y del pacifismo europeo, sino que ha puesto en tela de juicio la capacidad de sus Estados para garantizar la seguridad de sus pueblos y el equilibrado desarrollo de sus comunidades. Un "éxito" material y psicológico para los terroristas, quienes han encontrado la forma de minar las fortalezas occidentales y de imponerles reglas de juego para las cuales no estaban preparadas.
Es indudable que, para estos grupos terroristas, Occidente es su enemigo; un enemigo poderoso y despiadado al que no pueden enfrentar por medios convencionales, pero con el que tampoco están dispuestos a negociar. Un enemigo con el que mantienen profundas e irreconciliables diferencias ideológicas y al que responsabilizan por las penurias y los fracasos de sus pueblos.
Efectivamente y, según las declaraciones de sus líderes, tanto los abusos del colonialismo europeo, como los fracasos del proceso de descolonización -en el que también se involucraron los intereses occidentales- fueron factores decisivos que contribuyeron a profundizar la pobreza y la marginación de los países de Medio Oriente. Desde su perspectiva, la presencia occidental ya no puede seguir siendo tolerada en sus territorios y su eliminación es la única vía para librarse, definitivamente, de su influencia, su poder o su dominio.
Planteado en estos términos, el conflicto entre el fundamentalismo islámico y Occidente es inevitable y se mantendrá durante mucho tiempo. Un conflicto que se ha materializado a través de la estrategia terrorista y cuyo objetivo central es hostigar a los Estados occidentales para obligarlos a replantear las bases de su política exterior a fin de modificar -definitivamente- la relación de fuerzas.
Esta nueva ola de terrorismo parece ser mucho más letal que las anteriores; un hecho que puede constatarse a partir de un conjunto de transformaciones específicas; entre las más importantes pueden mencionarse: a) el incremento sistemático de sus facultades técnicas y operativas, el cual se vincula directamente con la facilidad para acceder a la tecnología y a la información; b) la sustitución de las tácticas selectivas por las indiscriminadas, lo cual ha redundado en un significativo aumento del número de víctimas; c) el perfeccionamiento de sus sistemas logísticos; d) el mejoramiento de sus márgenes de seguridad, factor que ha contribuido a simplificar las operaciones y a optimizar su eficacia; e) finalmente, las enormes ventajas proporcionadas por los modernos medios masivos de comunicación. Dichas ventajas son absolutamente inéditas y representan mucho más que un provecho circunstancial, pues suponen un cambio estratégico esencial. Como sostiene Richard Clutterbuck, la utilización de los medios es un factor prioritario para los terroristas, quienes conocen perfectamente sus cualidades y han aprendido a diseñar sus campañas a partir de elaboradas estrategias informativas (1).
New York, Washington, Madrid y Londres son las ciudades occidentales que ya han padecido los efectos de esta nueva campaña terrorista. Una campaña que ha demostrado nítidamente dos cosas: que todos somos igualmente vulnerables a sus efectos y que nadie posee la capacidad necesaria para prevenirlos, eliminarlos o neutralizarlos.El desafío chino es diferente, pues, hasta la fecha, no se ha planteado en términos conflictivos y no parece representar una amenaza para el modo de vida occidental. Sin embargo, sus caracteres específicos -entre los que se destaca el impresionante desarrollo de su economía- han provocado el asombro, la inquietud y hasta los temores de las potencias occidentales; temores e inquietudes que se vienen canalizando a través de diversos debates académicos e intelectuales.
Indudablemente, China es un gigante económico y demográfico cuya evolución plantea un cúmulo de interrogantes de difícil resolución. Según los expertos, el primero de ellos está vinculado a las contradicciones de su dinámica interna; contradicciones que los especialistas han sintetizado a través de la fórmula: "un país con dos sistemas".
En efecto, China posee un modelo político dogmático, autoritario y centralizado, fundado en los lineamientos doctrinales del Socialismo Maoísta, en la autoridad de sus líderes y en el poder hegemónico del partido comunista. Estos caracteres, al igual que su estilo de convivencia social -en el que no existe espacio para la oposición y en el que los derechos humanos, las conquistas sindicales y las garantías individuales tampoco tienen vigencia- se remontan a los orígenes de la República Popular y desde entonces se han mantenido incólumes. Es así como, desde 1949 y en diversas circunstancias de su historia, las autoridades chinas han demostrado que no dudarán en sofocar las manifestaciones del descontento social y que los mecanismos de represión estatal están siempre listos para ser puestos en funcionamiento (2). Desde el punto de vista de sus capacidades internacionales, los años 70 y 80 fueron decisivos para convertir al país en una potencia militar y nuclear de primer orden y para permitirle obtener ventajas políticas esenciales. En este sentido, el logro más significativo se dio en 1971, cuando China ingresó, como miembro permanente con derecho de veto, al Consejo de Seguridad de la ONU.
Paradójicamente, su sistema económico ha abandonado los principios socialistas y se ha orientado hacia la implementación de una economía de base mixta (capital privado-Estado) que se inclina -veloz y decididamente- hacia un modelo de Economía de Mercado. Así, a partir de la década de los años 80 -y contrariando los preceptos doctrinales del marxismo- este "capitalismo chino" se fue construyendo sobre los postulados de la "primacía del desarrollo económico" y se sustentó sobre dos bases estructurales: la modernización productiva y la apertura económica. Desde el inicio del liderazgo de Deng-Xiaoping, China ingresó en una etapa de transición cuyo objetivo principal era liberar, sistemáticamente, los mecanismos de la dinámica económica; un proceso que se materializó a través de las "cuatro modernizaciones": agricultura, industria, ciencia y técnica y defensa. Los cinco pilares de esta transición fueron: a) La sensible reducción del modelo de planificación económica y la gradual descentralización de la gestión empresarial y territorial. b) El empleo de incentivos económicos y materiales a la producción. c) El establecimiento de una gestión económica profesional y no política. d) La dispersión de los centros industriales. e) El fomento de la propiedad privada y la instauración del sistema de "responsabilidad por contratos". A partir de la definición de estos elementos, el crecimiento del sistema se tradujo en el formidable incremento de sus exportaciones, en la ampliación de sus inversiones extranjeras y en el fortalecimiento del crédito externo. En definitiva, en una portentosa expansión económica a la que los técnicos chinos bautizaron como: "la estrategia del desarrollo en todas direcciones". Desde mediados de los 90, China ha penetrado decididamente los mercados occidentales compitiendo con las grandes empresas multinacionales e inspirando cada vez más recelo a los capitales europeos y norteamericanos, que ya analizan cuáles serán las estrategias productivas, comerciales y financieras que deberán desplegar para hacer frente a las alternativas de crecimiento de la potencia oriental.
En síntesis: en las condiciones actuales, la cuestión china se mantiene dentro de los límites de una competencia que no parece amenazar la supervivencia y el bienestar del mundo occidental. Sin embargo, esta rivalidad agonal -que hoy excluye a las intenciones hostiles y a la violencia- no deja de representar un desafío fundamental; un desafío cuya magnitud podrá ser valorada durante los próximos años.
Probablemente haya llegado la hora de que los líderes y los pueblos europeos y americanos evalúen -más detenidamente- sus posibilidades, sus decisiones y sus actos; la realidad internacional es lo suficientemente compleja y riesgosa como para que obren de manera irreflexiva o irresponsable.
Como sostiene John Espósito, los hombres y las mujeres de Occidente hemos tenido -en líneas generales- mejores oportunidades que las del resto del mundo: comida, educación, tecnología; un conjunto de ventajas que debería servirnos para potenciar nuestras habilidades, nuestra lucidez y nuestra prudencia y no para alimentar una inadecuada autosuficiencia que -hablando en términos más pragmáticos- comprometa nuestro futuro (3). Obviamente, esto no significa que debamos renunciar a nuestras aspiraciones, valores o formas de vida, pero sí que comprendamos que, en las actuales circunstancias, los excesos, los agravios y las arbitrariedades -léase el negocio de las caricaturas de Mahoma- pueden alcanzar precios demasiado elevados; precios que, indudablemente, ninguno de nosotros querrá pagar.(c) LA GACETA
La idea que ha orientado la elaboración de este artículo es que, en esta coyuntura, la posición de Occidente es profundamente incierta. Incertidumbre que se origina -al menos- en la existencia de dos desafíos específicos; dos desafíos sumamente distintos pero indiscutiblemente relevantes. El primero es el reto del terrorismo fundamentalista, el cual se ha planteado en clave de enemistad. El segundo es la amenaza de la potencia China que -por el momento- se ha establecido en términos de rivalidad.
En la actualidad, el terrorismo recorre Occidente como un nuevo fantasma; un fantasma que no sólo ha jaqueado las expectativas de la hegemonía norteamericana y las ilusiones del progreso y del pacifismo europeo, sino que ha puesto en tela de juicio la capacidad de sus Estados para garantizar la seguridad de sus pueblos y el equilibrado desarrollo de sus comunidades. Un "éxito" material y psicológico para los terroristas, quienes han encontrado la forma de minar las fortalezas occidentales y de imponerles reglas de juego para las cuales no estaban preparadas.
Es indudable que, para estos grupos terroristas, Occidente es su enemigo; un enemigo poderoso y despiadado al que no pueden enfrentar por medios convencionales, pero con el que tampoco están dispuestos a negociar. Un enemigo con el que mantienen profundas e irreconciliables diferencias ideológicas y al que responsabilizan por las penurias y los fracasos de sus pueblos.
Efectivamente y, según las declaraciones de sus líderes, tanto los abusos del colonialismo europeo, como los fracasos del proceso de descolonización -en el que también se involucraron los intereses occidentales- fueron factores decisivos que contribuyeron a profundizar la pobreza y la marginación de los países de Medio Oriente. Desde su perspectiva, la presencia occidental ya no puede seguir siendo tolerada en sus territorios y su eliminación es la única vía para librarse, definitivamente, de su influencia, su poder o su dominio.
Planteado en estos términos, el conflicto entre el fundamentalismo islámico y Occidente es inevitable y se mantendrá durante mucho tiempo. Un conflicto que se ha materializado a través de la estrategia terrorista y cuyo objetivo central es hostigar a los Estados occidentales para obligarlos a replantear las bases de su política exterior a fin de modificar -definitivamente- la relación de fuerzas.
Esta nueva ola de terrorismo parece ser mucho más letal que las anteriores; un hecho que puede constatarse a partir de un conjunto de transformaciones específicas; entre las más importantes pueden mencionarse: a) el incremento sistemático de sus facultades técnicas y operativas, el cual se vincula directamente con la facilidad para acceder a la tecnología y a la información; b) la sustitución de las tácticas selectivas por las indiscriminadas, lo cual ha redundado en un significativo aumento del número de víctimas; c) el perfeccionamiento de sus sistemas logísticos; d) el mejoramiento de sus márgenes de seguridad, factor que ha contribuido a simplificar las operaciones y a optimizar su eficacia; e) finalmente, las enormes ventajas proporcionadas por los modernos medios masivos de comunicación. Dichas ventajas son absolutamente inéditas y representan mucho más que un provecho circunstancial, pues suponen un cambio estratégico esencial. Como sostiene Richard Clutterbuck, la utilización de los medios es un factor prioritario para los terroristas, quienes conocen perfectamente sus cualidades y han aprendido a diseñar sus campañas a partir de elaboradas estrategias informativas (1).
New York, Washington, Madrid y Londres son las ciudades occidentales que ya han padecido los efectos de esta nueva campaña terrorista. Una campaña que ha demostrado nítidamente dos cosas: que todos somos igualmente vulnerables a sus efectos y que nadie posee la capacidad necesaria para prevenirlos, eliminarlos o neutralizarlos.El desafío chino es diferente, pues, hasta la fecha, no se ha planteado en términos conflictivos y no parece representar una amenaza para el modo de vida occidental. Sin embargo, sus caracteres específicos -entre los que se destaca el impresionante desarrollo de su economía- han provocado el asombro, la inquietud y hasta los temores de las potencias occidentales; temores e inquietudes que se vienen canalizando a través de diversos debates académicos e intelectuales.
Indudablemente, China es un gigante económico y demográfico cuya evolución plantea un cúmulo de interrogantes de difícil resolución. Según los expertos, el primero de ellos está vinculado a las contradicciones de su dinámica interna; contradicciones que los especialistas han sintetizado a través de la fórmula: "un país con dos sistemas".
En efecto, China posee un modelo político dogmático, autoritario y centralizado, fundado en los lineamientos doctrinales del Socialismo Maoísta, en la autoridad de sus líderes y en el poder hegemónico del partido comunista. Estos caracteres, al igual que su estilo de convivencia social -en el que no existe espacio para la oposición y en el que los derechos humanos, las conquistas sindicales y las garantías individuales tampoco tienen vigencia- se remontan a los orígenes de la República Popular y desde entonces se han mantenido incólumes. Es así como, desde 1949 y en diversas circunstancias de su historia, las autoridades chinas han demostrado que no dudarán en sofocar las manifestaciones del descontento social y que los mecanismos de represión estatal están siempre listos para ser puestos en funcionamiento (2). Desde el punto de vista de sus capacidades internacionales, los años 70 y 80 fueron decisivos para convertir al país en una potencia militar y nuclear de primer orden y para permitirle obtener ventajas políticas esenciales. En este sentido, el logro más significativo se dio en 1971, cuando China ingresó, como miembro permanente con derecho de veto, al Consejo de Seguridad de la ONU.
Paradójicamente, su sistema económico ha abandonado los principios socialistas y se ha orientado hacia la implementación de una economía de base mixta (capital privado-Estado) que se inclina -veloz y decididamente- hacia un modelo de Economía de Mercado. Así, a partir de la década de los años 80 -y contrariando los preceptos doctrinales del marxismo- este "capitalismo chino" se fue construyendo sobre los postulados de la "primacía del desarrollo económico" y se sustentó sobre dos bases estructurales: la modernización productiva y la apertura económica. Desde el inicio del liderazgo de Deng-Xiaoping, China ingresó en una etapa de transición cuyo objetivo principal era liberar, sistemáticamente, los mecanismos de la dinámica económica; un proceso que se materializó a través de las "cuatro modernizaciones": agricultura, industria, ciencia y técnica y defensa. Los cinco pilares de esta transición fueron: a) La sensible reducción del modelo de planificación económica y la gradual descentralización de la gestión empresarial y territorial. b) El empleo de incentivos económicos y materiales a la producción. c) El establecimiento de una gestión económica profesional y no política. d) La dispersión de los centros industriales. e) El fomento de la propiedad privada y la instauración del sistema de "responsabilidad por contratos". A partir de la definición de estos elementos, el crecimiento del sistema se tradujo en el formidable incremento de sus exportaciones, en la ampliación de sus inversiones extranjeras y en el fortalecimiento del crédito externo. En definitiva, en una portentosa expansión económica a la que los técnicos chinos bautizaron como: "la estrategia del desarrollo en todas direcciones". Desde mediados de los 90, China ha penetrado decididamente los mercados occidentales compitiendo con las grandes empresas multinacionales e inspirando cada vez más recelo a los capitales europeos y norteamericanos, que ya analizan cuáles serán las estrategias productivas, comerciales y financieras que deberán desplegar para hacer frente a las alternativas de crecimiento de la potencia oriental.
En síntesis: en las condiciones actuales, la cuestión china se mantiene dentro de los límites de una competencia que no parece amenazar la supervivencia y el bienestar del mundo occidental. Sin embargo, esta rivalidad agonal -que hoy excluye a las intenciones hostiles y a la violencia- no deja de representar un desafío fundamental; un desafío cuya magnitud podrá ser valorada durante los próximos años.
Probablemente haya llegado la hora de que los líderes y los pueblos europeos y americanos evalúen -más detenidamente- sus posibilidades, sus decisiones y sus actos; la realidad internacional es lo suficientemente compleja y riesgosa como para que obren de manera irreflexiva o irresponsable.
Como sostiene John Espósito, los hombres y las mujeres de Occidente hemos tenido -en líneas generales- mejores oportunidades que las del resto del mundo: comida, educación, tecnología; un conjunto de ventajas que debería servirnos para potenciar nuestras habilidades, nuestra lucidez y nuestra prudencia y no para alimentar una inadecuada autosuficiencia que -hablando en términos más pragmáticos- comprometa nuestro futuro (3). Obviamente, esto no significa que debamos renunciar a nuestras aspiraciones, valores o formas de vida, pero sí que comprendamos que, en las actuales circunstancias, los excesos, los agravios y las arbitrariedades -léase el negocio de las caricaturas de Mahoma- pueden alcanzar precios demasiado elevados; precios que, indudablemente, ninguno de nosotros querrá pagar.(c) LA GACETA
(1) El ejemplo más claro de estas afirmaciones es el grupo Al Qaeda, el cual representa un verdadero dilema para los investigadores. Cf: Brieger, Pedro. Qué es Al Qaeda. Capital Intelectual. Buenos Aires, 2006.
(2) Tanto la Revolución Cultural encabezada por Mao-Tse Tung en la década de los años 60, como la rebelión estudiantil de la Plaza Tiananmen, en 1989, son ejemplos concretos de que el disenso y la oposición no tienen lugar en el sistema político chino.
(3) Espósito, John. El desafío islámico. Acento. Madrid, 1996.
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