
Está muy bien que se prohíba fumar en los lugares públicos. Ahora que la mayoría prefiere la salud, no hay por qué tolerar los humos de los viciosos. Que se intoxiquen si quieren entre las cuatro paredes de su soledad, y que dejen libre el aire de las oficinas y los claustros, los bancos y los ministerios, los mercados y el cafetín. De buenos aires están ávidas las gentes; ¿no ven acaso esos descontentos que es general el uso de calzado deportivo, que hay gimnasios en todas las provincias, que en los barrios florecen las salas de aparatos? Les enceguece su pasión insana, sus objeciones no son sino pretextos. ¿Qué es eso de que el ruido resulta más contaminante que el tabaco, de que la santabárbara de los recitales es más aciaga que el callado cigarrillo, de que el fervor religioso causa más bajas que la brasita de los cigarros, de que la desvergüenza de los animadores es más dañina que el hábito de fumar? ¿A qué viene lo de que cualquier usuario de un automóvil emite más toxinas que cientos de fumadores? Pretextos, nada más que pretextos para obstinarse en su adicción. Pitando un chala, dicen, pitando un chala no hacemos mal a nadie... Insensatos, no saben lo que dicen: sea un chala o una pipa, ¡vaya ejemplo para la juventud! ¿Qué sería de los viajes de fin de curso a Bariloche, de los avisos publicitarios de telefonía celular, de todas las manifestaciones -en fin- de la inteligencia humana, si su fomento entre los jóvenes invocase la imagen de un paisano, o de un profesor, envueltos en las volutas de su melancolía?
No prestemos oídos a esos desdichados, y menos que menos a los peores de entre ellos, a los que, con estudiada magnanimidad, declaran que se abstendrían con gusto de fumar si se cancelasen igualmente todas las conductas que menoscaban el bienestar del prójimo. Contra los que siembran esa cizaña el pueblo entero está unido, y unido les grita que se vayan con sus humos a otra parte, ahora que somos felices y la salud nos llega por todos los canales. (c) LA GACETA







