
La tarea de escribir la biografía de alguna celebridad exige -como toda actividad humana- escoger lo que ha de estimarse relevante. Ya que no todo puede ingresar en esa elección, hay siempre un obligado descarte de aquello que se estimará inesencial. Y, como contraparte, el contenido elegido se destacará como atinente, significativo.
Esta condición genérica del hacer humano determina que el rumbo escogido para escribir una biografía haga alzar vuelo al texto, volviendo atractiva la reconstrucción de esa vida, o que la historia se arrastre entre el ripio de interminables detalles.
Esto último le ocurre al autor: en setecientas páginas tamaño mayor no logra rozar a su lector con los indicios de por qué Leonardo Da Vinci tiene el tamaño que la historia le reconoce. Una visión a lo Mirtha Legrand en sus almuerzos televisivos, donde la enumeración de lo superfluo exalta el ánimo, hace brillar la mirada con el toque de adrenalina que el alto vuelo provoca. Y se navega con segura fe en la importancia de sus dichos sobre la superficie de los asuntos.
El lector, pues, no verá el vuelo de la mente de Leonardo (salvo en los muchos bocetos y las bellísimas reproducciones que por fortuna el volumen incluye, y terminan justificándolo). En cambio se enterará de la interminable filiación de quienes se acercaron al artista, de la genealogía de familias ilustres de la época, vestimentas, cuentas bancarias, documentos, compras, ventas, contratos, donaciones, cartas, comentarios, chismes, etc.
Y -dicho sea en defensa del autor y de su documentadísimo trabajo (cien páginas de notas)- ¿acaso no es esto último precisamente lo que arma la vida de un ser humano? En donde si no en el vuelo de la mente de Leonardo, el lector hallará un acercamiento a sus días vividos. (c) LA GACETA







