(LA GACETA / PROCESAMIENTO DE IMAGEN: DANIEL FONTANARROSA SOBRE UN DIBUJO DE ROBERTO PAEZ)

Así como la palabra poética de los antiguos griegos inauguró Occidente, podríamos aseverar que la poesía de Borges ha sido fundadora de nuestro modo de ser argentinos. Como todo poeta mayor, sus tramas plenas de inteligencia, belleza y profundidad permiten salvar la pequeñez contra la que se debate la condición humana. En su obra se adivinan también los rasgos de esta cultura que floreció en los márgenes de lo europeo, mezcla de pampas, compadritos, budismo zen, paradojas de Zenón y teología. Así somos los argentinos, una mixtura inexplicable, y a menudo fructífera, de lo propio y lo ajeno. Y Borges es argentino, pero es también latinoamericano y universal. Adentrarnos en su obra es hacer la experiencia de esta realidad. Y eso haremos.
Con palabras desafiantes nos propone un enigma: Nosotros hemos soñado el mundo [...]Hemos consentido en su arquitectura tenues y eternos intersticios de sinrazón para saber que es falso. Indaga en qué punto, este mundo nuestro, tan sólido, tan real, tan organizado, esconde secretos, misteriosas fisuras, indicios de no ser un mundo verdadero. En "Tigres azules" Alexander Craigie es profesor de lógica "occidental y oriental" de la Universidad de Lahore, Paquistán; como Borges, ama los tigres. Escuchó decir que en una aldea de las orillas del Ganges se han descubierto tigres azules.
Seducido por la idea, parte tras sus huellas y descubre que no son tigres, sino piedras pequeñas, circulares, de un insólito color azul. Sorprendido, recoge algunas, quizás 10 u 11 y las guarda en su bolsillo. Cuando las vuelve a mirar, eran 30 ó 40. Se habían multiplicado sin razón alguna. Intentó contarlas, pero resultó imposible. Aumentaban o disminuían a su antojo, sin número fijo y en cada nuevo intento, el obsceno milagro se repetía. Asustado, arrojó los discos lejos de sí.
Como se sabe, las operaciones lógicas y matemáticas no pueden ser contradictorias; sin embargo aquí sucedía algo intolerable. Los discos contradecían esa ley esencial de la mente humana y revelaban una aberración matemática. Ese extraño comportamiento de las piedras azules, apodadas tigres azules, era el secreto que la aldea escondía celosamente y que se podría formular así: "en el universo cabe el desorden. Si tres y uno pueden ser dos o pueden ser catorce, la razón es una locura".
Como es natural, el profesor de lógica, sintiéndose amenazado, ruega en una mezquita a "Dios y a Alá, dos nombres de un solo ser inconcebible", librarse de tal tortura. Aparece un mendigo que le dice: "he venido, dadme una limosna". Sólo tiene las piedras en su bolsillo y se las da. Al hacerlo, le escucha decir: "No sé aun cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos, con el mundo".
La clave del cuento, el halo enigmático que lo invade, reside en las paradojas sobre las cuales lo construye. La paradoja se produce cuando dos proposiciones contradictorias son verdaderas al mismo tiempo. Una dice, "hay orden en el universo", y la otra "no hay orden en el universo".Ambas son verdaderas. La primera es fácil de verificar, el mundo es ordenado; la segunda, de cuya evidencia son prueba las alocadas piedritas azules, contradice a la primera.
La estrategia borgeana consiste trasladar a sus personajes su propia desconfianza en la arquitectura racional del universo y, para ello, los lanza a la incertidumbre. El orden, la repetición en la aparición de los fenómenos, que el día siga a la noche, o que el humo siga al fuego, tranquiliza al animal humano. Las redes causales y finales son las que tejen el sentido de la realidad, las que producen orden. Y cuando ese mecanismo es bloqueado por la paradoja, quiebra las frágiles certezas que nos acompañan y roza el límite del sin sentido.
Con este recurso a la ficción Borges descorre el velo que impide ver los intersticios de sin razón del universo, porque, detrás de la operación de contar los incontables tigres azules, piedritas indomables, se encuentra la paradoja del infinito, que dice: "el todo no es mayor que una de sus partes". Esta proposición, en apariencia simple, esta marcando los límites de la razonabilidad. Los tigres azules son, así, puerta de ingreso a un universo incomprensible e inescrutable, dónde reina la contradicción. Ya Borges había dicho del infinito "palabra (y después concepto) de zozobra que hemos engendrado con temeridad y una vez consentida en un pensamiento, estalla y lo mata". Esa propiedad del infinito, desbaratadora de los demás conceptos, lo hace más peligroso, incluso, que el concepto del mal, del orden de la ética.
Ahora bien, estas dos paradojas, orden-desorden, finito-infinito, si bien son inquietantes, forman parte de disciplinas formales. Es más, incluso Cantor propuso distintos tipos de infinitos y los llamó números transfinitos. Sin embargo, aquí no concluye la propuesta de Borges. El dato que nos alerta es que el profesor de lógica, angustiado porque su propia lógica no funciona, se refugia en un templo, a sabiendas de que la divinidad también es inconcebible.
Recordemos que la noción de infinito estuvo ligada durante siglos, en Occidente, al concepto de Divinidad, por ello, esta idea, inasible para la razón, se carga de sacralidad. Y esto es importante porque, si bien el infinito matemático tiene rasgos formales, el infinito metafísico tiene el carácter fáctico de realidad absoluta. La relación finito-infinito es una de las aporías con mayor complejidad, porque entre lo finito y lo infinito no hay un paso, sino un salto. Se trata de dos dimensiones distintas de la realidad y esto es lo que utiliza Borges para conducirnos hacia un final sobrecogedor. Un abismo separa lo finito de lo infinito y, ese abismo se agiganta cuando el infinito escapa al mundo matemático e ingresa en el universo metafísico. Aunque las palabras elegidas para designar una y otra realidad sean la misma: infinito, se esta hablando de algo de naturaleza diferente.
Se produce entonces una extraña y sugestiva mutación que quiero señalar como clave en mi interpretación. El infinito matemático, que apareció con los tigres azules, se transmuta en infinito metafísico. Borges avanza en esta operación a fondo contra las habituales creencias en un universo previsible y coherente. El infinito matemático es sólo del orden de la razón; pero he aquí que sigilosamente, casi con un andar de tigres azules, se pasa del orden de lo matemático al orden de lo metafísico, y entonces se vuelve abismático y corrosivo para la simple finitud humana.
Ahora el infinito, las piedritas azules, se despliega en el ámbito de lo sagrado y en ese carácter, es fascinante y aterrador al mismo tiempo. Contagia su sacralidad a quien las posea y al hacerlo, su inmensidad sin límites, su carácter absoluto, destruye lo limitado que lo contiene; por eso el profesor de lógica siente la angustia de haber perdido toda legalidad. Y esta es la vieja treta de Borges, este es su genio: un giro imperceptible del pensamiento, un gesto apenas insinuado del escritor, un ir de un sentido matemático, racional, hacia otro sentido inverificable, inasible, en los límites de lo racional, pero también en los límites de lo profano. Se ha cumplido un nuevo salto, otro abismo. Para alcanzar este punto en su narración, Borges apela a un cambio de sentido del infinito. Y aquí, en esta nueva grieta, nos quedamos sin cálculos, sin razones.
Ha ingresado en el campo de lo sagrado, con referencias oblicuas, sin ninguna advertencia previa y, lo que es mucho más grave, bajo el manto de la ficción. ¿Quién puede decir que nuestro autor es agnóstico, escéptico o profundamente religioso? Es todas esas cosas, al mismo tiempo, como los somos casi todos los hombres. La trascendencia de lo divino, lejos de toda lógica, cobra la seducción del misterio, de lo no manipulable, de un Dios que no procederá según las expectativas humanas. Este juego de límites y sin sentidos es, en Borges, un modo de abjurar de la racionalidad que tanto cultiva, en una profunda paradoja incrustada en su propia vida. Por esa magia de su inteligencia, los enigmas en Borges son irreductibles. En "Tigres azules" se establece una misteriosa relación entre racionalidad, infinito y sagrado. Por eso, cuando el mendigo recibe las piedras azules, libera al profesor de lógica de los abismos inconmensurables de la Divinidad, de sus angustias y terrores, para dejarlo librado a la cordura, a la pura racionalidad.
La presencia de los tigres azules en la vida de un simple profesor, anuncia un milagro difícil de sobrellevar: revela que existen intersticios de sin razón en los cuales el orden es corroído por el absurdo y penetrado por el infinito. Quizás, pensamos nosotros, uno de esos intersticios de sin razón sea la muerte, el tiempo, o la existencia misma, asuntos sobre los que, con inteligencia, con elegancia y sin dramatismos, Borges volcó su pensamiento latinoamericano. (c) LA GACETA
Notas:
1) "Los avatares de la tortuga", Discusión, O.C., Emecé, Bs. As., 1974, pág. 254.
2) "Tigres azules", La memoria de Shakespeare, O.C., T.III, María Kodama, Emecé, Bs. As., 1991, pág. 381.







