Conocimiento y desarrollo

Por Daniel Oscar Posse. Para LA GACETA - Tucumán.

18 Junio 2006
En general, se coincide en sostener que Argentina fue un país próspero desde fines del siglo XIX hasta 1930, época que marcaría el comienzo de un progresivo deterioro institucional, económico y cultural.
Este fenómeno se conoce como “regresión del desarrollo argentino”, y se le atribuyeron las más diversas causas. Fue relacionado con factores sociales, políticos, institucionales, económicos, etc.
El caso argentino llamó la atención, porque en teoría estaban dadas varias condiciones (riquezas naturales, grandes extensiones de tierra, una población preparada, etc.) para que ocurriese todo lo contrario.
Para comprender la dimensión de este fenómeno, podemos examinar los siguientes datos: en 1914, el producto per cápita argentino era cinco veces mayor que el japonés; a fines de 1950, era tres veces mayor; en 1980, ya era cuatro veces menor. (Fuente: Reversal of Development in Argentina, Carlos Waisman, Princeton University Press, New Jersey, 1987).
La comparación con Japón es útil, pues se trata de una nación que participó en varias guerras; tuvo gobiernos autoritarios; sufrió dos bombardeos nucleares; pagó fortunas a las potencias vencedoras en calidad de indemnizaciones por los daños causados en la guerra; perdió parte de su territorio y, por último, el gobierno postocupación, responsable del “milagro japonés”, no estuvo exento de crisis y corrupción.
Las sociedades son complejas y no admiten explicaciones reduccionistas. Muchas de las causas esgrimidas para explicar la regresión argentina pudieron haber influido; sin embargo, entre todas ellas es necesario destacar una conducta constante que se traduce en decisiones equivocadas a la hora de orientar los recursos y los esfuerzos colectivos.
Volvamos al Japón: en la década del 80 esta nación decidió invertir 1.000 millones de dólares en desarrollar computadoras (El Estado financió 450 millones y la actividad privada el resto). En la misma época, la deuda externa argentina llegó a sus primeros 50.000 millones de dólares (período 1978-1983). En menos de diez años se gastó cincuenta veces más que en Japón. (Fuente: R. Terragno, Argentina Siglo XXI, Planeta 2000).
Sabemos qué es lo que hizo Japón. ¿Qué pudo exhibir nuestro país? Tal vez estadios de fútbol para el Mundial de 1978, y un espectáculo deportivo que no fue suficiente para encubrir la degradación política y moral de la época.
Por desgracia, la historia posterior no nos reivindica; una actitud recurrente caracterizó a la sociedad: una incapacidad constante a la hora de orientar recursos.
No se puede negar que Japón, durante el siglo XX, tomó decisiones equivocadas que lo pusieron al borde de su desaparición. ¿Qué le permitió resurgir?
Un país puede crecer aumentando su capacidad de decisión y luego tomar decisiones equivocadas que vuelvan todo a fojas cero; Alemania es otro ejemplo. Lo que caracteriza a estos países es su capacidad de recuperación.
La experiencia histórica demuestra que las naciones pueden revertir errores estratégicos. Es dramático equivocarse, pero mucho más es no tener la opción de hacerlo, por carecer de capacidad de decisión. Ello caracteriza al subdesarrollo, a la dependencia. La incapacidad para orientar recursos desligándolos de la generación y de la gestión del conocimiento es una decisión primaria que elimina opciones futuras.
Un común denominador de países con diversas realidades, como Japón, Alemania y actualmente China, es una actitud pro-activa frente al conocimiento. Podrán representar regímenes políticos diversos, sociedades ancestrales o modernas, pero lo que los identifica es la clara noción que tienen de la importancia del conocimiento.
El desarrollo de un sistema eficiente en la generación y gestión del conocimiento aumenta la capacidad de decisión de las naciones. Siempre fue así, desde que el hierro sustituyó al bronce; desde la aparición de la imprenta; durante las revoluciones industriales. Pero, durante las últimas décadas, encontramos que este planteo es una preocupación central en la agenda política de las naciones desarrolladas.
Si lo que se importa a iguales cantidades de peso vale mucho más que lo que se exporta, significa que existe un desnivel cualitativo en el intercambio; significa que lo que ingresa al país tiene más valor agregado, más conocimiento que lo que sale. Se está pagando el conocimiento producido en el exterior, se está financiando la prosperidad ajena y perdiendo capacidad de decisión. Ser buenos consumidores es mucho más costoso que ser eficientes productores.
No deja de ser un hecho anecdótico, pero ilustrativo: vemos el Mundial de Fútbol de Alemania gracias a la tecnología japonesa, por la que tuvimos que pagar divisas. Un técnico de una fábrica de televisores de Japón podría comprarse, si tuviese ganas, un pasaje ida y vuelta con estadía en Berlín, para ver la final.

(c) LA GACETA

Daniel Oscar Posse - Abogado. Actual
secretario de Estado de Derechos Humanos de la Provincia de Tucumán.





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