18 Junio 2006 Seguir en 

El profesor Lafforgue lleva recorrido un largo camino en el campo de la crítica literaria. Ha enseñado en varias universidades del país y del extranjero; ha participado en actividades académicas; ha dirigido editoriales; ha propiciado la edición de clásicos argentinos e hispanoamericanos; ha escrito en revistas y periódicos. Con tal labor, es natural que haya querido reunir parte de ella en un volumen al que califica de cartografía, sólo que estas “cartas” no son geográficas sino que reflejan su trayectoria como hombre de letras.
Comienzo por tres entrevistas: a Neruda en la época de euforia, bajo Salvador Allende; a un Borges ambiguo, como casi siempre, y encarnizado contra el psicoanálisis; a Jorge Amado, identificado con Salvador de Bahía y admirador de Guimaráes Rosa. Traza luego un panorama del Congreso celebrado en Valparaíso en 1970 y de las tendencias que la nueva crítica puso de manifiesto. Con ese motivo, defiende (con tibieza) la crítica periodística, que muchas veces orienta al lector; también a la Academia Argentina de Letras (blanco preferido por quienes ignoran todo de ella). Ambas habían sido denostadas, al parecer, por dos afamados colegas adictos a la crítica-galimatías que ni Hermes Trimegisto hubiera aclarado. Menciona casi de pasada algunos grupos, como el que rodeó a Graciela Maturo, y se detiene con prolijidad en el que prohíja Noé Jitrik. Lamentablemente, omite lo mucho que se hace en el interior del país.
Lafforgue dedica un largo estudio y una entrevista a Vargas Llosa y a su libro La ciudad y los perros. Su análisis del personaje El Jaguar es uno de los mejores aportes del libro. Entre las que llama “figuraciones literarias del siglo XX”, señala que Silvina Ocampo, Bioy Casares, Mujica Lainez y Di Benedetto no han podido soslayar la huella borgeana, lo cual es harto dudoso en el tercer caso. Menciona luego los nombres canónicos, Puig, Saer, Piglia, pero omite otros que los precedieron y merecían un lugar: Roger Pla, María Granata, Abelardo Arias, Jorgelina Doubet, Elvira Orphée, Abelardo Castillo, Sara Gallardo, Haroldo Conti, Jorge Riestra, etc. Como en el caso de la crítica, la selección resulta parcial y repite lo que es una tendencia nuestra: no omitir a los consagradísimos, elegir a los afines e ignorar a los demás.
Mayor aprobación merece la tercera parte, “Umbrales”, compuesta por entrevistas a escritores indiscutibles: Vicente Leñero, el peruano Julio Ramón Ribeyro, Augusto Monterroso y Héctor Tizón, además del ya nombrado Bioy. Señala la repercusión del libro que Raúl Larra dedicó a Roberto Arlt, y la ejemplar Historia del Teatro Argentino, de Luis Ordaz. La última parte está dedicada a evocar la vida, la obra y la trayectoria de algunos amigos, León Sigal, Germán Rozenmascher, Carlos Correas y Oscar Massotta. Hace además una muy cálida evocación de Angel Rama, maestro de críticos.
La lectura de este extenso libro depara momentos de reflexión, coincidencia y disidencia, acierto en algunos juicios, necesarias reivindicaciones en otros (como en el caso de Di Benedetto y su injusto historial). Abarca, además, buena parte de la vida literaria en la Argentina y en el continente durante la segunda mitad del pasado siglo. El autor no oculta sus preferencias ni ahorra, en ciertos casos, epítetos descalificadores. Es su opinión y hay que respetarla. Resulta lamentable, en cambio, la omisión de ciertos nombres. Habrá que acostumbrarse... O quizá ya estemos bastante acostumbrados. (c) LA GACETA
Comienzo por tres entrevistas: a Neruda en la época de euforia, bajo Salvador Allende; a un Borges ambiguo, como casi siempre, y encarnizado contra el psicoanálisis; a Jorge Amado, identificado con Salvador de Bahía y admirador de Guimaráes Rosa. Traza luego un panorama del Congreso celebrado en Valparaíso en 1970 y de las tendencias que la nueva crítica puso de manifiesto. Con ese motivo, defiende (con tibieza) la crítica periodística, que muchas veces orienta al lector; también a la Academia Argentina de Letras (blanco preferido por quienes ignoran todo de ella). Ambas habían sido denostadas, al parecer, por dos afamados colegas adictos a la crítica-galimatías que ni Hermes Trimegisto hubiera aclarado. Menciona casi de pasada algunos grupos, como el que rodeó a Graciela Maturo, y se detiene con prolijidad en el que prohíja Noé Jitrik. Lamentablemente, omite lo mucho que se hace en el interior del país.
Lafforgue dedica un largo estudio y una entrevista a Vargas Llosa y a su libro La ciudad y los perros. Su análisis del personaje El Jaguar es uno de los mejores aportes del libro. Entre las que llama “figuraciones literarias del siglo XX”, señala que Silvina Ocampo, Bioy Casares, Mujica Lainez y Di Benedetto no han podido soslayar la huella borgeana, lo cual es harto dudoso en el tercer caso. Menciona luego los nombres canónicos, Puig, Saer, Piglia, pero omite otros que los precedieron y merecían un lugar: Roger Pla, María Granata, Abelardo Arias, Jorgelina Doubet, Elvira Orphée, Abelardo Castillo, Sara Gallardo, Haroldo Conti, Jorge Riestra, etc. Como en el caso de la crítica, la selección resulta parcial y repite lo que es una tendencia nuestra: no omitir a los consagradísimos, elegir a los afines e ignorar a los demás.
Mayor aprobación merece la tercera parte, “Umbrales”, compuesta por entrevistas a escritores indiscutibles: Vicente Leñero, el peruano Julio Ramón Ribeyro, Augusto Monterroso y Héctor Tizón, además del ya nombrado Bioy. Señala la repercusión del libro que Raúl Larra dedicó a Roberto Arlt, y la ejemplar Historia del Teatro Argentino, de Luis Ordaz. La última parte está dedicada a evocar la vida, la obra y la trayectoria de algunos amigos, León Sigal, Germán Rozenmascher, Carlos Correas y Oscar Massotta. Hace además una muy cálida evocación de Angel Rama, maestro de críticos.
La lectura de este extenso libro depara momentos de reflexión, coincidencia y disidencia, acierto en algunos juicios, necesarias reivindicaciones en otros (como en el caso de Di Benedetto y su injusto historial). Abarca, además, buena parte de la vida literaria en la Argentina y en el continente durante la segunda mitad del pasado siglo. El autor no oculta sus preferencias ni ahorra, en ciertos casos, epítetos descalificadores. Es su opinión y hay que respetarla. Resulta lamentable, en cambio, la omisión de ciertos nombres. Habrá que acostumbrarse... O quizá ya estemos bastante acostumbrados. (c) LA GACETA
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