18 Junio 2006 Seguir en 

Tres fronteras es un libro de cuentos que exhibe rasgos peculiares y ejerce un encanto poco común. Edgardo Cozarinsky emplea la anécdota histórica y, con gran destreza, arma un conjunto de ficciones documentales en las que desfilan personajes de épocas y geografías diversas en juego de cajas chinas.
El narrador siempre mira hacia un pasado y remata, en muchos casos veinte o treinta años después, tramas inconclusas.
En “El ídolo de Begoylu”, encuentra en Estambul las claves de la historia de la bailarina, cuya foto el turco les mostraba a los conscriptos en el Paseo Colón. En “El fantasma de la Plaza Roja”, descubre los rastros de la actriz húngara Franziska Gaal junto a Stalin.
En el tono y el armado de las narraciones, se reconocen las lecciones de Jorge Luis Borges. Cozarinsky no intenta develarnos todos los enigmas. Como en Borges, la ficción y el documento se mezclan con sutileza y el dato es utilizado discrecionalmente. En algunos relatos, ni siquiera se nombra a los personajes. Adivinamos al atormentado y enamorado estudioso del París del siglo XIX Walter Benjamin, entrevisto por el joven estudiante argentino treinta años después, en “En tránsito”. “Un Rimbaud de los Valles Calchaquíes” se sitúa en Cafayate y se basa en un paródico encuentro entre el poeta ignorado y el crítico norteamericano.
En “Día de 1942”, un misterioso médico alemán y un tradicionalista coexisten en un Buenos Aires en ebullición, mientras en “Las chicas de la rue de Lille” dos lesbianas desafían a los fanáticos de Jacques Lacan. “Tres fronteras”, “Piercing” y “Mujer de facón en la liga” son narraciones que mezclan amor, delito y locura.
En todos los casos, la Historia se dice en las historias singulares, y mágicos hilos se tienden entre mundos distantes. La belleza de los relatos está en la aparente sencillez de una literatura que disimula cualquier esfuerzo y aproxima la letra a la voz. Como los grandes narradores, Cozarinsky logra una complicidad poco común del lector. (c) LA GACETA
El narrador siempre mira hacia un pasado y remata, en muchos casos veinte o treinta años después, tramas inconclusas.
En “El ídolo de Begoylu”, encuentra en Estambul las claves de la historia de la bailarina, cuya foto el turco les mostraba a los conscriptos en el Paseo Colón. En “El fantasma de la Plaza Roja”, descubre los rastros de la actriz húngara Franziska Gaal junto a Stalin.
En el tono y el armado de las narraciones, se reconocen las lecciones de Jorge Luis Borges. Cozarinsky no intenta develarnos todos los enigmas. Como en Borges, la ficción y el documento se mezclan con sutileza y el dato es utilizado discrecionalmente. En algunos relatos, ni siquiera se nombra a los personajes. Adivinamos al atormentado y enamorado estudioso del París del siglo XIX Walter Benjamin, entrevisto por el joven estudiante argentino treinta años después, en “En tránsito”. “Un Rimbaud de los Valles Calchaquíes” se sitúa en Cafayate y se basa en un paródico encuentro entre el poeta ignorado y el crítico norteamericano.
En “Día de 1942”, un misterioso médico alemán y un tradicionalista coexisten en un Buenos Aires en ebullición, mientras en “Las chicas de la rue de Lille” dos lesbianas desafían a los fanáticos de Jacques Lacan. “Tres fronteras”, “Piercing” y “Mujer de facón en la liga” son narraciones que mezclan amor, delito y locura.
En todos los casos, la Historia se dice en las historias singulares, y mágicos hilos se tienden entre mundos distantes. La belleza de los relatos está en la aparente sencillez de una literatura que disimula cualquier esfuerzo y aproxima la letra a la voz. Como los grandes narradores, Cozarinsky logra una complicidad poco común del lector. (c) LA GACETA
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