Traducir a Bianciotti

Las peripecias de verter al castellano textos del argentino, nacido en Córdoba, que hoy integra la Academie Française. Por Ernesto Schoo - Para LA GACETA - Buenos Aires.

18 Junio 2006
Fue en 1995. No recuerdo ni el mes ni el día, pero sí la sorpresa que el llamado telefónico me provocó. Era de la filial argentina de Tusquets Editores, de Barcelona, que publica a Héctor Bianciotti en español: sabido es que el escritor, nacido y criado en Córdoba, desde hace años escribe sólo en francés. Me informaban que él me requería como traductor de su libro “El paso tan lento del amor”. Acepté, a ciegas: no conocía el original (acababa de ser lanzado en París) y había leído salteada la producción de Héctor, lo bastante como para admirarlo y entusiasmarme con la tarea.
No entendí entonces (tampoco hoy lo entiendo del todo) por qué me eligió.
Hacía siete años que no nos veíamos, Bianciotti y yo, desde 1998, cuando viajé a Francia con un grupo de colegas -Pedro Orgambide, Mempo Giardinelli, Ricardo Piglia, Beatriz Guido y Abel Posse-, invitados a participar del ciclo “Les Belles Etrangères”. Nos vimos, en ese entonces, en dos almuerzos protocolares; uno, en el Eliseo, con madame Mitterrand; otro en el Quai d’Orsay. Nos conocíamos desde 1950, cuando él, a los veinte años, vino a Buenos Aires desde su Córdoba natal. No recuerdo quién nos presentó, tal vez Alberto Greco, tal vez la actriz Alba Mujica; probablemente en la desaparecida confitería Jockey Club, en Florida y Viamonte. Esa esquina era el epicentro de la efervescencia y del intercambio cultural de entonces, por la cercanía de la Facultad de Filosofía y Letras; las librerías Galatea, Letras, Verbum, Concentra; las galerías Pacífico, el bar El Coto y otro más, el Moderno, en Maipú y Paraguay -donde se reunían los pintores-, a metros de la galería Bonino. Otras galerías de arte, Müller, Van Riel (al fondo de la cual funcionaba el teatrito del Instituto de Arte Moderno) y la legendaria Witcomb, abrían sus puertas sobre Florida. El apogeo de la zona ocurriría hacia 1964, con la instalación del Di Tella en Florida al 900 y con la Galería del Este, y las confiterías Augustus y Florida Garden. En los años 60, Bianciotti ya no estaba allí.
Había partido a Europa en 1954, a instancias de otro exiliado ilustre, el poeta Juan Rodolfo Wilcock, quien le advirtió: “Si usted se queda aquí, se muere”.
El ofrecimiento de traducción me sorprendió porque Héctor y yo nunca habíamos intimado: compartíamos amistades, llegué a actuar en teatro bajo su dirección, pero en modo alguno podía considerarme un amigo cercano. Nos reencontramos en Roma, donde él vivía, a fines de 1955, cuando mi primer viaje a Europa. Nada me hizo sospechar entonces la espantosa pobreza en que Héctor sobrevivía, los días enteros de hambruna que soportaba con estoicismo. Nunca me lo reveló, ni me pidió ayuda: aparecía siempre elegante y algo desdeñoso. Tan sólo al traducir, tantos años después, “El paso tan lento del amor”, supe de su vía crucis. Y pasaron otros treinta y tres años hasta que nos vimos en París, cuando él ya era un escritor famoso y un crítico temido.
A lo largo de ese tiempo, yo había leído algunas novelas de Bianciotti: la primera publicada aquí, por Sudamericana, “Los desiertos dorados” (reeditada luego en Francia como “Un moment qui s’achève”), “Sans la miséricorde du Christ”, y creo que nada más. Admiré siempre la precisión y la elegancia de su estilo, sobrio y lujoso a la vez, y sabía que compartíamos la fe en dos santos patronos de la literatura: Marcel Proust y Henry James. Y, sin duda, Borges, insoslayable para los escritores de nuestra generación (los cinco años que me separan de Héctor han sido limados por el tiempo: hoy somos contemporáneos).
En Tusquets me explicaron que Bianciotti estaba descontento con sus traductores españoles y que me había propuesto para reemplazarlos. Se trataba de traducir el segundo tomo de su trilogía autobiográfica; debo confesar que no leí el primero, “Lo que la noche le cuenta al día”. Pero asumí la tarea con entusiasmo, aunque no sin aprensión. Sabedor de su exigencia y desconocedor de aquel primer volumen, ¿sería yo capaz de satisfacer sus expectativas, y las del editor?
Cuando recibí el original en francés, de inmediato me sentí cómodo. Héctor habla allí de personas, circunstancias y lugares que yo había conocido junto con él. Sus recuerdos eran, en gran parte, los míos: la esquina de Viamonte y Florida, Alberto Greco, Mujica Lainez, la diseñadora española Ana de Pombo, entonces radicada en Buenos Aires. “Et in Arcadia ego”. Subsistía el obstáculo mayor: cómo trasladar, sin traicionarla demasiado, esa prosa musical, exquisita y, no obstante, en absoluto remilgada, sino al contrario, fuertemente expresiva, de una lengua tan matizada como la francesa a otra mucho más sonora y rotunda, la española.
Aclaro que si bien mi padre me enseñó francés desde muy chico, y lo hablo, lo leo y hasta me atrevo a escribirlo con alguna fluidez, en mi trato con ese idioma prima sobre todo la intuición. Creo con firmeza, además, que el mejor traductor es el que mejor conoce su propia lengua, más que aquella de la cual traduce. Opté, entonces, antes por la musicalidad que por la exactitud literal. Al fin de cuentas, mis maestros de estilo han sido los más cercanos a la música de la prosa castellana: Valle-Inclán, Azorín, Miró, Borges (a quien esos nombres quizás provocarían un sarcasmo). Partí a mis vacaciones en Punta del Este con diccionarios, entusiasmo y el original de “Le pas si lent de l’amour”. A poco andar descubrí que, como suele suceder con escritores que se asimilan a una lengua ajena, Bianciotti escribe mejor francés que los franceses mismos.
Con aprensión, le envié a Héctor, por fax, las primeras páginas: su respuesta fue entusiasta. Tanto, que de inmediato me confió la traducción del tercero y último tomo autobiográfico, en el que estaba trabajando todavía: “Comme la trace de l’oiseau dans l’air”. Con el original de este marché a mis vacaciones del año siguiente. Se trata del regreso de Bianciotti a la Argentina y a su patria chica, Córdoba, tras larga ausencia.
Estos nuevos personajes, sus hermanos, sus vecinos, me eran desconocidos, tanto como los lugares. El relato contiene algunas de las páginas más deslumbrantes y conmovedoras de Héctor: el reencuentro con su familia, la visita al cementerio donde sepultaron a sus padres, la muerte de un gran amigo y colega, Hervé Guibert, la de Borges en Ginebra, una entrevista -admirable- con Marguerite Yourcenar.
Apliqué el mismo método que en “El paso...”. Vacilé al traducir el “pays” del original, que en ese contexto no se refiere a un país (su acepción común española) sino a una región, una zona, lo que también en italiano se denomina “paese”. Pensé que la única traducción posible era el “pago” criollo y lo consulté con Héctor, que la aprobó. Tuve una sola dificultad con la correctora de Barcelona (no había tenido ninguna con el libro anterior). Al describir lo que el autor ve cuando regresa al viejo caserón familiar, habla de un paisano viejo que está sentado al pie de una pared de ladrillos y junto a él “un chien jaune”. Traduje textualmente: un perro amarillo, porque entiendo que el pelaje de un perro de campo, mestizo, bien puede ser de ese color, según como caiga la luz, además. La correctora catalana me envió un e-mail: no estaba de acuerdo con el color del perro. Le di mis razones; cuando recibí los ejemplares de la edición española, me encontré con “un perro rojizo”. Lo que, a mi entender, deforma la visión del autor y crea, además, una cacofonía molesta entre la  última sílaba del perro y la primera de rojizo. Pero no protesté, así como no protesto al leer, en la portadilla, “traducido al español de la Argentina” por Fulano de Tal. ¿Qué es eso de “español de la Argentina?”.
Yo creo que es español a secas, y del bueno.
El último texto de Bianciotti que me confiaron para traducir ha sido “La nostalgia de la maison de Dieu”, su libro más reciente. Libro extraño, difícil, con unas treinta espléndidas páginas iniciales y luego una historia desconcertante, un tanto confusa, de la que rescato las reflexiones sobre la música, reveladoras de un conocimiento sólido y de un disfrute cabal. Me extraña que Tusquets no me haya enviado todavía (la edición es de 2005) los ejemplares que me corresponden.
(c) LA GACETA

Ernesto Schoo - Periodista, crítico, escritor. Obtuvo dos veces el Premio Konex de Platino. Fue periodista de la legendaria “Primera Plana” y es, actualmente, columnista de “La Nación”.





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