¿Dios ha muerto?

Por Jorge Estrella, para LA GACETA - Yerba Buena (TUCUMAN).

EL ATENTADO CONTRA LA AMIA. Junto con el de las Torres Gemelas es, para algunos, EL ATENTADO CONTRA LA AMIA. Junto con el de las Torres Gemelas es, para algunos,
11 Junio 2006

La pomposa declaración de Nietzsche anunciando, hace más de un siglo, la muerte de Dios contrasta con las guerras religiosas de hoy. Los creyentes suelen buscar el origen de nuestros males contemporáneos en el "olvido de Dios". "Porque -dicen- si Dios ha muerto entonces todo está permitido". ¿Pero acaso en el pasado, y en plena vigencia de Dios, no estuvo todo permitido?
En un libro desafiante (1), Onfray sostiene: "Tres mil años atestiguan desde los primeros textos del Antiguo Testamento hasta el presente, que la afirmación de un Dios único, violento, celoso, pleitista, intolerante, belicoso ha causado más odio, sangre, muertes y brutalidad que paz" (p. 65).
Hay indicios que empujan a creer en la declinación del sentimiento religioso y un correlativo auge del ateísmo: iglesias vacías, separadas del Estado, reclamo ascendente de una ética nueva y más flexible que incorpore gays, lesbianas, clonación, eutanasia, etc. pero lo cierto es que casorios, bautismos y entierros llenan iglesias; que cada vez que alguien jura lo hace por Dios, la Patria y los Santos Evangelios; que la bioética naciente ni de lejos ha logrado desplazar el marco de discusión teológico sobre la vida y la muerte.
Quienes sostienen que la tercera guerra mundial ha comenzado (ubíquese su inicio en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York o en el atentado contra AMIA en Buenos Aires) difícilmente duden de que se trata de una lucha contra Satán (el occidente liberal) y los "sordos a la palabra del Dios" (cristianos y judíos) desde las fuerzas del bien (fundamentalismo islámico).
En el Korán se hallará pasajes que exaltan sin eufemismos el odio al idólatra: "Transcurridos los meses sagrados, matad a los idólatras en dondequiera que los halléis, hacedles prisioneros, sitiad sus ciudades, tendedles vuestras emboscadas por todas partes; pero si se convirtieran, si observaran la oración e hicieran limosna, dejadlos entonces tranquilos, pues el Señor es clemente y misericordioso" cap. IX, 5). La clemencia y misericordia del Señor, se notará, cubre solamente al seguidor del Islam, no al resto de los hombres.
Tampoco el dios del Antiguo Testamento se anda con pequeñeces cuando instruye a sus fieles: "pero si no me escuchan, si no cumplen todo eso, si desprecian mis normas, si rechazan mis leyes; si no hacen caso de todos los mandamientos y rompen mi alianza, entonces miren lo que haré yo con ustedes. Mandaré sobre ustedes el terror, la peste y la fiebre; sus ojos se debilitarán y su salud irá en desmedro... soltaré contra ustedes la fiera salvaje, que les devorará sus hijos... yo les quitaré el pan... ¡Ustedes llegarán a comer la carne de sus hijos e hijas! Destruiré sus santuarios altos, demoleré sus monumentos, amontonaré sus cadáveres sobre los cadáveres de sus sucios ídolos y les tendré asco. Reduciré a escombros sus ciudades" (Levítico, 26, 16-31).
Y aunque mucho se destaca que el Nuevo Testamento trae un mensaje de amor, en oposición al vengativo Dios del Antiguo Testamento, lo cierto es que tampoco a Jesús le pasó inadvertido el ánimo de su Señor. Luego de enviar a 72 discípulos para que distribuyan su mensaje ("Quien les escucha a ustedes, me escucha a mí; quien les rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado"), los adoctrina: "Pero si entran en una ciudad y no quieren recibirles, vayan a sus plazas y digan: Nos sacudimos y les dejamos hasta el polvo de su ciudad que se ha pegado a nuestros pies. Con todo, sépanlo bien: el Reino de Dios ha venido a ustedes. Yo les aseguro que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad" (Lucas, 10,10-12).
La imagen vengativa que inspira la destrucción de las Torres Gemelas o de AMIA es común a esos tres pasajes (¡y a tantos otros!) de tres religiones monoteístas que se atribuyen -cada cual- la interpretación "única" de una misma verdad revelada. Tres monoteísmos que dominan el ánimo de buena parte de la humanidad contemporánea, judaísmo, cristianismo e islamismo ¿no se hallan acaso en el corazón de los conflictos armados actuales? ¿Cómo aceptar que Dios ha muerto si puede movilizar hoy -como en el pasado- con tal vitalidad el encono, la beligerancia y la destrucción de quienes no quieren oír la interpretación justa de su palabra?
Se dirá, con razón, que no puede atribuirse solamente al odio religioso la presencia de la violencia en estos días. Otros factores la alientan, sin duda. Pero es difícil no ver en la xenofobia religiosa uno de sus componentes centrales.
Tampoco es igual ni semejante el modo en que cada uno de los tres monoteísmos participa hoy en la contienda. Porque sus cursos históricos son claramente diferentes. Me centraré en un punto geográfico, Jerusalem (sin duda uno de los escasos centros del odio religioso que conserva esta guerra dispersa de hoy) para repasar esa convergencia beligerante de tres religiones con un único Dios.
El primero de los tres monoteísmos se inició hace casi cuatro mil años: por cuatrocientos años los hebreos fueron esclavos en Egipto; otros cuarenta vagaron y sobrevivieron en el desierto de Sinaí, donde recibieron a Torá y consolidaron su credo monoteísta; sólo alcanzaron con el rey David (1010-970 a. de C.) un estado monárquico que pronto se dividió; fueron sometidos y vieron destruir sus templos y ciudades a lo largo de siglos por asirios, babilonios, persas, helenos y romanos; vieron nacer en su seno a Jesús el Nazareno, quien dejó la semilla del segundo monoteísmo, el cristianismo; este -luego de sufrir persecuciones romanas por centurias- volvió a Jerusalem en el siglo IV, luego de su ascenso a religión del imperio, y construyó allí la Iglesia del Santo Sepulcro; comenzaba una convergencia, hacia el mismo punto geográfico, de los dos monoteísmos nacidos desde el mismo texto sagrado, el Antiguo Testamento, y ambos sufrirían muy pronto la llegada del tercer monoteísmo: el Islam, pues los musulmanes establecieron en el siglo VII a Jerusalem como la tercera ciudad santa (después de La Meca y Medina) y construyeron la mezquita de El Aqsa y el Domo de la Roca. El mismo Dios tuvo tres cultos distintos y cada uno de ellos reclamó ser el único verdadero, naturalmente. Hacia 969 el dominio chiíta amplió las construcciones musulmanas y la destrucción de los lugares cristianos de culto. La revancha tardaría algo más de cien años: en 1099 los cruzados cristianos masacraron a árabes y a judíos, arrebataron el dominio de Jerusalem que los musulmanes tuvieron durante 450 años. Se quedaron casi cien años. Pero el reflujo no se hizo esperar: en 1187 Jerusalem retornó al Islam bajo el dominio del sultán Saladino, quien convirtió las iglesias cristianas en mezquitas. Pero los cruzados regresaron en 1192 y pudieron quedarse hasta 1244, cuando Jerusalem cayó en manos de los mamelucos, desplazados a su vez por los otomanos en 1517, quienes dominaron hasta 1917 cuando los británicos pusieron fin a cuatrocientos años de esa dominación y se quedarían hasta 1947; al año siguiente y tras una lucha feroz entre árabes y judíos se funda el Estado de Israel por decisión de Naciones Unidas. El último medio siglo no ha sido precisamente de paz en la región. Recuerdo aún el énfasis de Nasser al declarar, antes de iniciar la guerra de invasión a Israel que sólo duraría seis días: "¡No dejaremos piedra sobre piedra en Israel!". En ella, se notará, relumbra el mismo fiero rencor de los tres textos sagrados citados al comienzo.
Este brevísimo, incompleto y parcial repaso quizás baste para señalar el origen religioso de la confrontación contemporánea. Los dos monoteísmos iniciales han achicado sus diferencias, no por acercamientos teológicos sino por su impregnación en la cultura occidental: desde la Ilustración europea hasta hoy han aprendido a convivir con versiones laicas del mundo y del hombre. De ahí que al hombre occidental contemporáneo le resulte tan difícil representar el odio religioso administrando degüello, tortura, persecución, exclusión y expropiación de las víctimas de tal odio. El civilizado occidental de hoy olvida que los tres monoteísmos tienen en su origen la fortísima religio que liga los creyentes entre sí contra los otros, los infieles, los sordos a la palabra del Dios. Como la eficaz honda de David, que concentra su fuerza mayor en ese centro de la mano que revolea antes de arrojar la piedra justiciera que derribará a Goliat.
¿Quiénes sino los autores podían entender cabalmente el ataque a las torres el once de septiembre? Las filmaciones repetidas una y mil veces no ayudan a comprenderlo. Las imágenes de cada Torre Gemela atravesada por un avión, ardida después y luego caída limpiamente en una nube de polvo, tienen la pulcritud cinematográfica de la catástrofe inocua: ni sangre, ni muertos, ni dolor forman parte de ellas. Una reconstrucción de ese odio en el buen cine puede ser más eficaz para acercarnos a la comprensión de cómo son sus mecanismos reales. Un filme como Savior, por ejemplo. Curiosa inversión de roles: el documental, calco de lo real, mostrando sólo su espectáculo exterior; la ficción, reconstruyendo desde dentro el horror de la condición humana real. Testimonios de vecinos de las torres recuerdan el intenso olor a una mezcla de plástico y carne quemados. Lo mismo cabe decir de quienes participaron en el rescate de heridos y muertos en AMIA. Ellos pueden registrar los efectos del odio, pero son incapaces de entender sus motivos.
Creer hoy que Dios ha muerto es un error anclado en el olvido de lo que es el hombre. Seguramente la última divinidad desaparecerá con el último hombre, ese animalito generador de mitos que luego idoliza sus engendros mentales para rendirles culto y obediencia con la xenofobia correspondiente. Y hasta es posible que ni siquiera sea la religión el móvil original del odio genocida: acaso ella sea sólo el gatillo de un arma ya cargada. (c) LA GACETA

NOTAS
1) Michel Onfray: Tratado de Ateología, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2005.

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