
Al lector que se anime a sumergirse en las tristezas, infamias y calamidades que narra este libro, se le recomienda que no respete el orden cronológico y que empiece por el penúltimo capítulo. Se narra el estremecimiento que un ex veterano de Malvinas, hoy abogado y fiscal penal en la provincia de Buenos Aires, sintió en febrero de 1995, en un balneario de Miramar, cuando advirtió que su única hija jugaba con las nietas de Leopoldo Fortunato Galtieri, el mismo general que en 1982 había embarcado a la Argentina en una guerra inexplicable, en la que aquel ex simple soldado había padecido hambre y en la que había visto cómo se habían perdido inútilmente cientos de jóvenes vidas iguales a la suya. No supo si matarlo, escupirlo, deshonrarlo, pedirle una sensata explicación o, simplemente, dejarlo pasar cristianamente. Pese al pánico, los nervios lo llevaron a increparlo y a recordarle cuántos habían perecido por su soberbio "si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla", dirigido a los ingleses desde los tranquilos balcones de la Casa Rosada durante aquel inconsciente abril de 1982. Para hacer más dolorosa la anécdota, la única respuesta que obtuvo de Galtieri fue: "m?hijo, son cosas que pasan".
El texto relata con minuciosidad lo esquivas que les fueron las Malvinas a los argentinos desde que en 1833 el archipiélago fue ocupado por los ingleses. Pero el lector, más aún si cuando estalló el conflicto iba a la primaria y lo vivió casi como el juego del TEG, en el que las radios dominadas por los militares festejaban cada derribo de un "Harrier" inglés como si se hubiera tratado de otro gol del entonces ascendente Diego Maradona, irá directamente al grano, seguramente. Porque algo o alguien tiene que explicar qué sucedía realmente detrás de las innumerables y eufóricas campañas lanzadas por aquellos días para recolectar fondos, chocolates y sábanas para los soldados, o de los concursos organizados por las señoritas de Dibujo y de Actividades Prácticas para ver quién dibujaba el mejor avión Pucará del colegio. Y el libro de Ignacio Montes de Oca lo logra con creces.
Al parecer, lo que en setiembre de 1981 comenzó como una charla informal entre Galtieri y Jorge Isaac Anaya (comandaba la Armada), y de la que en principio fue excluida la Fuerza Aérea, en enero de 1982 derivó en la conformación de un equipo de planificadores de una posible invasión, entre los que estaba el almirante Juan José Lombardo, que en 1974 ya le había propuesto al propio Juan Domingo Perón un plan para instalar una base científica permanente en algunas de las islas en disputa con Gran Bretaña, cosa que se concretó en 1976 en la Sandwich del Sur. Precisamente, la escasa reacción británica frente a ese hecho los hizo pensar -erróneamente- que Londres había perdido interés por las Malvinas.
En principio, los estrategas habían recomendado dos posibles fechas para concretar la operación (mayo o agosto-setiembre de 1982). Pero la crisis inflacionaria que padecía el país y la actividad gremial, que daba las primeras señales de movilización desde el golpe de 1976, convencieron a Galtieri de que debía apurar la aventura bajo la premisa, usada hasta al hartazgo por los gobiernos de sesgo nacionalista, de que el conflicto exterior iba a unificar y a acallar las desavenencias en el frente interno. A ello hay que sumar que, aún en vigencia la lógica bipolar de la Guerra Fría, los militares se consideraban los aliados naturales -y hasta mimados- de Estados Unidos en Sudamérica. Por ende, estaban convencidos de que los ingleses no iban a arriesgarse por unos islotes ubicados a 14.000 kilómetros de su territorio. Por ello, estremece la improvisación -rayana en la irresponsabilidad- que surge de la cita que el autor atribuye a Galtieri cuando Lombardo le preguntó cuál iba a ser la estrategia argentina en caso de que el Reino Unido, finalmente, decidiera contraatacar: "los ingleses no están tan locos como para enfrentarse a nosotros en Malvinas".
Al libro lo enriquecen también los testimonios que Montes de Oca recabó durante un reciente viaje a Malvinas. De ellos surge el protagónico papel -no sólo psicológico- que los "kelpers" representaron durante el conflicto en contra de los intereses argentinos, cumpliendo tareas de espionaje o de sabotaje de los sistemas de suministro eléctrico y sanitario. A ello hay que sumar que en el "Glove tavern", el bar más popular de Puerto Argentino (o Stanley, según como se mire), junto a insignias británicas de la guerra, hay una bandera chilena, y los malvinenses suelen reconocer -con gratitud- que la ayuda de Chile fue clave para Inglaterra. El autor documenta el intercambio de armamentos que hubo entre Santiago y Londres antes y después de 1982; la información clave suministrada por la dictadura de Augusto Pinochet para que pudiera ser hundido el crucero "General Belgrano" (llevaba cerca de 1.100 tripulantes) fuera de la zona de exclusión, y la intranquilidad que generaban los desplazamientos de tropas allende la Cordillera de los Andes, que hacían que la Argentina desperdiciara tropas y energías en estar alerta frente a la posibilidad de enfrentar una guerra en dos frentes.
Montes de Oca describe con minuciosidad las internas vergonzosas que existían entre las tres ramas de las fuerzas armadas argentinas, que repercutían en la planificación bélica y que llegaban hasta el punto de ocultarse información entre ellas. Eso sin contar los problemas para abastecer a las tropas (el 75% estaba compuesta por jóvenes de entre 18 y 20 años) y evitar que, frente a las rudezas del clima, murieran de inanición.
Lo único polémico son las conclusiones del capítulo en el que el autor enumera tal cantidad de errores tácticos argentinos que sugiere que, de no haber mediado, la resolución de este drama hubiera sido otra. A ello añade que el poderío británico estaba en debacle y el gobierno conservador de Margaret Thatcher, fiel a las recetas de la ortodoxia económica, estaba dispuesto a sacrificar drásticamente las partidas para armamentos y para sus Fuerzas Armadas. Cuesta creer que un país institucionalmente caótico, con gran conflictividad social y perdido en el mundo podía enfrentar victorioso, fuera de la disparatada imaginación de Galtieri, a una potencia experimentada y que hizo de la guerra una forma de vida, como Inglaterra. Esto, no obstante, no le quita mérito a la obra en la tarea de desmarañar las mentiras y los mitos que aquellas desconocidas islas (nos) siguen generando. (c) LA GACETA







