
Cuando William Shakespeare escribe Hamlet, hacia el 1600, se encontraba en su mejor momento como escritor dramático. Sus mejores tragedias fueron escritas en esta etapa y Hamlet fue la primera que ponía de manifiesto un manejo magistral de los recursos estilísticos con los que había venido experimentando durante poco más de diez años. Hoy, después de más de cuatro siglos, continúa siendo interpretado, citado, reeditado, reescrito y traducido. Fue llevado a la pantalla grande más de veinticinco veces desde 1900, desde una producción del cine mudo hasta versiones costosísimas con interpretaciones adaptadas a nuestro tiempo. Las reediciones, por su parte, fueron de lo más diversas: desde las clásicas versiones completas hasta las resumidas y adaptadas para jóvenes con actividades lúdicas ad hoc. Las traducciones lo fueron otro tanto: algunas en verso, otras en prosa, clásicas en papel o "electrónicas modernas noveladas". Sirvió también como base para otros textos, fueran estos reescrituras o precuelas.
Una nueva traducción completa incrementa la ya vasta colección de versiones realizadas por decenas de traductores de todo el mundo.
Ariel Dilon (escritor, traductor y periodista, autor de Vladimir Nabokov y las lecciones de literatura) nos ofrece un trabajo que respeta la liberalidad de la fuente shakesperiana. Sin embargo, toda traducción trae aparejados pérdidas y beneficios. En el caso que nos ocupa, la traducción en prosa, aun la de los pareados finales, en reemplazo del verso blanco alternado con prosa y rima característico del drama isabelino da como resultado una versión que, si bien desde el punto de vista temático es fidedigna, carece del ritmo y de la musicalidad propia de las obras de teatro del bardo. A modo de ilustración, cuando el rey intenta sin éxito limpiar su conciencia exclama: "My words fly up, my thoughts remain below: / Words without thoughts never to heaven go". Acto 3 esc. 3), la traducción versa: "Mis palabras van al cielo, pero mis pensamientos quedan en la tierra. Las palabras sin pensamientos nunca llegan a oídos de Dios". Mantenemos la literalidad pero perdemos la poesía. La inevitable pérdida de juegos verbales y el uso del doble sentido, por ejemplo, el juego entre "sun" y "son" ("sol" e "hijo" respectivamente) o entre "lie" y "lie" ("mentir" y "yacer") nos privan del placer de la ironía y de la unidad de sonido con las que Shakespeare se deleitaba y deleitaba a su audiencia.
En su versión Dilon incluye un prólogo que nos ubica en el tiempo y el lugar en el que se desarrolla la obra con un breve argumento, a fin de situar al lector, interesantes ensayos sobre el "Ser o pensar", "El teatro dentro del teatro", "La locura de Hamlet", "Espectros y calaveras", todos con referencias a otras tragedias shakesperianas y un recorrido desde las fuentes que les dieron origen hasta las diversas representaciones, reescrituras y versiones cinematográficas. Sin dudas, un beneficio para todo aquel lector que establezca un primer contacto con Shakespeare.
Quizás el académico más exquisito hubiera deseado conocer datos sobre la versión en la que se basó el traductor o sobre cuestiones formales que hacen a la traducción. En el primer caso, porque existen numerosas ediciones en forma de cuartos y folios con errores, omisiones y mejoras y en el segundo, para conocer su metodología de trabajo. La falta de notas informativas o aclaratorias agiliza la lectura de la obra (¿beneficio?) pero privan al lector de la posibilidad de conocer en mayor profundidad aspectos valiosos de la literatura y de la época isabelina.
De cualquier forma, esta es una versión prolija, al alcance de cualquier tipo de lector, traducida en un castellano con un aire levemente arcaico pero totalmente reconocible. (c) LA GACETA







