Acaso la mejor novela de Virginia Woolf

Por María Eugenia Bestani. Prosa delicada, con profundidad filosófica e intensidad poética. Diálogos que, en alguna medida, más que conversaciones semejan soliloquios paralelos, entrecortados.

11 Junio 2006

Virginia Woolf (1882-1941) fue una de las figuras destacadas del Grupo Bloomsbury, comunidad de nueve intelectuales amigos cuyo aporte representó un soplo de aire renovador en el mundo cultural inglés durante las décadas del veinte y del treinta.
Rodeados de un halo de esnobismo y excentricismo, ganaron reconocimiento y poder, individual y colectivamente. El impacto de sus ideas se hizo sentir en campos diversos como las artes, la política y hasta la economía mundial. Formaban parte del círculo el biógrafo Lytton Strachey (Victorianos eminentes), el economista Maynard Keynes y el sociólogo Leonard Woolf, marido de Virginia. La denominación proviene del elegante barrio londinense de Bloomsbury, donde se ubicaba la casa de los Woolf, punto de encuentro obligado de todos ellos, más algunas asiduas presencias, como E.M. Forster o D.H. Lawrence. Los miembros de Bloomsbury, quienes, dicho sea de paso, nunca aceptaron estar organizados programáticamente como grupo, profesaban la libertad sexual y cuestionaban los estrictos valores victorianos que sobrevivían, aun bien entrado el siglo XX.
Entre ellos, Virginia fue un poderoso estímulo intelectual. Autora de libros indispensables como La habitación propia (1929) o La señora Dalloway (1925), contribuyó a la propagación de las ideas a través de Hogarth Press, editorial que dirigió junto a su marido.
Algunos aspectos de esa comunidad de mentes y sensibilidades de Bloomsbury se deja entrever en Las olas. Publicada en 1931, esta novela muestra la evolución de seis personajes, unidos por una inquebrantable amistad, a lo largo de aproximadamente seis décadas. Sucesivas oleadas temporales nos sitúan en momentos significativos de la intimidad de sus vidas: la finalización del colegio, los primeros años de la universidad, la pérdida de un compañero amado por todos, y, finalmente, un tramo de la madurez cuando están "ya entrados en edad". Como ocurre con otros textos de Virginia Woolf, este también nos propone una exploración del plano temporal; recordemos que en La señora Dalloway la conciencia de la protagonista viaja a través de doce horas; en cambio, en Orlando: Una biografía (1928) migra alrededor de cuatro siglos. En Las olas el tiempo psicológico de los personajes está contenido dentro del marco de un solo y único día. La trama argumental se diluye y los hechos exteriores sólo inciden oblicuamente; se cristalizan en percepciones e ideas que se muestran a través del uso sostenido de la técnica de monólogo interior y de algunos diálogos. Fiel a su idea de que la vida no es una serie de lámparas dispuestas simétricamente, la autora les niega a los miembros de esta comunidad ficcional contornos particulares bien delimitados, dejándonos con la impresión de que los personajes son abstracciones, apenas variaciones del "yo" de la escritora. Incluso los diálogos, en alguna medida, más que conversaciones, semejan soliloquios paralelos, entrecortados. La delicada belleza de la prosa encierra tanta profundidad filosófica como intensidad poética: "Pero mi cuerpo pasa errante como la sombra de un pájaro. Debe ser transitorio como la sombra en el prado, que pronto se desvanece, pronto oscurece y muere allí, en el límite con el bosque, y así sería si no obligara a mi cerebro a avanzar hasta mi frente. Me impongo la obligación de dar constancia, aunque sólo sea con una línea de poesía no escrita, de este momento". (66) Es entendible que Las olas sea estimada por muchos como la mejor novela de Virginia Woolf. Esta correcta versión en nuestra lengua que nos propone Lumen pertenece a Andrés Bosch. Se suma así, oportunamente, un nuevo título dentro del proyecto de la editorial de reeditar la narrativa de la autora inglesa. (c) LA GACETA

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