La filosofía, frente al tema de la muerte

Por Roberto Rojo, para LA GACETA - TUCUMAN

LA MUERTE, EN UNA ESCULTURA DE MATEO INURRIA. LA MUERTE, EN UNA ESCULTURA DE MATEO INURRIA.
11 Junio 2006

Más allá de las perspectivas biológica, médica y religiosa desde las cuales se puede abordar la idea de la muerte, situaré mis reflexiones en torno de los problemas que plantea a la filosofía. Parto de la constatación de que hablar de la muerte es hablar al mismo tiempo de la vida, es hablar del acontecimiento más decisivo, el más radical y abarcador con que la vida tiene inexorablemente que contar. Por ello, no hay nadie indiferente a la contemplación de ese ineluctable transcurrir hacia la nada. No es de extrañar, pues, que este acontecimiento definitivo haya conmovido la sensibilidad de los poetas y escritores, de cuyos múltiples testimonios me limito a transcribir sólo dos.
Una de las estrofas que Quevedo consagró a la muerte dice: Ya formidable y espantoso suena / dentro del corazón, el postrer día; / y la última hora, negra y fría, / se acerca, de temor y sombras llena.
El otro es el relato patético, tremendo y alucinante de Tolstoi, La muerte de Ivan Illich. Al saber de los asedios de la muerte, una infinita tristeza embarga al protagonista; las cosas, las personas están sumidas en un halo de tristeza; ha cambiado su imagen de la vida. Ante esta crueldad de la vida y de Dios, la muerte aparecía ante sus ojos azorados y tétricos como un acontecimiento absurdo e incomprensible.
Una de las formas de situar el problema de la muerte en el ámbito de la reflexión filosófica es indagar las posibles actitudes que pueden asumirse ante ella. De esta manera, creer en la inmortalidad o en la mortalidad del alma conlleva valorar de maneras opuestas la situación extrema de la muerte, teñidas, en el primer caso, de la esperanza del paraíso y del temor a los castigos eternos, y en el otro, de la aniquilación completa y definitiva.
Ahora bien, ¿cuáles son las cuestiones que en todos los tiempos espolearon la mente de los filósofos y cuáles son las respuestas que dieron desde sus peculiares perspectivas filosóficas? A continuación abordaré sólo algunas de ellas.

Temor y experiencia de la muerte
¿Qué sentido tiene hablar de la experiencia de la muerte, de temerla? ¿Se puede tener una vivencia de la muerte? Epicuro es quien más enfáticamente ha negado el temor a la muerte, según consta en Carta a Meneceo, en la cual figura su conocida idea de que "no temo a la muerte porque cuando yo estoy ella no está, y cuando ella está yo no estoy. Nunca nos encontramos". Y agrega: Acostúmbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros, no es nada que nos concierna.
No son pocos los filósofos que siguen esta línea.
Así, Kant (1) dice claramente que el morir no puede experimentarlo ningún ser humano en sí mismo (pues para hacer una experiencia es necesaria la vida) sino sólo percibirlo en los demás. También para Heidegger -(2) que ha hecho un lúcido análisis existencial de la muerte- no es posible la experiencia de la muerte propia y sí en cambio la muerte de los otros. Si no hay experiencia de la muerte propia, ¿cómo puede haber temor de ella? ¿Es probablemente el temor no a la muerte ausente sino a la seguridad de que se presentará alguna vez?

¿Qué relación hay entre la vida y la muerte?
Este problema es desafiante porque de él depende la cuestión que estimo fundamental, decisiva, tendiente a esclarecer el sentido del vivir en relación con la asumida idea de la muerte. Por ello comienzo formulando la pregunta: ¿la muerte es un acontecimiento que le ocurre a la vida o, por el contrario, es la cesación de la vida? ¿Es extrínseco o intrínseco al proceso de vivir? Hay aquí dos enfoques posibles: o la muerte es un proceso o es un acto. Vista como proceso significa que la muerte no es algo extraño a la vida, algo que le sobreviene de pronto, no es un acto que de pronto exhibe su rostro trágico sino una presencia constante. No puede concebirse la vida sin la muerte porque vivir es estar muriendo, es asistir a un proceso dialéctico, dinámico como en los procesos en los que se da la muerte y la renovación de las células. Vista, en cambio, como acto, la muerte es algo puntual, algo que de pronto irrumpe como un rayo que devasta lo que toca.
Como se comprenderá de suyo, las respuestas filosóficas difieren antagónicamente conforme a las convicciones que en cada caso las sustentan. Si la muerte aparece sólo al final del proceso de vivir, si estalla como un vendaval, ajeno por naturaleza a todo lo que destruye, la muerte se enfrenta a la vida como lo negativo a lo positivo, anitéticamente, sin contacto posible.
En el diálogo de Platón, Fedón, la muerte es contraria a la vida y como los contrarios son incompatibles, el alma no muere, su vida es inmortal y el cuerpo, su contrario, está sometido a la inexorable caducidad. También en Cicerón está presente esta idea cuando dice que la muerte pende sobre nosotros como la piedra de Tántalo (De Finibus, I, 18), y Wittgenstein en el Tractatus (3) se expresa de manera semejante. Así, pues, en la muerte el mundo no cambia, sino cesa. La muerte no es un acontecimiento de la vida. La muerte no se vive.
Frente a la idea que ve en la muerte un acto, la cesación absoluta de la vida, que sólo al llegar a su término la vida aparece su opuesto, la muerte, se ha puesto énfasis no meramente en el reconocimiento del morir como proceso sino en el morir como proceso esencial, en el sentido de que al vivir morimos o, dicho de otro modo, empezar a vivir es empezar a morir. Ya los latinos expresaron esta idea con la frase: Nascentes morimur. Al despuntar la vida nos encaminamos hacia la muerte: nacer es empezar a morir.Otra vertiente de este problema está dada por la conjunción de vida y muerte no como términos antitéticos sino complementarios, según se advierte en las religiones arcaicas. Arthur Schopenhauer señala que nacimiento y muerte constituyen los dos polos de la vida que tiene en la India su símbolo en Siva, cuyos atributos son el collar de cabeza de muerto y al mismo tiempo el órgano de la generación o de la vida, infernal y benéfica al mismo tiempo.
Freud, por su parte, en varios textos, conjuga estrechamente la pulsión erótica a la pulsión tanática (llamada también de muerte, de destrucción o agresión). La pulsión erótica une; la pulsión tanática, en lugar de unir, rompe las conexiones y destruye las cosas. Todos los animales están forzados a matar para seguir viviendo.

Posibilidad y certidumbre de la muerte
Todos sabemos que moriremos, todos tenemos la certidumbre de que, por agazapado que esté el desdeñoso y acerbo rostro de la muerte, en algún momento, esperado o no, dibujará su mueca lúgubre ante nosotros.
En cada instante de nuestra vida tenemos la certeza empírica de que vamos a morir, sabemos que hay siempre la posibilidad de nuestro fin, pero curiosamente es una posibilidad que, a diferencia de las otras posibilidades, ha de realizarse inevitablemente alguna vez. Es una posibilidad indeterminada que ha de determinarse alguna vez aunque no sepamos cuándo. Es una posibilidad que goza de la certeza de su realización.
Las reflexiones anteriores se coronan con un punto capital, sintetizado en las preguntas. ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Qué sentido tiene la muerte? O bien al morir se acaba todo porque después de ella está la nada, o bien la muerte significa el comienzo de una nueva vida trascendente, sellada por el castigo o la felicidad eterna. En un caso se encuentra justificada la entrega a todas las tentaciones del mundo -"comamos y bebamos porque mañana moriremos"- y en el otro se vive con la devoción de las calidades espirituales. Es fácil advertir que el nihilismo y las creencias religiosas subyacen a esas actitudes antagónicas.
Quiero referirme, por último, a una cuestión que -hasta donde yo sé- el único en abordarla con originalidad y profundidad es Max Scheler (4): me refiero a la represión de la idea de la muerte. La motivación de esta idea es la siguiente: sabemos que vamos a morir y esta idea con su carga tétrica y descorazonadora, en caso de tenerla permanentemente en la conciencia, ejercería una acción inhibidora en nuestra vida: esterilizaría todas las acciones, los pensamientos, los proyectos. Se vaciaría de sentido la vida si la idea de la muerte se complaciera en exhibir constantemente su máscara patética. Esta es la razón por la cual reprimimos a cada instante la certeza de la muerte, acallamos, por decir así, su voz estentórea.
Concluyo estas páginas señalando el papel que la filosofía asume frente a la idea de la muerte. Pienso que antiguamente el cultivo de la filosofía -pensada como sabiduría- tenía un sello salvacionista porque, en definitiva, su tarea era fundamentalmente una preparación para la muerte, un liberarse de la crueldad de sus temores.
En cambio, la moderna reflexión filosófica no tiende a ese fin propio de la sabiduría, a alcanzar la virtud o la felicidad sino el esclarecimiento conceptual de las diversas facetas de esa ineluctable realidad del morir. Más que alentar una actitud ante la muerte con la vieja marca de la sabiduría, la filosofía de nuestros días se aplica a la elucidación y análisis conceptual de la trama de esa experiencia límite. (c) LA GACETA

NOTAS
1) Kant, Antropología en sentido pragmático, Madrid, Alianza, 1991, p. 70.
2) Heidegger, Ser y Tiempo, Sgo. de Chile, Editorial Universitaria. 1997, trad. Jorge Eduardo Rivera, Segunda Sección, capítulo primero.
3) Wittgenstein: Tractatus Logico Philosophicus, Madrid, Alianza Universidad 1987.
4) M. Scheler, Tod und Fortleben, en Schriften aus dem Nachlass, Band I, Franke-Verlag-Bern, 1957.

Tamaño texto
Comentarios