23 Octubre 2002 Seguir en 
"Tengo miedo a la muerte. Recuerdo el momento exacto cuando capté la certeza de mi mortalidad. No sucedió mientras me mantenía agarrado a la piedra de una montaña nevada ni cuando me abalanzaba en un kayak por aguas blancas de la Clase IV, lugares donde varias de las víctimas de este libro percibieron la certeza de su propia mortalidad. El momento se me presentó mientras estaba sentado a una mesa de lectura lujosamente lustrada en el silencio de la Sanborn House, la elegante biblioteca de literatura inglesa del Dartmouth College. No recuerdo cuál era el libro que tenía abierto sobre la mesa. Sí recuerdo cómo me quedé un largo rato mirando las volutas color castaño oscuro de las vetas de la mesa de madera, iluminadas por la lámpara de lectura, y pensando Voy a morir. Todo esto se terminará. El pensamiento no fue ni más ni menos completo que el de millones -billones- de humanos cuando, tarde o temprano, durante sus vidas breves sobre la tierra, toman conciencia del hecho. Lo que sí me sorprendió entonces, y todavía lo hace, fue la profundidad emocional de esa toma de conciencia. El pensamiento me hundió en la tristeza. Ya estaba haciendo duelo por mi propia muerte, aunque tenía veinte años en aquel momento y, salvo enfermedad, o desastre, podía esperar seguir viviendo durante cincuenta años más...(...)... Recientemente, había pasado un fin de semana de primavera esquiando en la cañada Tuckerman, la famosa pista de 340 metros de altura, cerca de la cumbre de Mount Washington. Durante décadas ese lugar ha sido una meca para escaladores de nieve y hielo -y para esquiadores- que buscan las alturas.
Después de algunas bajadas de gran velocidad por la pista principal, un amigo y yo subimos hasta la parte superior de una pista secundaria, extremadamente vertical, que se conoce como Left Gully. Cuando llegamos a la parte de arriba el sol ya estaba bastante bajo, proyectando sombra sobre un sector importante de la bajada. Le propuse a mi compañero, que era escalador y montañista avezado además de esquiador, que bajáramos esquiando por un corredor que se precipitaba desde el lugar donde estábamos. Miró desde el borde, siguiendo con la mirada el recorrido de la pendiente, que en un momento desaparecería en la sombra y sólo volvía a verse 300 o 400 metros más abajo, hacia el final de la pista. No, me dijo, por ahí no debiéramos ir. La nieve allá abajo ya está a la sombra y está helando con mucha rapidez. Si nos caemos podríamos resbalar hasta muy abajo y terminar en las piedras.
No se me había ocurrido que la condición de la nieve pudiera cambiar tan rápido -eso fue antes de que supiera mucho sobre esquí fuera de pista-, pero lo que me decía mi amigo era razonable. Confié en su juicio. Salteamos el corredor de gran pendiente que había quedado a la sombra y en cambio descendimos por la pista principal, donde la nieve seguía siendo segura y no había salientes de roca que obstaculizaran el paso. Cerca de una hora después, cuando el día de diversión tocaba a su fin y la gente empezaba a recorrer el largo sendero por el bosque hacia sus automóviles, un helicóptero apareció repentinamente sobre las pistas. Aterrizó e inmediatamente volvió a tomar vuelo. Hasta el día siguiente no supe qué había sucedido. Un esquiador joven que estaba haciendo el descenso por el área sombreada que habíamos visto nosotros había caído sobre la nieve congelada y resbaló sin control por la pista, terminando en la zona de piedras, en el bajo. Había muerto".
Después de algunas bajadas de gran velocidad por la pista principal, un amigo y yo subimos hasta la parte superior de una pista secundaria, extremadamente vertical, que se conoce como Left Gully. Cuando llegamos a la parte de arriba el sol ya estaba bastante bajo, proyectando sombra sobre un sector importante de la bajada. Le propuse a mi compañero, que era escalador y montañista avezado además de esquiador, que bajáramos esquiando por un corredor que se precipitaba desde el lugar donde estábamos. Miró desde el borde, siguiendo con la mirada el recorrido de la pendiente, que en un momento desaparecería en la sombra y sólo volvía a verse 300 o 400 metros más abajo, hacia el final de la pista. No, me dijo, por ahí no debiéramos ir. La nieve allá abajo ya está a la sombra y está helando con mucha rapidez. Si nos caemos podríamos resbalar hasta muy abajo y terminar en las piedras.
No se me había ocurrido que la condición de la nieve pudiera cambiar tan rápido -eso fue antes de que supiera mucho sobre esquí fuera de pista-, pero lo que me decía mi amigo era razonable. Confié en su juicio. Salteamos el corredor de gran pendiente que había quedado a la sombra y en cambio descendimos por la pista principal, donde la nieve seguía siendo segura y no había salientes de roca que obstaculizaran el paso. Cerca de una hora después, cuando el día de diversión tocaba a su fin y la gente empezaba a recorrer el largo sendero por el bosque hacia sus automóviles, un helicóptero apareció repentinamente sobre las pistas. Aterrizó e inmediatamente volvió a tomar vuelo. Hasta el día siguiente no supe qué había sucedido. Un esquiador joven que estaba haciendo el descenso por el área sombreada que habíamos visto nosotros había caído sobre la nieve congelada y resbaló sin control por la pista, terminando en la zona de piedras, en el bajo. Había muerto".





