Algo más que una entrentenida ficción
Por Fr. Domingo Cosenza O.P., para LA GACETA - TUCUMAN. Los realizadores de "El código Da Vinci" insisten en que no se trata de destruir la fe, sino de renovarla. Es un propósito que debe situarse en el contexto de una cultura posmoderna y poscristiana, que va cuestionando las creencias y hábitos tradicionalmente establecidos.
MARIA MAGDALENA A LOS PIES DE CRISTO. Una pintura de Correggio.

La polémica que ha precedido al estreno del filme "El código Da Vinci" (basado en la novela de Dan Brown) hace comprensible la insistencia de sus realizadores de que se trata sólo de una obra de ficción. Su intención parece quedar expuesta en el diálogo final entre sus protagonistas: no se trata de "destruir la fe", sino de "renovarla". Este propósito, no obstante, hay que situarlo en el contexto de una cultura posmoderna y poscristiana, que cuestiona creencias y hábitos tradicionalmente establecidos.
Jesús, ¿casado o soltero?
Una muestra de este tipo de cuestionamientos encontramos en las pp. 305-307, que constituyen el punto central del libro. Allí, la protagonista, Sophie Neveu, recuerda un diálogo con su abuelo, que no ha sido incluido en el filme:
-"¿Tú crees que Jesucristo tenía novia? -preguntó Sophie.
-No, cielo. Lo que yo digo es que la Iglesia no debería decirnos las ideas que debemos tener y las que no.
-¿Tenía novia?
Su abuelo se quedó en silencio unos instantes.
-¿Sería tan malo que la hubiera tenido?".
El diálogo alude a la disputa originada por el estreno de "La última tentación de Cristo", en 1988. Si bien el film de Martin Scorsese intentaba penetrar en la conciencia que Jesús tenía de ser el Mesías, desató la polémica al escenificar las posibles alternativas para la vida de Jesús, como una vinculación sexual con María Magdalena. Lo discutido por entonces no era si eso había o no sucedido, sino si era bueno o malo atribuir a Jesús tal relación.
En el libro de Brown, en cambio, no se presenta el matrimonio de Jesús como una alternativa simplemente soñada, sino como un hecho "documentado en la historia", con "incontables referencias". Pero para justificarlo se cita sólo una. Se trata de un texto gnóstico donde se llama a María Magdalena "compañera de Salvador" (Ev Felipe 55). Y, según las costumbres de la época, esta expresión significaría matrimonio: "que Jesús fuera un hombre casado es mucho más lógico. Lo que es raro es la visión bíblica que tenemos de él como soltero" (p. 305). Lo que no tiene en cuenta Brown es que también los textos gnósticos rechazan lo humanamente "lógico". Algunos llegan a mostrar a un Jesús que habla a sus discípulos en contra de la sexualidad y de la procreación: "Aniquilad las obras de la feminidad, no porque haya otra manera de engendrar, sino para que cese la generación" (Diálogo del Salvador 92).
El argumento usado en el "Código" ya aparecía en el libro de William Phipps ¿Estaba casado Jesús? (Nueva York, 1970). El subtítulo de la obra muestra que el interés está puesto en la sexualidad como valor, más que como dato de la vida de Jesús: "La distorsión de la sexualidad en la tradición cristiana". Tanto Brown como Phipps se apoyan en dos puntos poco firmes:1) Ambos consideran el judaísmo del siglo I como un bloque homogéneo. Ahora bien, el grupo judío de los esenios practicaba el celibato (Josefo, Guerra judía 2,119-121). Por eso es muy relativa la afirmación del Código: "las pautas sociales durante aquella época prácticamente prohibían que un hombre judío fuera soltero" (p. 305).
2) Ambos argumentan a partir del silencio. Según Brown, "si Jesús no hubiera estado casado, al menos alguno de los evangelios lo habría mencionado o habría ofrecido alguna explicación a aquella soltería excepcional". Sin embargo, los motivos para dicho comportamiento son presentados claramente en el Evangelio de Mateo: "Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda" (19,12). ¿Pueden ser estas palabras una referencia a la propia vida de Jesús? Probablemente. Para la sociedad mediterránea era un honor la prole numerosa y una vergüenza la falta de descendencia. Por eso podría tratarse de una respuesta de Jesús a la burla de aquellos que lo despreciaban como "eunuco" por ser célibe.
La pregunta sobre el celibato o matrimonio es tratada de modo muy erudito y respetuoso en las más recientes obras especializadas sobre la historia de Jesús. Pero lamentablemente asume un tono sensacionalista cuando es llevado al ámbito de la divulgación. Tal es el caso de algunos programas televisivos llamados "documentales" y, ciertamente, el de la novela que nos ocupa. Aquí se convierte en la pieza clave de una compleja trama policial, en la que se intenta esclarecer un asesinato en el Museo del Louvre. Finalmente, lo que se irá revelando será un secreto guardado durante dos mil años.
La película es una transcripción, prácticamente literal, del libro de Dan Brown, salvo algunos detalles del final. Se ha preocupado de atenuar algunos de los rasgos más polémicos del libro, mostrando a personas particulares como comprometidas en la conspiración, y tratando de presentar a las instituciones como libres de responsabilidad. En cambio se ha conservado la mayoría de las imprecisiones históricas. Así, los Templarios, villanos sanguinarios en el filme Cruzada (2005), en el Código son los héroes víctimas de una gran conspiración.
¿En qué consiste esta conspiración? En negar y destruir la descendencia de Jesús, comenzando por desacreditar la figura de su esposa María Magdalena, que era la elegida para presidir la Iglesia. El Código sustituye así la amplia diversidad del cristianismo primitivo por un dualismo antagónico entre Pedro y María. Se invocan para eso textos gnósticos en los que Jesús privilegia a María con su afecto y con revelaciones secretas (Ev. María 18; Ev. Felipe 55). Pero se omiten otros textos de la misma corriente, que sitúan como predilectos a Santiago o a Pedro (Ev. Tomás 12; Apoc. Pedro VII 82,4ss). Por no mencionar la tradición canónica según la cual el "amado" de Jesús es un discípulo que sería identificado con Juan (Jn. 13,23).
La conspiración buscaría asegurar el "poder de Dios sobre la Tierra", que en realidad es el dominio del cristianismo sobre la humanidad, asegurado a través de un monopolio de la salvación. Para eso el emperador Constantino habría impuesto la divinidad de Jesús de la noche a la mañana. ¿Qué hay de cierto en esto? Es cierto que en el comienzo de la predicación cristiana Jesús fue proclamado un profeta enaltecido por Dios (Lc 24,19; Hech 2,32-36). Pero también fue proclamado Hijo eterno de Dios (Jn 1,1-14; Heb 1,1-6). La temprana aplicación del título de "Señor" a Jesús muestra que muy pronto hubo cristianos que atribuyeron al Resucitado un rango divino semejante al Padre. En efecto, en la versión griega de la Biblia "Señor" traducía el nombre propio de Dios.
Por otro lado, Constantino inició un giro en la historia del cristianismo, pero no haciéndolo religión oficial, sino decretando, en el 313, la libertad de culto para los cristianos, hasta entonces perseguidos. El concilio de Nicea fue convocado ciertamente por él en 325, pero para restablecer la unidad entre los cristianos divididos doctrinalmente (cf. Eusebio de Cesarea, Vida de Constantino II, 69). Y la doctrina condenada en el concilio, el arrianismo, no dejaba de reconocer en Jesús un rango divino, aunque inferior al Padre: "El Hijo es un Dios unigénito y diverso" (Arrio, Thalía).
También es inconsistente la afirmación de que "Constantino encargó y financió la redacción de una nueva Biblia que omitiera los evangelios en los que se hablara de los rasgos "humanos" de Cristo y que exagerara los que lo acercaban a la divinidad" ("El Código p. 291). Si bien durante el siglo I los Evangelios canónicos van acentuando progresivamente la divinidad de Jesús, nunca niegan su humanidad. Serán los textos gnósticos posteriores los que exagerarán lo divino de Jesús, hasta ver lo humano como pura apariencia. Así, el Apocalipsis de Pedro afirma: "Ese a quien ves en el madero que se alegra y que ríe es el viviente Jesús. Pero el que está clavado de manos y pies es su envoltorio carnal, el sustituto" (VII 81,15-25). Ese fue uno de los principales motivos por el que se excluyeron dichos textos ya en las primeras listas canónicas, como la de Ireneo de Lyon, que en el siglo II opta por el conjunto de "los cuatro evangelios" (Contra las herejías III, 11,8). Y eso sucedió 150 años antes de Constantino.
Los encargados de explicar la intriga a la confundida Sophie (y con ella al público), son el historiador inglés Leigh Teabing y un experto norteamericano en simbología, Robert Langdom. Si bien en el libro ambos suelen estar de acuerdo en sus afirmaciones, el filme los muestra discutiendo sus teorías. Se podría decir que Teabing expone crudamente las hipótesis de Brown. En cambio, las objeciones de Langdom, que relativiza como no concluyente lo que el otro afirma categóricamente, representarían el esfuerzo del director Ron Howard por atenuar la polémica instalada.
El código da Vinci es algo más que una entretenida ficción. Como aventura puede ser interesante, pero la pretensión de historicidad reclamada por Brown es muy cuestionable. Temas importantes para la historia universal como los orígenes cristianos y el desarrollo del dogma han sido manejados en función de un policial, no respetando la fe de muchas personas, pero, además, comprometiendo las posibilidades de tratamiento futuro para quienes se entregan a la investigación de tales cuestiones. Si tantas veces el uso de la violencia en la predicación desacreditó la fe cristiana, un planteo tan poco serio puede contribuir también a fomentar en algunas personas prejuicios contra toda forma de investigación crítica. La defectuosa fundamentación de las ideas del Código exige de estudiosos creyentes y no creyentes una consideración intelectualmente imparcial, que permita distinguir entre realidad histórica y ficción. Pero, para eso, antes hay que corregir la motivación negativa que ha inspirado al autor: "A todos nos encantan las conspiraciones" (p. 214). (c) LA GACETA







