
Por alguna insondable razón, las obras completas suelen publicarse cuando la desaparición física de sus autores es un hecho consumado. Vale decir, la obra se supone completa cuando viene de la mano del consiguiente tope biológico. ¿Inclinación a la necrofilia, desliz de solemnidad, especulación comercial? Vaya uno a saber.
Mas no siempre es así, según se ve, puesto que Seix Barral acaba de editar la poesía completa de un autor en plena vigencia y metido de lleno en nuevas travesías estéticas. Hugo Mujica, que de él se trata, tiene mucho por andar y desandar en materia de "desposesiones vigorosas" (¿por qué no designar así una poesía que afirma y se afirma sólo allí donde la desnudez es y permite ser?), lo cual no cancela la posibilidad de consentir un alto en el camino: la lupa sobre el inventario, digamos, la reunión de nueve partes capaces de hacer un todo, pero eso sí, un todo provisorio, un todo necesariamente fechado: 1983-2004.
De tal suerte, esta luminosa completud mujiquiana reúne Brasa blanca (1983), Sonata de violoncelo y lilas (1984), Responsariales (1986), Escrito en un reflejo (1987), Paraíso vacío (1992), Para albergar una ausencia (1995), Noche abierta (1999), Sed adentro (2001) y Casi en silencio (2004).
¿De qué va la obra de Mujica? Registrada, sellada y debidamente ponderada una impronta capaz de resistir cualquier forma de barroquismo, de sobrecarga, de exceso de equipaje, sí es dable situar un mojón a partir de Para albergar una ausencia o, por la negativa, al cabo de Paraíso vacío. Sin mella en sus espesores, ni en sus modos cuidados hasta los confines mismos de lo infinitesimal, Paraíso vacío no puede menos que someterse a las cadencias que les son propias a la prosa y, por añadidura, al consabido riesgo de posibles extenuaciones.
Y aunque de todos modos sale airoso (de hecho, ese texto ofrece algunos tramos singularmente afortunados: "Mi madre y mi padre: dos maniquíes, uno de espuma volando en la playa, el otro de nieve cayendo sobre un libro de cuentos...".), es en Para albergar una ausencia el territorio donde el poeta suelta amarras, deviene amanuense de desiertos fecundos y, por así decirlo, su corpus expresivo se despliega a salvo de premuras y premisas confortables.
Noche abierta, Sed adentro y Casi en silencio supondrán, pues, el desiderátum de un tono que no por minimal declinará la honra de sus enunciados. "La voz, no el silencio, es la desnudez de las palabras", nos dice Mujica, poeta de obra ahora compilada y al alcance de todo aquel que quiera y sepa asomarse a esas geografías donde "lejos, un relámpago taja el cielo". (c) LA GACETA







