
La historia que nos cuenta Natalio Comte, el personaje de esta novela singular de Marcos Aguinis, es, en términos valleinclanescos, un esperpento y, como tal, digno de perdurar, a la medida de un tiempo que se empeña en subsistir más allá del calendario. No debe extrañar, pues, que nos llegue una vez más desde su primera edición -1978- cuando el autor y su editor sortearon el temor fundado de una reacción propia del poder despótico. Aguinis nos cuenta hoy en un prólogo su laborioso y prolongado periplo literario, la aventura intelectual que implica ser atrapado por ese personaje que, partiendo de una original interpretación de las Bienaventuranzas, descubre el secreto de la sinarquía: el cenáculo de príncipes malditos que gobernaba clandestinamente el universo y que, por aquellos días, la década feroz de los 70, fue combatido sin limitación de medios por el fanatismo guerrillero y el no menos fundamentalista poder público encapuchado. Comte es un sujeto con imaginación infinita que puede divertir, como estremecer, y fue por ello que Aguinis y su editor original debieron acudir entonces a un epílogo aclaratorio sobre el sentido ficcional de la obra y sin pretensión de agraviar a ningún sector social. Recuérdese o imagínese por un momento aquella sociedad convulsionada por una violencia sin precedentes, donde los adversarios rivalizaban en odiar la razón, para advertir la réplica que el personaje podría provocar en los censores.
Natalio Comte es grotesco cuando arma su obra literaria "Medicina siniestra", fruto de un resentimiento como estudiante de la carrera frustrado, mas a partir de su ingenio para imaginar e interpretar las maniobras de la sinarquía, logra provocar reacciones inquietantes. Vaya por caso, sospechas firmes en el lector de que no todo lo que su imaginación propone carece de razón. Es profunda, por ejemplo, la reflexión sobre los pobres de espíritu que las Bienaventuranzas de las Sagradas Escrituras le sugieren, como igualmente son las dualidades que observa en los comportamientos más comunes de la sociedad que indaga. No lo son, por cierto, las consecuencias que el personaje extrae, especialmente cuando utiliza lo casual para elaborar un mito o para tratar de desacreditarlo. Entre uno y otro rasgo, el de la lógica y el de la locura, Natalio Comte cautiva como creación intelectual en ese laberinto donde Aguinis se introduce y sugiere que, por momentos, estuvo cautivo. Naturalmente, el fracaso profesional del personaje hace de la medicina su víctima más propicia, y de los oligofrénicos los correos que con sus gestos le permiten acceder a mensajes de esa sinarquía que -¿por qué no pensarlo?- parece perdurar en una sociedad que ha perdido virtudes del pasado por no haber sabido preservarlas. (c) LA GACETA







