
El filme recientemente estrenado en Tucumán -como en casi todo el mundo- es una versión, muy ajustada, de la novela de Dan Brown que lleva el mismo título. El libro tuvo un extraordinario éxito de ventas: como best seller superó a Harry Potter y llegó a ocupar un tercer lugar después de la Biblia y las novelas de Agatha Christie. En la edición en castellano, que tengo en mis manos, se dice en la contratapa: "Durante siglos, la Iglesia ha conseguido mantener oculta la verdad... hasta ahora". Lo cual implicaría una supuesta revelación de una verdad que estuvo oculta durante más de dos mil años y que sólo Dan Brown pudo descubrir.
Evidentemente esta afirmación da por sentado un grado de ingenuidad e ignorancia en el común de los lectores, que no es aceptable. La realidad, la historia como disciplina científica y la ficción literaria, son cosas muy distintas.
Todo esto nos lleva a preguntarnos el porqué del gran éxito del libro. Dan Brown no escribe como Coetzee o como Borges, así que no debe tratarse de una cuestión de estética literaria. Tampoco es una gran novela policial; basta recordar algunos títulos de "El Séptimo Círculo" para notar la diferencia, y lo mismo ocurrirá si pensamos en los grandes creadores de la novela negra norteamericana. Cuando me prestaron el libro, me dijeron que era divertido, y personas tan disímiles como Tom Hanks y Gaspar Risco Fernández la calificaron, el primero de entretenida, y el segundo de atrapante. En cambio, los espectadores de su fracaso en Cannes la encontraron muy aburrida. Coincido con ellos, sobre todo en lo que se refiere a su primera parte, que es oscura, confusa, con multitud de datos inconexos y mortalmente aburrida.
Entonces, debemos concluir que el éxito se debe a su temática, la cual pertenece al campo de la religión. En el siglo XIX, Nietzsche pronunció su famosa frase "Dios ha muerto", y anunció el final de la religión. En el XXI, podemos comprobar que tal cosa no ha ocurrido: el hombre busca y necesita lo sobrenatural. Sigue preguntándose por qué hay ser y no más bien la nada, cuál es el sentido de su existencia, qué significan los valores, y qué hay más allá de la muerte. Cuestiones que desbordan los límites de la ciencia. El cristianismo, desde hace más de dos mil años, ha sido la religión más difundida en Occidente, y Dan Brown da de ella y de sus orígenes una versión totalmente personal y ficticia. Evidentemente, no tiene ninguna relación con las investigaciones serias que se realizan en la actualidad.
La historia inventada por Brown dice que María Magdalena era la esposa de Jesús y que estaba embarazada en el momento de la crucifixión; entonces viaja a Francia, donde instala una familia, cuyos descendientes viven hasta hoy protegidos por el Priorato de Sión, una institución inventada por el autor y perseguida por el Opus Dei, que defiende la tradición evangélica aceptada por la Iglesia Católica.
La última descendiente de la sangre de Cristo es una joven y atractiva estudiosa, interpretada por Audrey Tatou, que desconoce su origen, decisión tomada por el Priorato de Sión para protegerla del Opus Dei. Su amistad y compañerismo con un ilustre profesor visitante -interpretado por Tom Hanks- la ayudará a salir ilesa en una serie de aventuras, hasta que un final abierto deja la posibilidad de que la estirpe de Jesús continúe sobre la Tierra.
Otro tema presente en la película es el feminismo, no sólo por la glorificación de María Magdalena y el protagonismo de su descendiente, sino por la importancia que se asigna a los símbolos femeninos en la película. La búsqueda del Santo Graal -es decir, la copa que contenía la sangre de Cristo derramada en la cruz-, fue intentada por varios caballeros medievales que, después de una serie de aventuras, fracasaron porque, según la tradición, carecían de la pureza necesaria para tenerlo en sus manos. Para Albert Beguin, el Graal "es el cáliz de la misa que contiene la sangre real del Salvador". Para Jung, simboliza "la plenitud interior que los hombres siempre han buscado". Para el profesor del filme, el cáliz, la copa, así como el triángulo que se abre hacia arriba, son símbolos de lo femenino. Quizás también estos símbolos aviven algún vago y oscuro recuerdo inconsciente de las grandes diosas que adoraban los pueblos antiguos.
También en los planteamientos religiosos de la obra se advierte la crítica a la Iglesia Católica en la medida en que los miembros del Opus Dei son "los malos de la película". Por ejemplo, el poderoso cardenal Astigarrosa (interpretado por Alfred Molina) ordena cometer diversos crímenes. Su ejecutor, el bello Paul Betanny, en su papel de Silas, reza, mata y se flagela. Su rostro refleja siempre humildad y ternura, pero la crueldad con que se autocastiga da lugar a los pasajes más truculentos de la película. Silas es un personaje medieval, pero la Iglesia Católica ha cambiado mucho desde aquellos tiempos. Ya no se trata de quemar brujas, prohibir libros, lapidar mujeres o matar infieles. La idea de tolerancia, nacida en la Europa moderna, enseñó el respeto por el otro, el distinto, el extranjero, y condenó las guerras de religión que oponían a católicos y protestantes.
Curiosamente la Iglesia, al modernizarse, retrocedió hacia sus orígenes, a las palabras de Cristo en los Evangelios, cuando dice: "Amaos los unos a los otros" o "No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti". Tolerar o respetar son virtudes que no llegan a la grandeza del amor, pero al menos no propugnan la discriminación, el odio ni la violencia. La Iglesia ha respondido con tranquila serenidad a los agravios. Algunos prelados han aconsejado no ir a ver película, pero aconsejar no es lo mismo que prohibir, como ocurría en otros tiempos.
Confieso que me emocionó la foto, aparecida en este diario, de una monja rezando de rodillas en el umbral de una puerta, para paliar la ofensa hecha a lo que ella considera sagrado. Me pareció una acción muy digna. Y más adecuada que el tirar bombas y matar gente a causa de un chiste o una caricatura. (c) LA GACETA







