
En el "Brindis por dos nacimientos" que precede a modo de prólogo esta antología, Arturo Prins celebra que con este libro se inicien las publicaciones de las Ediciones Papiro, sustentadas por la Fundación Sales, y que tal libro inaugural ponga en primer plano el "discurso primario" de la palabra poética, en un momento en que el "discurso secundario" de la crítica, "propagándose como tenaz maleza", usurpa la atención del mundo literario (hecho que cualquier lector puede advertir en las páginas de los principales suplementos culturales del país). No podemos sino levantar también nuestra copa en la celebración por la iniciativa editorial, aunque al hacerlo debamos recurrir nomás al "discurso secundario" y propagar, por lo tanto, el reino de la maleza crítica.
La selección, realizada por Osvaldo Svanascini, incluye, además del compilador, a los siguientes poetas: R.G. Aguirre, R. Alonso, E. Azcona Cranwell, J.J. Bajarlía, E. Bayley, A. C. Blasetti, J.J. Ceselli, D. Etchecopar, O. Girondo, A. Girri, R. Godino, R. Juarroz, J. Llinás, F. Madariaga, E. Molina, R. Molinari, O. Orozco, J.L. Ortiz, J.A. Paita, A. Pellegrini, A. Pizarnik, M. Trejo, B. Uribe y A. Vanasco. Como puede advertirse ya desde la sola mención de los nombres, la antología abarca un dilatado arco generacional, que va desde la promoción vanguardista surgida en los años 20 (Girondo, Molinari) hasta la generación aparecida hacia mediados de los años 70 (Etchecopar). Hay también autores de la llamada Generación del 40 (Girri, Orozco, Uribe), pero el grueso de la selección está conformada por poetas que integraron la tendencia neovanguardista desplegada a lo largo de los años 50 y 60.
Frente a toda antología cabe preguntarse cuál es el criterio que ha guiado la elección. En general, pueden distinguirse tres caminos, ante cuya encrucijada el antólogo toma sus arduas decisiones: la antología-muestra, cuya finalidad es menos selectiva que compilatoria (la realizada por Raúl Gustavo Aguirre en 1979 para Ediciones Librerías Fausto sería un digno ejemplo de la misma); la antología ecléctica de gusto personal, cuya eficacia depende por cierto de las papilas críticas y poéticas de su autor (un excelente ejemplo es la Antología poética argentina de 1941, seleccionada por Jorge Luis Borges con la colaboración de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo); y la antología de tendencia, en la cual domina la voluntad de presentar un recorte en base a la presencia en los autores de una determinada poética (la Antología de la poesía surrealista en lengua francesa, de 1961, compilada por Aldo Pellegrini, sería un ejemplo válido). El hecho de que la presente selección parta de Oliverio Girondo (1891-1967) es significativo. La contemporaneidad, para el antólogo, no incluye ni a Baldomero Fernández Moreno (1886-1950) ni a Enrique Banchs (1888-1968) ni a Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964) ni a José Pedroni (1899-1968), a pesar de que son compañeros de generación de Girondo. Se trata, pues, de una contemporaneidad cualitativa, no cronológica. ¿En qué consiste tal cualidad? La respuesta es simple: Girondo fue el gran patrocinador de las vanguardias en la Argentina, y nunca renegó de su vanguardismo, como sí lo hicieron Borges, Bernárdez, Marechal, etc., quienes por cierto tampoco figuran en esta antología.
¿Debemos suponer, guiándonos por la presente muestra, que la ausencia de Borges o Banchs o Mastronardi, por ejemplo, y que también -por caso- la presencia de Azcona Cranwell, Bajarlía, Etchecopar o Vanasco, implica que para Svanascini estos autores son más valiosos poéticamente que aquellos? Entiendo que no, que no es tal la voluntad del antólogo. Si no me equivoco, su propósito no es el de mostrarnos la mejor poesía argentina contemporánea, sino la poesía que de un modo o de otro responde a ciertas características que él vincula con la vanguardia. Paradójicamente, como vemos, pareciera que hay un punto en el que el espíritu neovanguardista y el espíritu neoclasicista se tocan, y es el ánimo normativo, programático (aunque los programas sean diametralmente opuestos), para el cual, como señaló ladinamente Borges a propósito de Lugones, "la práctica deficiente (...) importa menos que la sana teoría".
La "sana teoría" aquí está constituida al menos por dos principios, en los que coincide la mayoría de los textos incluidos: el uso casi exclusivo del verso libre y un cierto hermetismo imaginativo. Ahora bien, la cualidad de ese hermetismo distingue nítidamente dos grupos de poetas en la antología (con la excepción de J.L. Ortiz, cuyo tardo simbolismo desentona en el conjunto): por un lado, el hermetismo de clave surrealista y ascendencia francesa, que aquí está representado por el número más amplio de autores; y por el otro, el hermetismo de clave intelectual, epigramática, y cuya ascendencia principal está en la poesía en lengua inglesa (los poetas "metafísicos" y autores del siglo XX como Eliot, Stevens, etc.). Concordamos, en fin, con el prologuista y el antólogo en que "la arbitrariedad es el pecado original de toda antología y que, en consecuencia, junto a los poetas aquí incluidos "podrían estar presentes también otros". No podemos asentir, sin embargo, a la afirmación de que "en cualquiera de las otras selecciones posibles, ninguno de los presentes podrían [sic] no estar". (c) LA GACETA







