El cine y yo

Memorias anticipadas por Julio Ardiles Gray, para LA GACETA - BUENOS AIRES. "Cerca de los cuatro años me llevaron a ver ?El pibe?, de Carlitos Chaplin. La película me impresionó mucho y, si bien lloré cuando la policía trata de secuestrar a Jackie, sus travesuras me hicieron reír".

CHARLES CHAPLIN Y JACKIE COOGAN EN “EL PIBE”. CHARLES CHAPLIN Y JACKIE COOGAN EN “EL PIBE”.
28 Mayo 2006

Cuando yo nací, en la década del veinte, el cine ya se había convertido en el gran entretenimiento y en el arte de masas y había completado sus estructuras: la producción levantaba sus grandes estudios en California, las cadenas de salas nacían como hongos por todo el mundo y su sistema de estrellas alimentaba los diarios y revistas; todos querían saber la vida privada de los grandes actores y actrices y los fanáticos coleccionaban fotos de sus intérpretes favoritos: Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Rodolfo Valentino, Clara Bow, Lillian Gish, Pola Negri y los vaqueros Tom Mix, Buck Jones y Hoot Gibson.
Cerca de los cuatro años me llevaron a ver El Pibe, de Carlitos Chaplin, uno de sus primeros largometrajes. Me acompañaba Francisca (Panchita) que en casa no sólo ayudaba en los quehaceres domésticos, sino que también oficiaba de niñera y jugaba conmigo. Confieso que la película me impresionó mucho, y que si bien lloré cuando la policía trata de secuestrar a Jackie Coogan, las travesuras del niño protagonista me hicieron reír. Francisca me leía los letreros, y a la salida me explicaba el argumento y aclaraba mis dudas.
En 1928, cuando a mi padre lo ascendieron a contador del Banco de la Nación y lo trasladaron a Monteros, yo ya sabía leer y me encontré con que el cine era toda una ceremonia dominical. Comenzaba a la mañana después de misa de once, cuando desfilaban, frente al atrio de la iglesia parroquial, unos muchachones: uno tocaba un tambor, otros dos llevaban una suerte de angarilla con un cartel que anunciaba la película que se iba a pasar esa tarde, y otros dos o tres repartían volantes con elogios, nombres de actores, y títulos del próximo filme. Está de más decir que esos muchachones tenían entrada gratis a la función, lo cual causaba la envidia de los que teníamos que pagar los 20 centavos.
El cine se daba en la sala de actos de la Biblioteca y Sociedad Bartolomé Mitre, y su empresario era don Juan Orti, que además estaba a cargo de la sucursal de la Defensa Antipalúdica, donde acudían los enfermos a solicitar las enormes pastillas de quinina para aliviar los ataques de "chucho". Además, don Juan Orti oficiaba de enfermero y ponía inyecciones cuando era necesario; tanto temor nos causaban, que cuando hacíamos algunas travesuras, las madres nos amenazaban: "¡Si no te portas bien, voy a llamarlo a don Juan Orti para que te ponga una inyección!".
En verano la función comenzaba a las seis de la tarde. Antes había que lavarse, peinarse y vestirse con el mejor traje. A las cinco tiraban la primera bomba de estruendo, para apurar a los lerdos y distraídos. Media hora más tarde estallaba la segunda bomba, y cinco minutos antes de las seis, la tercera. Pero había que ir después de la segunda, para poder comprar y comer las "achilatas", unos helados rudimentarios que Tisera Martínez vendía desde su carricoche tirado por un caballo esquelético. El carricoche, en invierno, se transformaba en una pequeña locomotora, donde se tostaba el maní con cáscara cuyo cucurucho costaba 10 centavos.
Mientras el público infantil hacía su entrada en el salón de actos, en lo alto de la puerta sonaba un timbre que se callaba sólo cuando empezaba la función. Desde ese momento, no se aceptaban nuevos espectadores.
"El cine de la biblioteca", como lo llamábamos, contaba con una sola máquina de proyección; de modo que, cuando se acababa el rollo, las luces se prendían, lo cual provocaba los pateos y los silbidos del público impaciente.
Las películas eran mudas y, para su comprensión, de tanto en tanto aparecían en la pantalla breves carteles, que indicaban el curso de la acción o los diálogos de los personajes. Como muchos de los asistentes infantiles todavía no sabían leer ni escribir, los mayores leían los letreros en voz alta, sonorizando así la película muda. Si el bandido decía, apuntando a la víctima con su enorme revólver: "¡Arriba las manos!", casi toda la platea decía, a su vez "¡Arriba las manos!"
La señorita Gallac, profesora de piano, tenía a su cargo la creación del clima musical de la película. Tres piezas eran fundamentales en su repertorio: "Caballería ligera", para ilustrar las persecuciones a caballo; "Plegaria de una madre", para las relaciones sentimentales, y "Tempestad en el Cabo de Hornos", cuando había bronca, trompadas y sillazos entre los parroquianos de un "saloon".
Cuando el film terminaba, el piso de la sala quedaba alfombrado por una gruesa capa de cáscaras de maní, que al ser pisadas producían un ruido áspero.
Por fin vino el cine, sonoro, primero y hablado después. Un corto de cinco minutos durante los cuales un violinista hacía gala de su digitación con "El vuelo del moscardón" causó el delirio de la platea y fue premiado con largos aplausos.
Pero lo bueno fue cuando los personajes hablaron y no aparecieron más los dichosos cartelitos. Pero el sistema de sonorización de aquellos primeros filmes "parlantes", como se decía entonces, era el "Vitaphone", que consistía en un disco que debía girar sincronizado con la película, cosa que no siempre ocurría; de modo que el desequilibrio hacía que la heroína hablara con la voz ronca de un cosaco, y que el galán se expresara con voz atiplada. Semejante alteración del orden natural provocaba pateos y silbidos o bien incontenibles carcajadas.
Lo mismo ocurría cuando el encuadre de la proyección se desnivelaba y la pantalla convertía al galán en un extraño ser con piernas femeninas.
Pero todo se arregló cuando se inventó el sistema de sonido óptico y vino la proyección sin cortes mediante dos máquinas.
A fines de 1930 mi familia se trasladó a Aguilares primero, y luego a San Juan. Cuando volví, seis años después, el cine de don Juan Orti, el de la "Biblioteca Mitre", había desaparecido. Ahora Monteros tenía otra sala con todos los adelantos técnicos. Pero esa es otra historia. (c) LA GACETA

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