
"Los recursos sociales deben estar pensados para fortalecer esta población vulnerable: cuando se encuentre en situación de peligro o como recurso de prevención", añadió.
-¿Está de acuerdo con la prohibición, ya sea de la venta de alcohol y cigarrillos a menores de edad?
- Absolutamente. Es una forma de cuidar un sector sumamente vulnerable, de las monstruosas estrategias de consumo que las empresas imponen al mercado. La reglamentación también es un método que se ha llevado a la práctica en algunos países y ha dado buenos resultados. El alcohol tiene una acción farmacológica muy potente, su consumo debe estar controlado. Es importante saber si una persona consume ebria, no sólo por su integridad, sino también por el riesgo a terceros. Tiene que haber un cuidado, si no, sucede lo que hoy en día está sucediendo: nuestro país va a la cabeza de las estadísticas de los accidentes de tránsito por consumo de alcohol.
-¿Qué factores influyen en los chicos para consumir?
- Hay factores ambientales y socioambientales que influyen en la adicción de un adolescente. El aumento de la ingesta de alcohol de los adolescentes en los últimos años, se identificó como una norma cultural por presión del mercado. Las estrategias de marketing apuntaron a la inclusión grupal en boliches y lugares de encuentro a través del alcohol. Es decir, el chico debe tomar para formar parte de un grupo.
- El consumo de alcohol y de marihuana cada vez se presenta en personas más pequeñas...
-Entre los 11 y los 13 años los chicos fuman marihuana y toman alcohol. En los últimos cinco años se instaló en este sector de la sociedad la "pasta base de cocaína", que no existía en nuestro medio y que llegó con la crisis de 2001. Es una sustancia derivada del proceso intermedio de la producción, el sulfato de cocaína, mucho más barata que el clorhidrato o la cocaína. Y su consumo se da en los sectores más paupérrimos. Es tan tóxica, que genera más deterioro cerebral que la cocaína. La pasta base produce, en términos neurobiológicos, un proceso que se llama de la frontalización o microhemorragias cerebrales. Toda la corteza prefrontal de los consumidores se atrofian, produciendo un alto nivel de impulsividad y agresión. Esta sustancia desarraiga a las personas de sus códigos morales y éticos.
Lo más preocupante es que a partir de su consumo comienzan con escaladas de violencia y actividades delictivas que están fuera de lo conocido, no sólo del sujeto sino del grupo humano. Las formas de delitos son novedosas: robos, agresiones y hasta los asesinatos de ancianos. Matan por una campera. Los episodios están vinculados con la sustancia que se consume. Ninguna estrategia de seguridad que se plantee en este momento podrá dar resultado. Esta crisis de violencia es la consecuencia de nuestra propia cultura: apropiaciones indebidas, corruptelas, denigraciones sociales, clientelismo político, desfalco, etcétera. Lo único que me animaría a sugerir es que, al mismo tiempo que se problematice un delito, también se analice la sustancia consumida que actuó como desinhibidor, y se contemple una estrategia de prevención.







