Simone Weil en un libro que es una inmersión

Por María Eugenia Valentié. Vida singular de una "mujer absoluta", que siempre fue la extraña, la distinta, la imprevisible, la asediada por grandes preguntas.

21 Mayo 2006

La autora comienza afirmando: "Este libro no es un estudio, es una inmersión. Simone Weil no podría ser un objeto de estudio; está demasiado viva, es demasiado eternamente joven y violenta para ello". Estas palabras despertaron en mí viejos recuerdos. Me vi en una casa que ya no existe llorando sobre la máquina de escribir mientras intentaba traducir La gravedad y la gracia para la editorial Sudamericana. Gabriella Fiori termina su primer párrafo diciendo: "Y no saldremos indemnes de semejante encuentro". Doy fe de ello.
Simone Weil nació en París en 1909 y murió en Londres en 1943. Era hija de Bernard Weil, médico, y de Selma Reinherz, íntegramente dedicada a su familia, especialmente en lo que se refería a la educación. Tenía un hermano: André, dos años mayor que Simone, que más tarde se destacó como matemático. Era una familia de la alta burguesía judía emparentada con la de Marcel Proust. Los Weil eran ricos y muy cultos, pero Simone aborrecía las diferencias de clase y siempre luchó para derribarlas. Fue una militante de extrema izquierda, pero más que los partidos políticos le interesaban los sindicatos. Nunca se afilió al Partido Comunista.
En mi primer viaje a París tuve la oportunidad de conocer a la madre de Simone Weil, una señora elegante, culta y muy amable. Me recibió en su amplio departamento con grandes ventanales sobre el Luxemburgo, todo muy despojado. La señora me explicó: los alemanes se llevaron todo, no sólo los libros y los cuadros, sino hasta los muebles. Durante mis visitas siempre me encontré con algunos investigadores jóvenes que trabajaban sobre manuscritos inéditos de Simone Weil. Todos esos papeles fueron depositados más tarde en la Biblioteca Nacional de París. Albert Camus tenía el proyecto de hacer en Gallimard una edición completa de la obra de Simone Weil, pero su muerte prematura se lo impidió.
Esa obra era muy extensa. Simone leía y escribía constantemente. Se cuenta que en un mes aprendió sánscrito para leer las Upanishad en su idioma original. Pero, para ella, la conciencia, la reflexión y la acción constituían una unidad. Así no sólo asistía a las reuniones de los sindicatos obreros sino que redactaba sus propuestas y se entrevistaba con las autoridades. De esa época viene su apodo de la "Virgen Roja". Al mismo tiempo, enseñaba Filosofía en liceos de señoritas. Todo lo cual no le impedía viajar a menudo. Participó en la Guerra Civil española, en el bando de los republicanos, por supuesto. Pero, un accidente la obligó a volver a París.
Consideraba que para actuar y escribir sobre la condición obrera era necesario conocerla realmente. En ese sentido, criticaba a Marx y a otros teóricos que jamás habían pisado una fábrica. En consecuencia, trabajó durante un año en la fábrica Renault. Luego, buscó la experiencia del trabajo campesino y levantó varias cosechas. Estaba trabajando en una finca del filósofo Gustave Thibon cuando los alemanes entraron en Francia y tuvo que ir al exilio. A Thibon le dejó sus últimos escritos antes de partir diciéndole que si estaba de acuerdo con ellos los publicara con su nombre pues la verdad no es propiedad de una sola persona. Más tarde acompañó a su familia a Estados Unidos y luego se fue a Londres, para unirse a la "Francia Libre" que lideraba el general De Gaulle.
Su propósito era pedir que la dejaran caer en paracaídas en algún lugar de Francia para seguir trabajando en la Resistencia. El pedido no fue concedido porque su aspecto físico denunciaba su origen judío y los alemanes la descubrirían muy pronto. En cambio, su amigo Maurice Schuman le propuso que escribiera un libro sobre cómo debería ser Francia después de la liberación. Simone cumplió el pedido y el resultado se publicó después de su muerte; en su traducción al castellano se tituló Raíces del existir.
En Londres, ya con la salud muy debilitada, se negaba a comer nada más que las raciones que recibían sus compatriotas en la Francia ocupada. Murió a los treinta y cuatro años y es asombroso todo lo que pudo hacer en su corta vida. Gabriella Fiori la llama una "mujer absoluta" y nos dice que siempre fue la extraña, la distinta, la imprevisible y tenía realmente una sed de absoluto. Las grandes preguntas filosóficas la asediaban, especialmente la que inquiere sobre el sentido de la vida. Todas estas cuestiones la acercaron a la religión.
En varios de sus escritos pueden descubrirse sus experiencias religiosas. La primera ocurrió en un atardecer en Portugal, a orillas del mar, cuando vio a un grupo de mujeres vestidas de negro que cantaban y rezaban mientras esperaban que volvieran sus maridos que habían salido a pescar. La presencia de algo imperceptible e indescriptible la conmovió. Otra vez, ante una imagen de Cristo en la cruz, tuvo la certeza de que estaba ante el verdadero Dios. En uno de sus últimos escritos nos cuenta que entró en una iglesia cualquiera, nueva y fea, y allí tuvo la conmovedora experiencia del amor de Dios. Supo que Dios la amaba.
Simone consideraba que en Europa la única religión seria era el catolicismo y escribió a un sacerdote amigo preguntándole si podía recibir los sacramentos, a pesar de una serie de cuestiones en las que no coincidía con las opiniones de la Iglesia. La respuesta fue positiva.El excelente libro de Gabriella Fiori me llevó a releer algunos fragmentos de las obras de Simone Weil y sentí que su vida tenía mucho en común con aquello que solemos llamar "santidad". (c) LA GACETA

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