
Los pequeños lectores de nuestra época han abordado los textos destacados de la narrativa fantástica inglesa en orden inverso a su aparición: comenzaron con el último en escribirse, Harry Potter, de J.K. Rowling, cuya magia encendió el encanto de la lectura a una generación sumida en la cultura audiovisual. La chispa de la varita de Rowling iluminó oportunamente una genealogía de sagas que, aunque no difundidas en nuestro medio, habían venido sumando millones de adeptos a lo largo de varias décadas en otros países: la trilogía El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien y ahora, la heptología Las crónicas de Narnia, del irlandés Clive Staples Lewis. Debería haber sido en orden contrario: Narnia está destinada esencialmente a un público infantil (digamos de entre los 7 y los 13 años), mientras que la magistral obra de Tolkien, con su urdimbre de mitos y complicaciones, apasiona a todas las edades, especialmente a jóvenes. En otras palabras, es difícil regresar de la Tierra Media, Mordor o los ejércitos de orcos para sumergirse, con la capacidad de asombro indemne, en una tierra de inocentes castores parlantes, un león que crea un mundo con su canto y una Bruja Blanca, sin desmerecer la enorme inventiva de Lewis.
La comparación de estas sagas es inevitable. Las tres se vertebran alrededor de elementos en común: universos fantásticos que coexisten con el mundo de los humanos; la presencia dominante de la magia; la eterna lucha entre el bien y el mal (encarnados en personajes de gravitación) y la dificultad, en instancias cruciales, de discernir la frontera que los separa. En más de una oportunidad, Rowling ha manifestado su deuda con Lewis como fuente de inspiración de Harry Potter. En una entrevista declaró que cuando describía a su personaje atravesando los andenes de la estación de King?s Cross, tenía en mente el ropero que conduce a la tierra de Narnia; también influyó en la inclusión de seres mitológicos y en su riguroso plan de publicación de siete libros.
Por otra parte, Lewis, profesor de Literatura Medieval y Renacentista, y Tolkien, de Filología, fueron grandes amigos, reconocidos en el ámbito académico por su erudición y "antimodernismo". Hasta su conversión al anglicanismo (para desazón de Tolkien, que era católico), Lewis fue un admirador del neopaganismo celta encarnado en la figura W.B. Yeats. Escribió Narnia entre 1939 y 1954, inspirándose en fuentes mítico-religiosas clásicas, nórdicas, orientales, principalmente judeocristianas, con las que creó un mundo de fantasía y magia, poblado de bosques y animales parlantes, enanos y faunos, al que se accede por insospechados pasadizos, como el fondo de un ropero, el andén de una estación o un cuadro. Un universo ficticio que satisfacía la necesidad escapista de los niños de la posguerra europea. En Narnia el tiempo discurre de un modo distinto del nuestro; aunque uno viva cien años allá, regresará a su propio mundo a la misma hora del mismo día en que se fue.
El orden de lectura de los libros es opcional; están los que prefieren una sucesión cronológica de los hechos, mientras otros, la de publicación de los títulos. La historia se inicia con El sobrino del mago (1955), penúltimo libro de la serie, donde dos niños descubren Narnia y son testigos de cómo el león Aslan puebla con su canto ese universo. Aslan es el hilo conductor de la narración y aparece en los siete tomos, "el gran león, el hijo del emperador de Allende los Mares, el monarca que gobernaba sobre todos los grandes reyes de Narnia". Es también el cordero sacrificial, en consonancia con la fuente cristiana, que entrega su vida, para luego resucitar. Otro hilo lo constituyen los hermanos Pevensie: Peter, Susan, Edmund y Lucy, aunque ausentes en dos de los libros, serán reyes y protectores espirituales convocados una y otra vez para restablecer la justicia y el orden narnianos. Hacen su primera aparición en El león, la bruja y el armario, el texto más difundido de la serie, llevado a la pantalla con un éxito extraordinario. Los otros tiíulos son: El príncipe Caspian, El caballo y el muchacho, La travesía del Viajero del Alba, La silla de plata y La última batalla.
Las nuevas versiones de Las crónicas de Narnia, que nos brindan las editoriales Planeta y Destino, llevan en la portada las atractivas ilustraciones de color de Cliff Nielsen y, en su interior, las originales en blanco y negro de la edición estadounidense Harper Collins, a cargo de Pauline Bayne. Gemma Gallart tradujo con corrección sorteando algunas dificultades léxicas, manteniendo los nombres propios en inglés. Las inflexiones verbales castizas dan un acento antiguo, quizás no premeditado, que resalta la atemporalidad mítica de buena parte del relato. (c) LA GACETA







