
A los treinta años, Ma Jiang, un pintor, fotógrafo y poeta de ideas que no sorprenderían a ningún occidental libertario, pero que eran y son subversivas en China y pueden ser castigadas por la cárcel o la muerte, se sentía tan harto de su vida en Beijing, y tan asfixiado por una nueva campaña contra "la polución espiritual", que en 1983 decidió emprender un viaje por el inmenso interior de su país en busca de sí mismo y de su lugar en el mundo.
No tenía dinero, de suerte que para sobrevivir practicaría una multitud de oficios, entre ellos, peluquero, fabricante de cremas basadas en detergentes para blanquear dientes, ebanista y experto trucho en Feng Shui, además de vender poemas, cuentos y fotos a muchos amigos que trabajaban en distintas editoriales. El resultado es Polvo Rojo, un libro extraordinario en el que Ma describe los lugares que visitó, algunos casi inaccesibles ya que a menudo tuvo que ir de a pie; sus encuentros con una variedad llamativa de individuos que le hablaron de sus propias vicisitudes y, al pasar, alude al salvajismo en que cayó China durante la "Revolución Cultural". Nos recuerda que, mientras duró esta, los jóvenes guardias rojos se entregaron a una orgía de asesinatos, con frecuencia torturando a sus víctimas y, en algunos casos, rindieron homenaje al Partido y a Mao cocinando y comiendo a maestros que en su opinión eran reaccionarios, aunque parece que los había quienes prefirieron devorarlos crudos.
La sociedad que conocía Mao no tiene mucho en común con la celebrada por visitantes embelesados por las maravillas arquitectónicas de Shanghai, las glorias del consumismo rampante y una tasa de crecimiento que ha dado un nuevo significado a la palabra "china". Muchos lo trataron con bondad, pero como suele suceder en países acostumbrados a dictaduras arbitrarias, eran ubicuas las manifestaciones de egoísmo, mezquindad e indiferencia hacia la vida del prójimo.
Hostigado por la policía, que en cualquier momento podría entregarlo a un pelotón de fusilamiento por ser un vago disidente, Ma corría el riesgo de terminar como "Chen, varón, 27 años", que fue ejecutado por organizar "varios complots para abandonar el país. El 2 de octubre de 1981, robó un barco de pescadores y, al llegar a aguas japonesas, gritó a todo pulmón: ¡soy libre! Desgraciadamente para Chen, unas horas más tarde la marea trajo a su barco de vuelta a la frontera y a las manos de la capacitadísima policía naval china". Ma copió este anuncio y otros similares que halló puestos en la verja de un museo dedicado a los crímenes perpetrados contra comunistas por el Kuomintang.
Luego de ver una parte de la tumba gigantesca de los famosos soldados de terracota, donde también fueron enterrados vivos junto con el emperador muerto y sus concubinas los obreros que la construyeron, llegó a la conclusión de que el alma de China es "cruel y fea".
En el transcurso de su odisea, Ma, un hombre que se asemeja mucho a los hippies y beatniks occidentales de los años sesenta del siglo pasado pero que, a diferencia de ellos, era un prófugo auténtico que no podía gritar cualquier cosa en público sin arriesgarse a ser aprehendido y tal vez, fusilado, se interesó mucho en la vida de las minorías étnicas que habitan el sur y el oeste de China, sobre todo en la de los tibetanos que sufrían la ocupación han. En aquel entonces budista él mismo, Ma pierde muchas ilusiones al enterarse en Lhasa de que algunos correligionarios eran tan propensos como el que más a cometer crueldades y que no todos eran imputables a la presencia brutal de los comunistas que "no echaron sólo al líder espiritual del Tíbet, también arrancaron el alma de su religión".
Vuelve a Beijing, donde comienza a escribir los libros que le darían una celebridad internacional bien merecida. Más tarde, lograría irse a Hong Kong y por fin a Londres, ciudad en que actualmente vive pero dice sentirse como un pasajero en un crucero lujoso: aunque es muy cómodo, el derrotero no depende de su propia voluntad. Sólo en China cree tener los pies sobre la tierra. Es natural, por tratarse de su propio país, pero, a menos que haya cambiado mucho más que la economía en los veinte años últimos, se trata de una tierra peligrosa para todos, en especial para los que, dueños de un carácter fuerte y una inteligencia notable, están resueltos a defender su derecho a la libertad. (c) LA GACETA







