Respuesta a Carlos Duguech

POLEMICA. Por Carlos Escudé, (Buenos Aires).

21 Mayo 2006

Tengo la impresión de que el lector Carlos Duguech no comprendió mis razonamientos. No obstante, comparto con él su alivio porque yo no sea uno de los asesores de Bush. No creo poseer la sabiduría necesaria para contribuir a las decisiones que se imponen en un sentido o el otro: la guerra preventiva o la abdicación.
Por otra parte, en estas circunstancias extremas no descarto la abdicación como mal menor. El mismo Bertrand Russell, que abogó por la guerra preventiva contra la URSS mientras EE.UU. tuvo el monopolio atómico, acuñó el eslogan "better Red than dead" (mejor rojo que muerto) cuando Rusia hubo obtenido su Bomba, sugiriendo que la abdicación era preferible a la guerra. Por razones análogas, no estoy seguro de que un nuevo Medioevo no sea mejor que una guerra que arriesgue el Apocalipsis.
Pero debemos estar conscientes de los costos de la abdicación. Para eso repasemos algunos datos del mundo real. Ya todos sabemos que la publicación de una caricatura de Mahoma se traduce en el incendio de una embajada. Después del asesinato del cineasta Theo van Gogh, emigran de Holanda los artistas que aspiran a la libre expresión. Y desde que publicó sus "Versos Satánicos", Salman Rushdie vive rodeado de guardaespaldas para protegerse de la fatwa que amenaza su vida. Si abdicamos, nos sumirán en su oscurantismo. Será la muerte de nuestras libertades.
Son ellos quienes tienen la iniciativa. El objetivo declarado del régimen iraní es la destrucción de Israel. Una vez que tengan su Bomba, lo conseguirán. A su vez, el objetivo declarado de Osama Bin Laden es la destrucción del "gran Satán", Occidente. Los suyos también aspiran a la reconstrucción de aquel colosal califato conquistado militarmente por los árabes entre 632 y 850. Comenzaron con el asalto a Siria y Palestina, entonces cristianas. En 640 conquistaron Egipto, en 714 España quedó sumida bajo el yugo musulmán y en 827 tomaron Sicilia. Simultáneamente, en su avance hacia el este habían cruzado el Eufrates en 635, conquistando Samarcanda, hoy capital de Uzbekistán, en 712. Esta es la entidad política que sueñan recrear quienes inspiraron los ataques del 11 de septiembre de 2001.
En lo que se refiere a Europa occidental, alcanzarán la parte sustantiva de sus objetivos combinando la conquista demográfica con las extorsiones conocidas. No olvidemos que, de no mediar deportaciones masivas, en medio siglo la mayor parte de la Europa occidental tendrá mayoría musulmana debido a su mayor tasa de crecimiento vegetativo. Lo mismo ocurrirá con Israel. En 2020 Holanda será musulmana. Mientras tanto, los ayatollahs se jactan de poseer un ejército de 40.000 suicidas místicos asesinos infiltrados y dispersos en Europa y los EE.UU. Cuando tengan su Bomba, la extorsión será nuclear. No hay forma "civilizada" de derrotar a ejércitos de suicidas que creen que el martirio les comprará el paraíso. La única metodología posible es humanamente aberrante. Ellos serían capaces de usarla, pero no nosotros, por lo menos por ahora. Es por eso que nos encaminanos a la abdicación por omisión, casi en piloto automático. Y aunque no conquisten Nueva York, las libertades occidentales se irán esfumando, una tras otra.
El lector Duguech me señala que hay unos 3000 millones de personas que no son ni occidentales, ni islámicas y que, por lo tanto, son ajenas al conflicto. Tiene razón. El conflicto entre mis axiomas A, B y C puede aparecer ajeno a más de la mitad de la población del planeta. Lo mismo ocurrió con el conflicto entre las democracias y el racismo nazi. Pero en ambos casos, el choque axiomático se montó sobre el principal eje de competencia por el poder mundial de su tiempo. Es por ello que hubo una Segunda Guerra Mundial con varias decenas de millones de muertos y un nivel de destrucción hasta entonces inimaginable. Si se hubiera tratado de un racismo lugareño en guerra con algún liberalismo de provincia, el alcance, aunque trágico, habría sido local.
Lo que otorga una proyección universal a estos choques, tanto en 1939 como ahora, es que afectan a los pueblos que concentran la mayor capacidad de destrucción del orbe. Hoy ese potencial es incomparablemente mayor que en 1939. Es por ello que incluso yo contemplo la posibilidad de que abdicar frente a la intolerancia de la Proposición C sea la opción más moral.
Pero que nadie lo dude: será el triunfo de la barbarie, posibilitado por la sensibilidad humanitaria de un Occidente que fue superior en todos los planos, ético y espiritual, científico y material.

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