
El relato del rosarino Pedro Nalda Querol atrapa al lector desde las primeras líneas. Con un realismo que recuerda a Horacio Quiroga, el mundo de este cuento juega con el contrapunto entre la naturaleza y los hombres. Las palomas pueden ser los pájaros que observan los niños, los que mata la madre, los que atormentan a los novios en la luna de miel, el dibujo del cenicero de un hotel, el animal herido en la jaula que acaba con la salud de la dueña de casa, el palomar devastado por llevar mensajes de muerte. También pueden convertirse en inquietantes fantasmas que acechan desde las sombras el destino familiar.
Los personajes se mueven al mismo tiempo que las palomas; parecen buscar siempre otro lugar; van desde la ciudad al campo; mientras tanto, se reproducen y mueren. Con precisa y fascinante escritura, Nalda Querol juega con el pasaje de lo natural a lo sobrenatural. Una familia recorrida por esas palomas imaginarias y reales "palomas que no son pájaros" sino miedos, ganas, deseos, aprensiones, amenazas. La vida en la que el hombre proyecta su violencia y su impotencia. Lo siniestro asoma en lo familiar, en el simple y anodino paso del tiempo. Un párrafo aparte merece el emprendimiento editorial de Eloísa Cartonera que, con papel reciclado, producto de la actividad cartonera, sostiene la labor impactante de una editorial comunitaria. (c) LA GACETA







