
El autor es académico, pero es más: un operador cultural de alta creatividad. Asumió los riesgos de editar "Nuevo Siglo: el diario del domingo" al servicio de la información y del compromiso, por su estilo cultural. Ahora ha querido recordar, cincuenta años después, la nefasta persecución religiosa que envileció al país y al gobierno de Perón, hasta su caída. ¿Es necesario? Debemos a Florencio Arnaudo las primeras crónicas, que despiertan los sentimientos que anidaban en nuestra juventud; también Hugo Gambini ha hecho historia bajo otros títulos.
La autocracia de Perón había llegado a un punto límite. Recuerdo que, presidiendo una Asociación de Abogados Católicos, no obtuvimos de Angel Borlenghi, ministro del Interior, autorización para presentarla en la Capital, porque ese pluralismo estaba de más: sólo debía existir la organización del pueblo unificada por el líder.
Esta memoria de Ancarola distingue bien entre católicos nacionalistas que apoyaban a Perón, no sin razón porque había establecido la enseñanza religiosa en las escuelas, y otros que preferían la oposición con la Unión Democrática como bandera. Narra las rispideces que ya habían producido con la Iglesia. Y prefiero citar: "Desde sus comienzos el peronismo estableció un rígido autoritarismo que arrinconaba a sus opositores -se expropiaron todas las radios y se negó su acceso a todos los partidos democráticos, mientras se abrumaba al pueblo con la propaganda oficialista; se persiguió con saña a las fuerzas políticas y se incendiaron sedes partidarias; se intervinieron las universidades, expurgándolas de profesores independientes; se vertebró un sindicalismo vertical que se puso al servicio del gobierno como "rama" del partido peronista; se politizó como nunca la escuela primaria y secundaria; se restringió a los medios de comunicación el uso de papel...". Y sigue, y así me despierta el dolor de aquel tiempo. Y la introducción concluye anticipando el insólito conflicto con la Iglesia. ¿Y por qué se produjo? Porque la Iglesia era una gran reserva nacional de pluralismo en las opciones cívicas.
Y así se inicia el segundo capítulo, recordando la indignación del entonces ministro de Educación con las celebraciones estudiantiles de Córdoba, encabezadas por Quinto Cargnelutti, de gran popularidad, que se distanciaba de la UES, la polémica Unión de Estudiantes Secundarios del peronismo. El autor sigue describiendo las particularidades de la persecución que se desató y que en la Capital Federal y en Córdoba tuvo sus escenarios más dolorosos. Y llegó la excomunión impuesta a Perón por la Santa Sede, de la que yo tuve seguridad cuando revisé el archivo de la Embajada.
El narrador, con estilo mesurado pero vivo, recuerda la supuesta quema de la bandera por los católicos y en el capítulo IV describe los incendios, saqueos y redadas. ¿Cómo no recordar los panfletos y el libro en que Félix Lafiandra los recopiló?
Después, el derrocamiento de Perón vino solo, y la conclusión de Ancarola es irreprochable: "Los católicos escribieron así, una página imperecedera en defensa de sus ideales y de las libertades públicas y nos recordaron, por si hacía falta, que ante la adversidad se debe batallar sin desfallecimientos, ya que tarde o temprano, la justicia y la razón se imponen sobre la "fuerza bruta".
Los anexos son útiles, pero el libro es ejemplar en su oportunidad y en su mensaje. Ojalá aprendamos a convivir sin abandonar los valores de fe y cultura que llevan a un pueblo a su plenitud posible. (c) LA GACETA







