El alado

Por Jorge Emilio Gallardo, para LA GACETA - BUENOS AIRES.

14 Mayo 2006

Aproveché la visita del alado para preguntarle el porqué de mi apariencia humana y de esta corbata de cretona, si en rigor mis sentimientos más se vinculan con las piedras y el viento, y el visitante se dirigió sin cumplidos a la cocina para meditar la respuesta y preparar café a su gusto.
Sus zapatillas relucían, pero también se veían algo ajadas. Sin mirarme, cruzó esos pies al instalarse frente a mí en la chaise-longue y defendió, sin preámbulos, la necesidad de abrir los mercados y de marchar decididamente hacia un desarrollo sustentable. Carraspeó, y sostuvo que las políticas agrarias debían basarse en la acumulación de ingentes reservas de peces. Quise entender mejor esto último, pero prefirió dar un par de ejemplos bobos y aseguró, esta vez mirándome a los ojos, que los subsidios agrícolas mejorarían al apuntar, sin abuso de retenciones, al desarrollo de alimentos transgénicos. (Yo seguía sin anotar nada en el cuadernillo, y no veía cómo volver a mi asunto).Con un suspiro, cerró teatralmente los ojos y añadió con los labios extendidos, como en un susurro, que el acceso a los mercados debería ser amplio (al decirlo dibujó en el aire, sin apuro, un amplio círculo con las manos) y sólo restringido en casos como el del guano, para ilustrar lo cual señaló fugazmente hacia la alfombra.
Quise volver a mi pregunta inicial, pero abrió excesivamente los ojos, unió con cuidado los dedos de las manos y continuó de forma imperturbable lo suyo, ahora dedicado al brillante futuro que avizoraba en materia de transmisores y energías renovables, a lo que añadió citas de Adam Smith y San Agustín que nada parecieron ilustrar sobre el caso.
Cuando creí que respondería a mi pregunta, le pareció todavía necesario desplegar una versión favorable a la liberalización de los servicios, según lo avanzado por el Protocolo de Kyoto, y casi enfáticamente peroró sobre la imperiosa necesidad de incentivar las energías fósiles, en gran parte responsables de las emisiones de gas butano y otros contaminantes prohibidos por las nodrizas y por la Convención de San Francisco de 1935. Al alba, atenuó la luz y disertó todavía, entre mis ronquidos, sobre lo que llamó el futuro perfecto de los sorgos híbridos. (c) LA GACETA

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