
A veces los lamentos plañideros vienen seguidos y superados por grandes éxitos y alegrías. Luego de una etapa crítica en la que quienes amamos la lectura penábamos porque no podíamos acercar a los chicos a la letra escrita, aparece un éxito increíble y me atrevería a decir inimaginable dentro de la industria editorial: un libro para adolescentes logra una consagración a nivel mundial apelando a recursos muy efectivos en los que se entrelaza con habilidad la eterna lucha del bien contra el mal.
Las historias de Harry Potter no dejan de sorprendernos: casi trescientos millones de ejemplares en más de doscientos países y su correspondiente traducción a sesenta lenguas, entre ellas el latín, hebreo, galés y griego antiguo, lo marcan como una verdadera colección mágica integrada por volúmenes llenos de encanto, capaces de subyugar a los lectores de diversas franjas etarias que esperan con fervor la aparición de un nuevo libro.
Se podrá decir que no se trata de un producto literario de gran sofisticación, pero creo que esto es secundario si con la lectura de estos textos se puede establecer ese vínculo prodigioso indestructible y quizás eterno como el que se logra entre estos libros y sus lectores.
En efecto, la magia de la lectura aparece cuando quien lee puede ver reflejados en el argumento sus temores, anhelos y emociones más profundas mientras acompaña a un personaje en sus aventuras, que en este caso están estructuradas siguiendo el relato policial en el marco general de la vida estudiantil.
Pero creo que la verdadera fuerza de la saga es que se desarrolla dentro de un original y minucioso universo de ficción, un cosmos en el que el encanto está presente y es tangible porque se reproducen las modalidades del mundo real muchas veces no exentas de ironía, al punto que los conflictos también se entretejen entre eruditos e improvisados intelectuales y funcionarios, terroristas y policías, "muggles" (gente común) y hechiceros.Con la entrega del último volumen, Harry Potter y el Misterio del Príncipe, cuyo título no responde exactamente al original en inglés, que alude a un príncipe mestizo, se renueva un éxito que viene de cinco libros anteriores y que continúa el esquema de la trama policial.
Se profundiza así en un personaje que ya está totalmente aceptado por los adolescentes y los adultos, mientras el texto sorprende por la inagotable imaginación de Rowling, quien, basada en una documentación minuciosa de mitología y folklore, ha podido organizar las relaciones entre los distintos personajes, criaturas, objetos, lugares y encantamientos alimentando una "pottermanía" que no decrece sino todo lo contrario, porque basa mucho de su impacto en una lectura fácil que en la versión española no tiene mayores problemas de traducción.
Por otra parte, la minuciosidad en las descripciones de personajes y situaciones que aparecen en las historias se apoyan y juegan un contrapunto con las películas que van acompañando las diferentes entregas de los libros, generándose así una realimentación multimediática que permanece activa con los años.
Falta un solo libro y si bien ya se conoce que Harry Potter va a morir, la curiosidad sigue impulsando la lectura de las novelas mientras se asiste a las andanzas de ese trío de adolescentes liderado por una mujer, Hermione (quizás una concesión feminista de la autora), quien aporta la fuerza intelectual, la lógica y el análisis, acompañada por Ron el amigo fiel, todo emoción y lealtad, y Harry, que, armado de su capacidad de estratega y su valor, decide cómo ejecutar los planes, especialmente cuando debe enfrentar a Voldemort.
Si bien esta última entrega carga con el triste final de la muerte de Dumbledore y con la posibilidad del cierre del Colegio de Magia Hogwarts, estos hechos son sólo incentivos para incrementar la curiosidad y la expectativa en el próximo libro, del cual no se conoce ni la trama ni el título, pero que seguramente todos los "muggles" esperan con renovada expectativa.
Y en esa espera está también la secreta ilusión de aprender no sólo cómo convertirse en un mago o una hechicera capaz de cambiar el mundo propio con un conjuro o un simple golpe de varita sino poder descubrir cómo participar, al menos en la ficción, de esa dimensión mágica e ideal en la que siempre triunfan, si bien a menudo con altos costos, los del lado bueno. (c) LA GACETA







